El diario El País está repasando las crisis económicas anteriores a la actual. Francisco Comín, catedrático de Alcalá, ha cubierto el período que va del crash de 1929 al estallido de la Guerra Civil en un artículo titulado
"La Gran Depresión y la Segunda República". Comín no da una explicación de la Gran Depresión, sino de los efectos que tuvo sobre la economía y la política españolas.
El primer paralelismo, en el que cae Comín, es que las dos crisis se originaron en los Estados Unidos. Decimos en el que cae, porque hasta cierto punto es un error. La crisis actual tiene como causa mediata la actuación coordinada de la
Reserva Federal y del
Banco Central Europeo de imponer tipos de interés oficiales muy bajos durante mucho tiempo, lo que infló la burbuja a ambos lados del Atlántico. Y en los años 20’ ocurrió exactamente lo mismo, aunque entre la Reserva Federal y el Banco de Inglaterra, entonces mucho más poderoso.
El segundo paralelismo es, precisamente, el carácter internacional de la crisis y su incidencia en España. En el caso de la actual crisis es evidente. Por un lado, porque nuestra economía está muy internacionalizada. Además, nuestra moneda juega un papel preponderante. Hoy es una moneda compartida, el euro, y entonces era una peseta que aspiraba a formar parte del patrón oro, y que actuaba como si formase parte de él, aunque con ciertas limitaciones. Comín dice que “España tampoco se protegió con devaluaciones competitivas”, un instrumento al que el autor le otorga un carácter mágico, como un ensalmo que cura los males derivados de una crisis.
Otro paralelismo, cercano al anterior, es el relativo atraso de nuestra economía, “cuya agricultura ocupaba más del 40 por ciento de la población activa”. Y señala que según
Antonio Flores de Lemus la evolución del PIB en España estaba marcada sobre todo por la calidad de las cosechas. En este caso, no se puede decir eso de nuestro país. Es una economía plenamente desarrollada y por completo imbricada en la globalización.
Otro punto de comparación es el de las políticas de carácter socialista, y su incidencia en la inversión. Comín recoge la opinión de uno de los mejores economistas de la época,
Luis Olariaga, para quien “la recesión en España tuvo su origen en el descenso de la inversión privada, originado por el empeoramiento de las expectativas empresariales, tras el establecimiento de la República, por los conflictos sociales, las políticas socializantes, el acoso a la propiedad” y la desconfianza que generaba el régimen.
Algo de eso sí se dio en la
II República, aunque la crisis es anterior. No se puede decir que haya ocurrido lo mismo en España, pese a haber pasado un gobierno del PSOE. El de hoy tiene muy poco que ver con el de Prieto y Largo Caballero. Otra cosa es que el espectacular aumento del gasto público haya desincentivado la inversión porque las empresas descuentan el aumento de los impuestos que les seguirá. Esto sí es posible que haya pasado en España.
Pero en la Gran Recesión ha habido una burbuja del crédito que en parte ha sido absorbida por los Estados, con el resultado de que familias y empresas, bancos y Estados, están en una situación financiera muy difícil. Esto no ocurrió en la
España de los años 30. La situación financiera de empresas y familias estaba mejor. Aunque hubo una política fiscal ligeramente expansiva durante la II República, no se puso en peligro la salud financiera del Estado. Pero se daba entonces un intervencionismo más tosco, más brutal, si se quiere, que el actual. No hay dos crisis exactamente iguales, pero todas tienen elementos comunes.