Opinión

Naufragios y comentarios

Lunes 30 de enero de 2012
Un naufragio siempre implica el hundimiento parcial o total de algo. Hay varias cosas que se pueden hundir: barcos, economías y matrimonios. Cuando un barco naufraga, hay cierto protocolo a seguir; cuando se hunde una economía, el protocolo es menor; cuando lo que se hunde es una relación de pareja, no hay protocolo alguno. El responsable de un barco cuando este naufraga, es la tripulación y el capitán; de un país o una economía, su gobierno, y el presidente como cabeza de todos; en el caso de una relación de pareja, el responsable no suele existir, o es, en todo caso, un fantasma: el pasado.

Los naufragios y los hundimientos siempre han fascinado. El Titanic, el Britannic, el Lusitania, el SS American Star… Lo que se hunde interesa. En primer lugar, porque no estaba hecho, en principio, para hundirse. Aunque se hunda muy pronto, como algún barco nada más botarse, algún gobierno nada más formarse o alguna pareja nada más crearse. El Vasa de Gustavo Adolfo II de Suecia, un navío de guerra de 70 metros de eslora se hundió el mismo día de su botadura en agosto de 1628, bajo la mirada atónita de los que habían acudido a celebrarlo. La reproducción del Victoria, una de las naos de los fastos del Quinto Centenario, se hundió ante las autoridades en noviembre de 1991. El único tripulante a bordo era Curro, ese pollo mironiano con aquel pico multicolor tan desconcertante. ¿Fue la premonición de algo? ¿O su cumplimiento? El Titanic se hundió con más pasajeros en su primer viaje, aunque estaba hecho para no hundirse. A pesar de las esperanzas de la técnica, todo hundimiento es siempre parte de una premonición, porque el hecho de que se hunda responde siempre al temor previo de que se pudiera hundir. Y cuanto más desmentido esté ese temor por la técnica, mayor será el cumplimiento del presagio, más eco tendrá esa voz artera y escéptica que nunca se ha acabado de creer que el desastre no pueda ocurrir.

Si hablamos de matrimonios, conozco el caso de dos que duraron un día aproximadamente, por razones muy diferentes. En el primer caso, ella lo abandonó aduciendo a familiares y amigos que él le había regalado ropa interior sexy para la noche de bodas. Ignoro el diseño específico de la ropa, pero parece una razón peculiar en cualquier caso. En el otro, el novio salió corriendo (o navegando) al final de una noche de bodas que no se llegó a consumar tras una juerga etílica en la que los amigos fueron más protagonistas que la misma novia. Se fue con ellos en su barco, de viaje de bodas. Lo curioso fue que se fuera él, cuando ella era la que obviamente tenía todas las razones para haberlo hecho. Luego tardaron casi tres años en divorciarse.

Ante el temido grito para un capitán de “¡Nos hundimos!”, hay varias opciones: intentar atajar la vía de agua, primero; y si eso fuera imposible, ordenar la evacuación e intentar que el hundimiento tenga las mínimas repercusiones en todos los sentidos. Otra hábil estrategia es ocultar el hundimiento. ¿Pero cómo hacerlo en el mundo aristotélico de los hechos? El capitán italiano del Concordia parece que ha tenido algunos problemas en este sentido.

En economía, el protocolo es otro: es posible que se intente cortar la vía de agua, pero parece que lo más importante es poner cara de póker y mirar a otro lado como si no pasara nada. La misma estrategia que la de los músicos del Titanic, solo que sin hundirse con el barco. Es lo que tiene ser economista. En cierta medida, los Estados Unidos de América lo están logrando tremendamente bien con su economía. Con la deuda que crece más rápidamente en el mundo, y tras ser los iniciadores de la crisis financiera del 2011, se las han arreglado para que no se hable de su deuda ni de sus actividades monetarias y financieras. Europa es el mal, aunque los números y la cronología no digan eso exactamente.
Jim, el protagonista de Lord Jim, la espléndida novela colonial/protestante de Joseph Conrad, llevó toda su vida en la conciencia el abandono de un barco lleno de peregrinos musulmanes a La Meca. Parecía que el barco iba a naufragar, pero no lo hizo. Los oficiales abandonaron la nave y Jim fue después juzgado por ello. Lord Jim no llevaba en su conciencia un naufragio, sino la sombra de uno; un abandono, algo quizá peor que el naufragio en sí. Porque cuando los barcos, las economías o las relaciones naufragan conviene estar allí, no irse demasiado pronto.

Alvar Núñez Cabeza de Vaca escribió un relato lleno de interés sobre sus naufragios en la costa norteamericana de la Florida y la Luisiana. Cabeza de Vaca naufragaba y luego resolvía todas las consecuencias del naufragio con ardor e ingenio. Escribió “Naufragios y comentarios”, obra de escritor anárquico pero de pulso recio. Parece que hay gente que se parece a los economistas contemporáneos y le gusta naufragar. Conocí a una familia que logró naufragar con todos los barcos que tuvo. Para mí, algunos rincones de una ría gallega están relacionados con sus naufragios. Una vez, encallaron en un bajo mientras cenaban en el barco, y como el barco no se hundía, terminaron de cenar antes de saltar a tierra en un bote. También conozco el caso de otro marinero que hundió el barco de vela en el que hizo el viaje de bodas (con su mujer en este caso) porque se compró otro y no quería que nadie profanara el espacio de su intimidad. Hay gente que a veces quiere hundir un barco, una economía o una relación, aunque parezca mentira. El mar, como el corazón, atesora curiosos pecios. Los archivos de los periódicos también, todas esas promesas de las campañas, las predicciones de economistas y los comentarios de las agencias de calificación. Pecios. Ya se sabe, restos del naufragio.