Opinión

De dictaduras, levantamientos y transiciones en el norte de África (I)

Víctor Morales Lezcano | Viernes 03 de febrero de 2012
PRELIMINAR

El Instituto Universitario de Estudios Europeos de la Universidad San Pablo (CEU-Madrid) encargó en 2009 a un colectivo de profesores con vocación mediterraneísta once contribuciones. Todas ellas estaban destinadas a esclarecer el proceso de transición que se estaba gestando entonces en el Mediterráneo -desde el espíritu de cooperación inter-ribereño pergeñado en la Conferencia de Barcelona (1995) y en dirección de marcha hacia la Unión por el Mediterráneo (UpM)-. Lo cierto es que no había en ese momento quien augurase la eclosión de las poblaciones árabes que tendría lugar a partir de enero de 2011.

Se era consciente en aquel momento de las necesidades de replantear los objetivos de la recién nacida UpM en sus tres dimensiones troncales: financiera, político-estratégica y cultural. En puridad, muchos de nosotros siempre partimos de la base de que íbamos a contar con todo el tiempo del mundo para proseguir nuestros proyectos, salvo cuando - y ello sucede más de tres o cuatro veces en el tiempo de vida de cada cual- en la Historia irrumpe lo imprevisto. Ello es así, a pesar del aumento exponencial que la previsión -y prevención-, la prognosis, la demoscopia y la fabricación de escenarios han experimentado a lo largo de los últimos sesenta años del siglo XX, y con notoria intensidad en el primer decenio del siglo XXI. Sin embargo, como ya nos había advertido hace un siglo la corriente filosófica perteneciente al relativismo histórico (que ayudaron a vertebrar W. Dilthey, Benedetto Croce y Ortega y Gasset, entre otros maestros del pensamiento europeo moderno), el factor sorpresa -azar, casualidad, contingencia- parece haber estado siempre en guardia para irrumpir en el paisaje mental del ser humano; alterando de esta manera la visión de un futuro que nos permita adentrarnos con cierto aplomo en el tiempo del mañana.

El autor de estas páginas quiere recordar, finalmente, las puntualizaciones que en torno al tema de lo imprevisible en la Historia, le hiciera Julio Caro Baroja (1914-1995) en varias conversaciones que tuvieron lugar durante los años 80 del siglo pasado, en el salón-estudio de la casa de los Baroja situado en la madrileña calle de Alfonso XII. Se trata, pues, de una ratificación autobiográfica de lo poderoso que ha sido el factor sorpresa en la vida de los pueblos. Don Julio escribió al respecto unas líneas que no tienen desperdicio: “…hay una técnica histórica, muy apreciada hoy, que es la de resaltar todo aquello que en el desenvolvimiento de los hechos parece racional: pensamiento, programas, luchas ideológicas, datos económicos. Siento decir que mi experiencia me obliga a desconfiar no poco de estas “racionalizaciones”. Porque si un hecho como la guerra civil de 1936 se quiere narrar sin dejar hueco a pasiones salvajes, a contradicciones internas, a casos fortuitos, no resultará reconocible para muchos de los que lo recuerdan, aunque otros, sí quieran creer que aquello funcionó como un aparato de precisión…”.

Los recientes levantamientos populares de Túnez y Egipto contra los regímenes autoritarios existentes en el mundo árabe, constituyen una de esas instancias históricas que son fruto legítimo de lo imprevisible. Por esta razón, me ha parecido interesante reflexionar sobre cómo denominar correctamente el fenómeno social de la insurrección civil árabe de 2011; e indagar -de paso- en la explicación congrua que puede proporcionársele al tema mismo de la reflexión que sigue.

Creo que el objetivo lo merece, al menos, para muchos de aquéllos que hemos convertido el diálogo entre ribereños mediterráneos en una divisa a mantener en alza. Espero que esta voluntad de indagación sirva de algo al lector interesado en la materia.
Bien pensado, a poco más podemos aspirar aquéllos que nos reclamamos cultivadores de las Humanidades.

I
DE CUANDO LA DENOMINACIÓN CORRECTA ES ALGO MÁS QUE FORMALISMO ENUNCIATIVO

En tres artículos míos publicados hace unos meses en Revista de Occidente, he ido haciendo un seguimiento de las “revueltas” y cambios “revolucionarios” que se fueron concitando en el mundo árabe durante el transcurso de 2011. Justo en la segunda entrega a Revista de Occidente, puse de relieve algunas cuestiones pertinentes sobre el tema. Un año de perspectiva es poca cosa, aunque esta mínima perspectiva comienza ya a facilitar la tarea del historiador ¿del tiempo presente?. Hasta tres aspectos de aquellas “revueltas” y de los consiguientes cambios que desató, acierto yo a seleccionar en cuanto cimas emergentes, cuya escalada podría esclarecer no pocos extremos que aparecen de modo reiterativo, aunque confuso, en las páginas que sectores de prensa, del ensayismo y de las redes sociales vienen consagrando a los acontecimientos políticos de marras. Empecemos por el principio.

Aspectos de la cuestión en ciernes

Desde el inicio de los acontecimientos políticos que abatieron el norte de África, el término revuelta (s) prevaleció de manera paladina. En la narrativa historiográfica occidental, la gran revuelta árabe que encabezaron Hussein ibn Ali y sus dos herederos -Faisal I y Abdullah- entre 1916-1918, adquirió pronto carácter de categoría: movimiento de rebeldía árabe-musulmana contra la sede del imperio turco-otomano e islámico que se constituyó a partir de la toma de Constantinopla en 1453 por las tropas osmanlíes que encabezaba el sultán Fathi. Aquella “gran revuelta árabe” se orientó hacia la obtención de la independencia de no pocos países miembros del imperio otomano, tanto en las provincias cristianas de los Balcanes como en las provincias musulmanas del Oriente Próximo y Mesopotamia.

El hecho de que las promesas británicas esgrimidas por sir Henry McMahon ante las autoridades cherifianas arriba citadas, no culminaran satisfactoriamente, en nada impidió que las manifestaciones de los príncipes árabes entraran en línea de cuenta histórica como revueltas árabes. Esta denominación cristalizó de golpe. Aunque frustradas, desde luego, fueron revueltas de los “principales” o efendi árabes (dicho a la usanza turca) contra la Sublime Puerta y el edificio y las redes institucionales del imperio otomano.

Llamar, sin embargo, revueltas a la serie de rebeliones sociales de 2011, que empezaron a conmocionar los fundamentos de las dictaduras “sultaníes” de Túnez (entre el 1 de diciembre y el 14 de enero) y de Egipto (entre el 25 de enero y el 11 de febrero), apareció inmediatamente como una terminología desajustada con respecto al gran impacto que tuvo la fuga y dimisión respectivas de los presidentes Ben Ali y Mubarak -huidos a Arabia Saudí- por la importancia y duración de sus mandatos.

El hecho es que en casi todos los medios y redes sociales tunecinos y egipcios, así como en aquéllos procedentes de otros países árabes no ranciamente tradicionales, hizo acto de aparición súbito el término revolución. Empezó así a engordar el cajón de sastre terminológico y conceptual sobre la materia. Por lo que recuerdo, también proliferó en el ámbito de la mercadotecnia euro-americana el mismo concepto de revolución; lo que no impidió que hubiese reacciones escépticas ante lo corto que resultaba hablar de revueltas, frente, por el contrario, a lo excesivo de la desenvoltura gratuita con que se despachaba el periodismo sensacionalista, al hacer uso indiscriminado del término “revolucionario”.

El imaginario de los intelectuales puede alcanzar cotas sorpresivas en más de una ocasión. Los levantamientos populares norteafricanos que tuvieron sus principales espacios de actuación en el tunecino bulevar Burguiba y en la plaza de la Liberación de El Cairo, fueron comparados por firmas del calado de Jean Daniel, Timothy Garton Ash y Shlomo Ben Ami, con revoluciones tales como la primavera de los pueblos europeos que tuvo lugar en 1848, la liberación en 1989 de los países del este de Europa subyugados por la ex-Unión Soviética a partir del final de la segunda guerra mundial, y la oleada democratizadora que subsumió a Grecia, Portugal y España casi durante un decenio prodigioso (1974-1982).

Probablemente, la combinación binaria de acervo revolucionario europeo y de necesidad metodológica de practicar el comparatismo histórico, pueden explicar las líneas de fuga terminológicas y comparativas que se han citado anteriormente. En medio de la refriega publicística inicial se generaron de inmediato las “revueltas” en el lejano Yemen el 27 de enero, en la Cirenaica libia y en la capital de Bahrein, ambas el 16 de febrero, para culminar con protestas callejeras en varias ciudades de Siria a partir del 20 de marzo. Todas ellas conllevaban una repulsa de los regímenes “sultaníes” y de sus clientelas adyacentes, que habían gobernado impunemente en el mundo árabe durante decenios.

Esta confluencia de alteraciones socio-políticas en el, relativamente estable, mundo de las autocracias securitarias del mundo árabe que se fueron estableciendo durante el último tramo de la Guerra Fría, contribuyó a incrementar una plétora de análisis y exégesis del fenómeno, pensando ora en términos de buenismo progresivo, ora en clave de pragmatismo euro-americano de manual. Algunos de los autores de esta literatura gris no tuvieron la precaución de leer, no tanto a los clásicos de la teoría de las revoluciones versus el Antiguo Régimen (que hilvanan los ensayos de Tocqueville con las aportaciones historiográficas posteriores hasta enlazar con las obras de E. Hobsbawm), sino el ensayo, ya clásico, de Gene Sharp que lleva por título From Dictatorship to Democracy. A lo que parece, Sharp ha sido un preconizador del acontecimiento que se está enfocando en estas cuartillas, cuestión en la que no nos podemos detener por ahora; ello no quita para recordar que otra obra de Marcuse -y estoy pensando en El hombre unidimensional, muy en particular- fue señalada en cuanto precursora y sostén intelectual del “Mayo francés” en 1968. Pasemos de largo por esta sugerencia colateral que no nos ha parecido ociosa constatar aquí.

Desde mi punto de vista, durante los tres primeros meses de lo que vino a suceder en el norte de África y en otras latitudes del mundo árabe-mediterráneo (Siria), en el mar Rojo (Yemen) y en el golfo Pérsico (Bahrein), cabría señalar que se trató, también y desde un principio, de levantamientos populares contra los regímenes autoritarios que desde hacía decenios venían gobernando con sed insaciable de poder y de fomento del favoritismo clientelar, cuando no del clásico nepotismo. No habría que olvidar, además, la cínica compra-venta que practicaron esos regímenes con servicios prestados a la fijación euro-americana en torno al principio de security first, aplicado éste, reiteradamente, en el espacio geopolítico de lo que la publicística estadounidense ha bautizado con el título de Gran Oriente Medio.

Tan evidente como todo el proceso contestatario norteafricano de los primeros meses, resulta el hecho de que, a partir del segundo trimestre de 2011, empezaron a manifestarse síntomas de contrarrevolución en varios países árabes sacudidos con diferente grado de agitación por los levantamientos populares que tuvieron lugar entre enero y marzo del mismo año. La intervención occidental en Libia, a través de la OTAN (no-fly zone), o directamente, como la franco-británica, no ha excluido las participaciones armadas, o diplomáticas, de países como Arabia Saudí en Bahrein y Qatar, y de la misma Liga de Estados Árabes en diferentes escenarios de insurrección civil -como ha sido la Libia de la guerra contra Gaddafi; o la Siria turbulenta de principios de 2012, que trae todavía en jaque al sistema internacional-.

En todo caso, los levantamientos populares que se han ido produciendo en el mundo árabe -trece siglos después de que el mundo árabe-islámico penetrara en la península Ibérica-, necesitan de un par de esclarecimientos. Centremos éstos en lo que podría denominarse el complejo de factores concomitantes que se han dado cita, imprevisiblemente, en los levantamientos árabes que, en un momento dado de su transcurso, se ha dado en llamar primavera árabe .
El éxito mediático de esta denominación ha sido incondicional, aunque se trate -a nuestro juicio- de un término que no resiste un mínimo de análisis del contenido que subyace bajo tal enunciado.

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