Los Lunes de El Imparcial

José Manuel Cuenca Toribio: Historia y actualidad 4

CRÍTICA

Domingo 05 de febrero de 2012
José Manuel Cuenca Toribio: Historia y actualidad 4. Actas. Madrid, 2011. 382 páginas. 26 €

Bajo el título de Historia y actualidad 4, y en el sello de Actas Editorial, el profesor José Manuel Cuenca Toribio, decano de los catedráticos de Historia Moderna y Contemporánea, Premio Nacional de Historia y Periodismo, así como el primer decano de la Facultad de Letras cordobesa, nos ofrece una de sus apasionantes entregas con las que, desde su profunda conciencia crítica de historiador, nos viene desentrañando los diversos aspectos políticos y culturales acaecidos en la escena tanto nacional como internacional de estos últimos años. Se trata de una varia serie de artículos y reflexiones que, al hilo del devenir de los eventos de cada día, él ha venido explicitando en su indesmayable vocación periodística en diversos medios, pero iluminada siempre por la experiencia y la meditación de su fundamentado conocimiento del pasado. El hoy palpitante y cambiante es analizado bajo el foco de sus conocimientos del ayer, y así esta conciencia de nuestro pasado más remoto o próximo le sirve para valorar y dimensionar debidamente los acontecimientos del sucesivo presente.

Toda una viva lección de historiador, que se enfrenta a la siempre conflictiva actualidad desde una digna serenidad crítica, fecundada por un vasto conocimiento de la Historia no solo española, sino general, y particularmente europea, y que nos sirve para iluminar e ilustrarnos debidamente el presente. El libro se subdivide en tres amplios apartados que nos dan noticia de su reflexiva atención a todo aquello que el maestro Eugenio d’Ors calificaba de "palpitaciones de los tiempos": I. Internacional; II. España. Historia y política, y III. Cultura y sociedad. Así pues los aspectos más sobresalientes y polémicos de la trayectoria europea y española de estas últimas décadas se reinterpretan y analizan con la justeza y desapasionamiento, lejos del tópico y de la manipulación, con la serena y comprensiva aceptación del pasado a que nos tiene acostumbrados José Manuel Cuenca Toribio.

Su enfrentamiento intelectual y crítico a todos estos aspectos de nuestro presente colectivo, desde ha ya muchos años, le lleva a manifestar, desde el mismo pórtico del libro, definiendo el bloque temporal del que se ocupa, como "en efecto: el umbral del tercer milenio se caracteriza, prima facie, como una retorta en la que se han constatado, de un lado y de modo irrefragable, las enseñanzas multiseculares acerca de la naturaleza del poder, la fugacidad de regímenes y comportamientos político-sociales y la fragilidad de las instituciones aparentemente más sólidas, y, de otro, la aceleración, más frenética aún que trepidante, del cambio social en las colectividades post-industriales".

El libro se abre con una serie de reflexiones de hondo calado sobre Historia contemporánea de Gran Bretaña, en donde el acrisolado liberalismo intelectual del profesor Cuenca Toribio se recrea en la evocación de una historia nacional que en términos generales en su dilatada sucesión secular se nos puede ofrecer, con todos los defectos connaturales a toda empresa humana, casi como modélica o ejemplar, y que le lleva a confesar con una cierta delectación intelectual, que "en materia de historia, es muy difícil darle lecciones a Inglaterra..." Inglaterra y la política, Gran Bretaña y la Guerra Civil española, la historia de las diversas elecciones inglesas, o la historia de algún que otro casamiento regio le lleva a Cuenca Toribio a una serie de densas meditaciones que se explayan a partir de enero de 1901, fecha en la que el mundo entero asiste al entierro de la reina-emperatriz Victoria (1837-1901), la egregia figura, abuela de Europa, emparentada con todas las dinastías reinantes, que resume toda la Historia y el esplendor de ese fundamental siglo europeo que para las grandes naciones continentales fue el XIX, con su expansión colonial a todo lo ancho del globo.

Este magno acontecimiento luctuoso que se "convirtió en el mayor despliegue de testas coronadas conocido en la Historia ", fue, sin duda, el reconocimiento al soberano que tan dilatada y fecundamente gobernara Gran Bretaña, pero también implicó un homenaje a la Europa que, liderada por su pueblo, había impregnado a sus naciones de idéntica sensación de plenitud y desarrollo con la que la Roma clásica permeó a sus gentes en los primeros siglos de la era cristiana. La Navy había sustituido a las legiones romanas como instrumento del poder inglés a nivel mundial; y bastaba, en no pocas ocasiones, dentro, pero sobre todo fuera del continente, "showed the Navy" para dirimir sin sangre los pleitos más arduos y los contenciosos más enconados.

Diversas figuras protagonistas de la Historia del pasado siglo son analizadas con objetiva penetración por Cuenca Toribio, escapando de las cómodas trampas de los tópicos que desdibujan en sus netos perfiles muchas de estas efigies. Así, particularmente personal y acertada me parece la reivindicación del presidente Nixon (1913-1994), quien sentaría las bases de la conciliación con las grandes potencias rivales de la segunda mitad de la pasada centuria: "No obstante las muchas aristas de su perfil psicológico y moral y su muy escaso atractivo mediático, su presidencia se inscribe entre las más destacadas de la Norteamérica del siglo XX: logros como el acuerdo del SALT I, el establecimiento de relaciones diplomáticas entre Washington y Pekín o el encauzamiento definitivo de la retirada estadounidense de Vietnam no se ofrecen, ciertamente, en muchas otras estadías novecentistas en la Casa Blanca".

Especialmente aguda es la interpretación o etopeya que nos traza de otra aún más compleja y ciertamente vidriosa figura de la política francesa, con "una andadura llena de recovecos, atajos, misterios y enigmas de toda suerte". "Pocas personas, en verdad, más dotadas que F. Mitterrand para el ejercicio de la política en su versión clásica o eterna: excitar voluntades, seducir espíritus, enmascarar la dura realidad con el lenguaje de los sueños. Si a ello se añade que el petainista transformado en radical y mutado, finalmente, en socialista poseía una cultura fastuosa en punto al conocimiento de la Historia y la literatura de su país -no así de las extranjeras, en que era casi ignaro- se entenderá fácilmente la imantación de su figura en tantos españoles ilustrados”. Aunque "su segundo septenado fue, ciertamente, decepcionante desde el ángulo de la moral más simple y la ética más elemental. [...] El final del principado mitterandiano, empedrado de escándalos y desengaños, concitó una crítica universal, solo atenuada por la hipnosis que aún provocaba en muchos observadores, obnubilados por su virtuosismo dialéctico e inagotable registro oratorio".

Compleja y sutil es la interpretación del, a la vez, "patriota y traidor" mariscal Pétain, "el héroe de Verdún", que consideró como un don de su férvido patriotismo su "inmolación" por Francia en la hora crucial de junio de 1940, con el desarbolamiento sin fisuras de la IV República y el caos apoderándose a marchas agigantadas del territorio aún no invadido del Hexágono. Se trata de una de las páginas más vergonzosas de la Historia del admirado país vecino, y la más distorsionada por la historiografía chauvinista contemporánea, mientras Gran Bretaña en su isla quedaba sola bajo los bombardeos alemanes, alentada por la palabra austera y convincente de su primer ministro, defendiendo una democracia que, al fin y al cabo, y tal como hoy la entendemos, no era sino un invento nacional suyo. (No olvidemos, a título de ejemplo más o menos anecdótico, pero plásticamente simbólico y significativo, que -frente a tanta retórica patriótica gala, que luego concienzudamente se aprestó a enmascarar la realidad-, el Ayuntamiento de París fue tomado por una columna de republicanos españoles, mayoritariamente castellonenses).

Otros aspectos de la realidad presente como la crisis de la Unión Europea, la complejidad y constancia de la política del antiguo imperio ruso, bajo el común denominador de "la defensa y expansión a ultranza de su territorio", o los problemas del mundo árabe y la posibilidad de un "Islam dialogante", desde "la rígida y eficaz batuta imperial británica que "dirigió la mayor parte del territorio árabe tras el dominio turco", hasta la crisis de Suez y las terribles fechas del 11-S y el 11- M, no escapan a la atención del articulista-historiador, junto a las lecciones que pueden propiciarnos las enseñanzas de la Historia en Afganistán, ese territorio indómito y remoto que ni poderosos imperios como el ruso, el británico o el norteamericano pudieron domeñar .

Particularmente polémica para algunos puede resultar su reflexión sobre "El "Che" y el odio en la historia", figura tan admirada por la confortable progresía universitaria occidental de Mayo del 68, en su "lucha sin cuartel contra el capitalismo y los fundamentos del neoliberalismo." Esta primera sección del libro se cierra con una estremecedora reflexión sobre el pasado siglo, el más bárbaro y sangriento de toda la historia de la humanidad, a pesar de sus extraordinarios progresos científicos y tecnológicos, o quizá también, en parte, gracias a ellos, ya que el hombre ha logrado tener en su mano un poder destructor hasta entonces inimaginable. Junto a sus diez millones de muertos de la Gran Guerra y los sesenta millones de la Segunda, "sus cien años constituyeron el periodo en el que más carne humana se putrefactó a la intemperie y en los universos concentracionarios [...]"; un siglo en el que "las guerras de exterminio de los Balcanes de finales del novecientos -el mismo lugar donde en su arranque se atizó a ciencia y paciencia el incendio devastador de 1914- están muy cerca de la memoria colectiva para demostrarlo".

En esta misma línea sigue la reflexión de la segunda sección de la obra, en la que encontramos acertadas etopeyas de figuras como Antonio Maura, en el centenario de su "Gobierno Largo", entre enero de 1907 y finales de octubre de 1909, uno, en efecto, de los más dilatados del régimen liberal y también uno de los más fecundos, o el septenato primorriverista con su eficaz modernización del país bajo la dictadura incruenta de Primo de Rivera, en esos "felices veinte" en los que "los españoles no acertaron a conciliar el progreso material con el político y jurídico, legando, a la postre, una muy difícil herencia". Objetivos y llenos de comprensión liberal son sus análisis sobre los sacrificados en ambos bandos del conflicto bélico civil, "pues, ciertamente, víctimas -maestros, curas, campesinos...- y verdugos -falangistas, milicianos, brigadistas, generales...- demandan de la Historia una visión abarcadora de todos los factores que concurrieron en su destino, a fin de encontrar justicia por la posteridad." Aunque "muchos curas y algunos prelados, acordes con el indeclinable mensaje evangélico, dejaron ir su voz censoria contra los asesinatos y venganzas de los franquistas", nos recuerda el historiador, éstas quedarían ahogadas en aquella especie de consagración de una sublevación militar que suponía su oficialista reconocimiento eclesial como "cruzada". No obstante, "una considerable porción de la sociedad actual solicita y gusta de la penitencia eclesial por el silencio de curas y obispos durante un conflicto en el que el número de éstos sacrificados por su fe fue aterrador".

Muy interesantes son los artículos que Cuenca Toribio dedica a resaltar la validez y no desdeñable riqueza cultural de la España de la postguerra y de los años cincuenta, a pesar del luto, de la pobreza y aislamiento de aquellos sombríos años de penitencia. De siempre, las fuerzas de la cultura han sido más inteligentes y sutiles que las zafias trampas de la censura. Y, de hecho, toda la historia de la cultura, en general, con algunas breves excepciones, se ha señalado por la lucidez del creador y del artista por llevar a cabo sus obras a despecho de una autoridad coercitiva, que siempre mostrará escaso respeto por la libertad individual de los autores. Ante la voluntarista determinación de borrar de un plumazo cerca de cuatro décadas de nuestro inmediato ayer, frente a quienes "recargan las tintas hasta la caricatura en la reconstrucción del oscuro existir de la España de su niñez y mocedad, -continua Cuenca- ni siquiera el comprensible orgullo por las conquistas generacionales justifica el encono o la deturpación del pasado. Sin empatía especial con el régimen, con obligada, resignada o pasiva obediencia al poder dictatorial, millones de españoles, con todas las circunstancias en contra, se afanaron con pulsión semiheroica, por materializar su proyecto de vida -docente, deportivo, religioso, empresarial, castrense, laboral...- y sumar enteros a la reconstrucción del país". Y de ello somos testigos vivos tantos jóvenes estudiantes nacidos en los cuarenta, perfectamente formados tanto en nuestro exigente bachillerato como en nuestros fecundos años universitarios bajo la dirección de excelentes y añorados maestros, que nunca se apartarán de nuestra agradecida memoria.

Con harta injusticia y nulo sentido de la realidad se llegó hasta a hablar de "páramo cultural", en la consideración crítica de aquellas décadas, que, sin duda alguna, alumbraron cimeras figuras de nuestras letras, como D’Ors, Cela, Delibes, Torrente Ballester, Cunqueiro, Josep Pla y tantos otros que ennoblecen nuestro contemporáneo parnaso. Ante semejante y sectaria incomprensión, "la figura más arraigada e insobornablemente liberal del citado periodo, Julián Marías, rompió mil lanzas en la vindicación de la salud roborante de no pocas manifestaciones literarias y artísticas de aquellos años", por lo que con todo derecho se pudo hablar en algún artículo digno de recuerdo de la nada desdeñable "vegetación" de aquel "páramo".

En la tercera sección del volumen, "Cultura, sociedad", el profesor Cuenca Toribio muestra su independiente y afinada sensibilidad como historiador y una objetividad por encima de toda suerte de sectarismos y parcialidades, en la interpretación de los últimos aspectos culturales de nuestra existencia colectiva, con gran preocupación por las Humanidades y la concertación de las diversas expresiones lingüísticas peninsulares, en la noble línea de grandes maestros de su generación, como Pabón, Vicens Vives, José María Jover o Carlos Seco, que llegaron a escribir tantas áureas páginas en el conocimiento de nuestro pasado.


Por Carlos Clementson




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