Opinión

El Congreso nos divierte

Demetrio Castro | Lunes 06 de febrero de 2012
Mientras oía a Rubacalba con su retórica de batología, ésa en la que el ego del orador se repite a sí mismo y que con tanta maestría domina, y a Chacón, con su prosodia de escolar mal impostada recitando lo que le han hecho aprender sin entender maldita la cosa de lo que articula, intercambiaba correos electrónicos con mi amiga de Nevada. No tenía su mejor momento, no sólo por el insomnio sino porque ella, inscrita como independiente de toda la vida y que cree que el senador Liberman es una mezcla adorable de Roosevelt y Teresa de Calcuta, había prometido llevar al caucus republicano a su nieta que iba a votar por primera vez, a Santorum, y a su propio marido, un contumaz izquierdista que tuvo su camino de Damasco en tiempos de Reagan. Un pequeño drama familiar que da todo su juego cada vez que le engatusa proclamándole tan digno de su amor que hasta pasa por alto sus preferencias republicanas. Cuando para satisfacer su curiosidad le expliqué qué hacía yo, me puso en un aprieto pidiéndome que le resumiera qué propuestas tenían cada uno de los dos candidatos a la secretaría general del PSOE. Así que le dije que lo más concreto de lo planteado por ambos oradores era revisar las relaciones Iglesia-Estado, en lo que no creo haberme apartado un ápice de lo cierto. Al responderme preguntando si quien estaba de coña eran ellos o yo, un reflejo patriótico incontenible me llevó a responder que supuesto era yo. Ya sabemos que desde mucho antes de Masson de Morvilliers a los extranjeros les divierte sacarnos los colores haciendo categoría de la anécdota y no es cosa de ponérselo fácil.

Para mi amiga de Nevada, que lleva más de media vida enseñando historia de Europa contemporánea, la idea que alguien en el siglo XXI y en medio de una crisis económica de efectos devastadores ponga el sacarle las uñas al Vaticano entre las prioridades programáticas de un partido español que acaba de dejar el poder y puede aspirar razonablemente a volver a ocuparlo algún día no demasiado lejano, es incompresible. Y también para cualquiera que no esté algo familiarizado con los resortes primarios y oportunistas que cultiva el socialismo español. Con todo lo que tiene de maniobra de distracción y recurso para confortar a congresistas melancólicos, en esa cruzada anticatólica y antivaticanista que ha pasado a ser ya resolución formal del congreso alienta un viejo, muy viejo, recurso de la izquierda política europea del que sacaron los máximos beneficios los radical-socialistas franceses de hace más de un siglo con Combes y Waldeck-Rousseau. Los socialistas españoles de entonces, es decir Pablo Iglesias y la troupe de incensadores que le rodeaba, tuvieron aquella política por deleznables maniobras de la burguesía. Según Marx, que ellos seguían a pies juntillas gracias a las síntesis de Guesde, porque leerle, lo que se dice leerle, ninguno lo había hecho, esas cuestiones superestructurales quedarían resueltas por sí mismas gracias a la revolución proletaria, de manera que a eso había que aplicarse, que lo demás eran gollerías ociosas. El vigésimo octavo congreso del PSOE concluyó, para honra suya, que la revolución proletaria para la sociedad sin clases era una utopía inviable, sin llegar a reconocer que, además, y en su praxis, también criminal y depauperante, de modo que cuando hay que buscar con qué caldear los ánimos más allá que con el asalto al presupuesto, hay que volver atrás en el túnel del tiempo, aproximadamente un siglo y buscarse un enemigo con concite esa hostilidad rencorosa que tanto une.

La idea de que determinada confesión religiosa cuyo código moral resulta inconciliable con los paradigmas de conducta propugnados por la izquierda que el socialismo español puede aglutinar sea, por eso mismo, abominable no resulta más que reflejo de la intransigencia prepotente que le es propia. Y la tesis de que una relación especial con las instituciones representativas de esa confesión implique un privilegio que discrimina a otras y ofende a todos, una falacia contradictoria con los postulados propios que sostienen que las realidades sociales no pueden ser ignoradas en aras de las premisas ideológicas. Porque resulta que esa confesión es, con abrumadora diferencia, la mayoritaria y la de más hondas raíces en la estructura cultural del país, sin que aceptarlo signifique ni adherirse a sus dogmas, ni acatar todas sus pretensiones, ni someterse a sus criterios. Pero declararle guerras de baja intensidad para que el congreso se divierta y se distraiga del espectáculo cainita constituye algo más que una torpeza porque con ello aflora el magma totalitario que bulle bajo la escenografía, los intereses y el discurso emplastado. Algo tan escabroso que ni los agnósticos podemos ignorar y por lo que es tan improbable que el congreso nos divierta, y no habrá sido por falta de materia.

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