Opinión

Un dato olvidado y vital

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 10 de febrero de 2012
En uno de los escasos concursos con cierta finalidad cultural de entre los muchos que cubren las tardes de las televisiones españolas –(y de algunas europeas, como, por ejemplo, las italianas)- se ofreció no ha mucho una imagen llamativa. Ante una audiencia directa de quinientos jóvenes, uno de los participantes desgranó las ventajas que se derivarían para la sociedad hispana de llegarse a un estadio en el que las autonomías que así lo desearan adquiriesen la independencia. El público, integrado mayoritariamente por adolescentes vecinos de la Comunidad de Madrid, subrayó con estruendoso aplausos la proposición del moceril orador, aspirante a recorrer en el futuro la senda que le condujera a emparentarse un día con Castelar…

Ocioso se hace aclarar que, frente a cualquier señal de alarma levantada por tal acontecimiento y los numerosos de igual guisa que se recolectan a brazadas en mil teatros de la actualidad nacional, instantáneamente se oirán voces que bajen su diapasón y se afanen, con idéntica buena voluntad y pro bono pacis, por quitar toda trascendencia a su significado. Sino que, por desgracia, no es así y la realidad desmiente tan bienintencionados esfuerzos de moderación. Por encima de anécdotas y sucesos de vario tenor, equivale imitar la actitud del avestruz el negarse a aceptar que la cohesión del país y aun la misma la noción de España se encuentran a la fecha en uno de sus nadires más inquietantes. El más acribioso pesquisador tendrá grandes dificultades en hallar en los cinco últimos siglos del pasado hispano un momento en el que la conciencia patria haya dado menos muestras de vitalidad que en el actual. Los críticos más benévolos del sistema educativo vigente indican que su arquitectura general se resiente de la carencia de puntos elementales de apoyo de una concepción general del ser e identidad españoles. Afortunadamente, el pluralismo y la diversidad han sido su característica esencial; pero en modo alguno la delicuescencia y la atomización. Los extranjeros reconocieron siempre sin vacilación alguna la personalidad clara y distintiva de España dentro del conjunto de los pueblos occidentales; y ningún artista o escritor de proyección internacional nacido en la península o en sus dos archipiélagos –piénsese, v. gr, en Galdós o Lulio- negó su pertenencia al solar común. Hoy, sin embargo, el habitante del cabo de Gata y el del Finisterre, comunicados transportística y mediáticamente con mayor rapidez que nunca, semejan vivir en hemisferios diferentes…

A fuerza de sabido, todo ello permanece impostado desde ha tiempo en el ancho territorio vedado o secuestrado al conocimiento y discusión de la opinión pública, tan raquítica y deturpada en nuestro país. Los estigmas de catastrofista y derrotista se blanden con presteza ante la pluma o la voz que señalen la ausencia estremecedora de vínculos y ligámenes entre los miembros de una colectividad de cerca de cincuenta millones de ciudadanos. Empero, el espejo más sencillo o apresurado reflejará, a fuer de realista, un paisaje desalentador para toda española o español formado en el amor a la tierra de sus antepasados y a la portentosa obra civilizadora que construyeron y difundieron por todo el mundo a lo largo de los siglos.

No es éste, como se recordaba más arriba, un tema inserto en la agenda prioritaria de los políticos, no obstante su gravedad extrema. En la del flamante gobierno conservador parece ser que sí figura, aunque, desde luego, no en lugar preferente. Con todo, y pese al defraudador balance que en la materia arrojó la precedente experiencia ministerial del PP, habrá que abrir un capítulo de crédito y esperanza para que curse ahora con un mínimo provecho asignatura tan crucial e indispensable para el futuro inmediato de la nación. La disciplina habrá de aprenderse en la escuela. Con la misma intensidad será indispensable hacerlo en otros escenarios. ¿Se estimulará con constancia y se respaldará con inteligencia desde las esferas oficiales labor tan perentoria?

Una vez más, apuéstese por la esperanza.