Opinión

Prevaricar con elegancia

Octavio Ruiz-Manjón | Viernes 10 de febrero de 2012
“Convendría quizá que informase V. a Fulano sobre las condiciones de Mengana (la cuñada de Zutano, exdiscípula mía, de que le hablé un día), opositora a las plazas de francés pues, aunque las plazas se proveerán en justicia, sin duda, la apreciación de la competencia no es tan segura y exacta que no deje lugar a dudas; y estas dudas se resuelven necesariamente de un modo algo arbitrario en el que interviene mucho la disposición de ánimo del juez hacia el juzgado y, sobre todo, el juicio previo. No me escriba V. sobre este asunto, cuyo resultado no me interesa.”
Van a cumplirse cien años desde que se escribió esta carta y algunas cosas han cambiado mucho. Tanto el remitente como el destinatario eran figuras preclaras de la vida cultural española de entonces.

Ahora, sin ir más lejos, una persona que escribiera una carta como ésta no utilizaría el usted.

Por ejemplo, si escribiera a una persona que se llamara Emilio, aunque no tuviera trato amistoso con él, se dirigiría a él con un “Querido Emilio”
Por lo demás, en lo esencial, muchas cosas siguen donde estaban y la justicia sigue sufriendo duros embates.

Con el agravante del desbordamiento de la codicia, el egoismo, la zafiedad y la cursilería de los que se quieren “un huevo”. Especialmente a sí mismos.

Mientras tanto, en el largo tiempo transcurrido desde la carta anterior hemos tenido tiempo de arruinar un régimen de razonable convivencia, ver como nuestros padres y abuelos se mataban o eran matados, sufrir un largo periodo sin libertades, intentar reconstruir un régimen de convivencia razonable y volver a arruinarlo con una sonrisa de bobo satisfecho.

De todas maneras no puedo dejar de añorar la elegancia de la carta que abre estas líneas porque, más allá de la evidente voluntad de atropellar la justicia que hay en ella, me permite también parafrasear una conocida frase que, según me dice Google, puede ser atribuida indistintamente a Voltaire o William Faulkner: “Para triunfar en la vida no basta con ser un sinvergüenza; conviene, también, tener buenos modales.”

No sé por qué no atribuyen la frase a Oscar Wilde o a Bernard G. Shaw, que son los autores de casi todas.