La mecedora, de Jean-Claude Brisville
Versión: Mauro Armiño
Director de escena: Josep Maria Flotats
Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar
Iluminación: Albert Faura
Intérpretes: Daniel Muriel, Eleazar Ortiz y Helio Pedregal
Lugar de representación: Teatro Valle-Inclán. Madrid
POR RAFAEL FUENTESDespués de haber dirigido –y protagonizado- en los escenarios españoles dos de las grandes piezas de Jean-Claude Brisville:
La cena y
El encuentro de Descartes con Pascal joven, Josep Maria Flotats nos trae ahora la primera gran obra del dramaturgo francés:
La mecedora, un auténtico alegato humanista a favor del placer y la valía civilizadora de la lectura.
Si hay en esta pieza un rasgo que la singularice frente al resto de la producción dramática de Brisville es esa experiencia personal y autobiográfica en torno a la lectura sobre la que se articula esta obra maestra teatral que es
La mecedora. Siendo escrupulosos, el primer drama de Jean-Claude Brisville fue
Saint-Just, patrocinado en 1955 por Albert Camus y que cosechó escasas representaciones escénicas. Desde entonces hasta cerca de cumplir sesenta años Brisville se dedicó casi íntegramente al mundo de la edición en Hachette o Julliard, siendo director literario de Le Livre de Poche e introduciendo por primera vez a los autores clásicos en los libros de bolsillo. Fue precisamente su salida brusca y conflictiva de la industria editorial lo que originó el inteligente y conmovedor alegato de
La mecedora, que debe considerarse como su segundo primer comienzo teatral. Tras él, contra todo pronóstico, se sucedieron consecutivos éxitos escénicos donde percibimos otro perfil dramático caracterizado siempre por mostrar un combate dialéctico entre dos personalidades antagónicas tomadas de la historia de Francia: Talleyrand y Fouché, los dos grandes intrigantes criminales que sobrevivieron a la Revolución, enfrentados en La cena, los más célebres filósofos franceses del XVII confrontados en
El encuentro de Descartes con Pascal joven, las dos míticas anfitrionas de los salones ilustrados, Madame du Deffaud y Julie de Lespinasse, luchando encarnizadamente en
La antecámara o Napoleón frente a Josefina en Le feu en paudre, que se estrena este año en el Teatro Hébertot de París.
Solo
La mecedora posee, pues, la garra autobiográfica de un Jean-Claude Brisville herido en lo más íntimo por su enfrentamiento personal contra la industria editorial, en cierto modo –y provisionalmente- vencido por ella, y que presta su voz al protagonista del drama, Jerónimo, un directivo encargado de leer y seleccionar los textos de la editorial, que ha sido repentinamente despedido de su puesto por una revolución tecnológica de la empresa. Jerónimo es un hombre retraído, cercano a la vejez, apegado a su trabajo solitario en la sombra, dotado de una elocuencia brillante que articula con facilidad frases certeras y poderosas donde se revela su amor a la palabra. La fluidez y eficacia avasalladora del discurso de Jerónimo solo encuentra un enemigo invencible: el silencio de su oponente, Osvaldo, alto ejecutivo de su empresa que acaba de prescindir de él. Osvaldo produce libros, los fabrica, pero su producción es la de un objeto destinado a la venta en la los ejemplares solo tiene el valor económico de los beneficios que generan. Reducido a su última expresión, el enfrentamiento entre Jerónimo y Osvaldo esconde un enfrentamiento radical entre el humanismo y la tecnología. El valor humano del libro reside en el acto de leer con sensibilidad e inteligencia, momento en el que el lector crece por encima de sí mismo y dilata su experiencia vital de una forma mágica hasta límites inesperados. En esa fuerza humanizadora de la lectura fundamenta Jerónimo su inútil esgrima contra Osvaldo, quien únicamente ve la dimensión comercial del libro. Lo fabrica pero odia leerlo: sorprendentemente, su casa está despojada de cualquier ornamentación artística y carece por completo de anaqueles con ningún tomo.
La secreta animadversión hacia la lectura del empresario, que paradójicamente manufactura cientos de miles de ejemplares adquiere perfiles grotescos cuando Osvaldo explica a su recién despedido subordinado que uno de los proyectos más inmediatos de la industria editorial consiste en imprimir sobre papel que se autodestruya en poco tiempo con el fin de librar a las casas de supuestas enojosas librerías y facilitar la agilidad en las bibliotecas. No se trata de un sarcasmo del autor, ya que Jean-Claude Brisville escuchó esta propuesta a un editor para el que trabajó como algo en lo que se ha estado investigando en los últimos años. La aparición del libro electrónico con su economía de espacio, no altera los proyectos del empresario Osvaldo que ya tiene previstos libros electrónicos con virus informáticos que borrarán el contenido según la relación afectiva con el texto: unos meses de vida para los
best sellers, unos años para los clásicos y la deferencia de unos años extra más para la Biblia, aunque sin excepciones el virus actuará poniendo una fecha de caducidad a la obra, tal como parece suceder con la inmensa mayoría de los electrodomésticos. Vemos así que la conversión del libro en un electrodoméstico, más que una mayor difusión de la experiencia de leer, garantiza, en realidad, un mayor poder de los dueños de la tecnología sobre la naturaleza y duración de la lectura, de modo que la tecnocracia impone con más facilidad su dominio sobre el humanismo ¡Además, cada libro autodestruido obligará a ser comprado de nuevo y multiplicará hasta el infinito el número de ventas!
Josep Maria Flotats ha dirigido con gran habilidad a Eleazar Ortiz en el papel de Osvaldo, con la pulcritud de su apariencia física y la concisión demoledora de sus aseveraciones y frías explicaciones, de una contundencia solo superada por el silencio frente a las alegaciones de Jerónimo. Todos sabemos que el silencio no consiste solo en callarse, porque el silencio contiene un amplio espectro de emociones y significados. El silencio de Osvaldo es el silencio del poder –del poder tecnocrático-, repleto de arrogante cortesía, de autosatisfecho nihilismo, de cálculo sin límites. El propio espacio escénico, constituido por el amplio apartamento de Osvaldo, no es más que una continuación física del mundo interior de su propietario, con sobrias y desnudas líneas funcionales solo rotas por la simbólica presencia de un paragüero transparente lleno de bastones que encarnan la esgrima dialéctica y los bastonazos verbales con que ambos contendientes piensan deslomarse. Flotats, en su sobria y profunda puesta en escena, no carga las tintas sobre Osvaldo hasta deshumanizarlo, dotándole de un punto de miedo a ser devorado por el propio mecanismo que él pone en marcha.
Lo mismo ocurre con el personaje episódico de Gerardo, con su indecisa sentimentalidad, y particularmente con Jerónimo, excepcionalmente encarnado por Helio Pedregal. Pese a ser portavoz de la denuncia de Brisville, no es un héroe inmaculado. Helio Pedregal lo construye con las dosis necesarias de poder de convicción entrelazado con rencor y violencia circunscrita al empleo agresivo de la palabra. En la vertiente negativa del personaje Flotats y Pedregal transmiten, junto a la indignación, también una tendencia a la comodidad, a la autocomplacencia, a la falta de ambición, al miedo a enfrentarse solo al mundo de la cultura sin el amparo de una gran corporación. Esto viene a simbolizar la “mecedora” –que sirve de título a la obra-, que Jerónimo reclama tras décadas de emplearla en sus lecturas para la selección de originales. Esa “mecedora” nunca aparecerá en escena, pero simbólicamente proyecta sobre ella el rincón donde Jerónimo se ha refugiado, la placidez del pasivo, el abandono de la iniciativa, el balanceo que induce a la ensoñación, al sueño y a lo ilusorio.
¿Retomará Jerónimo su antigua vida en la mecedora? La pieza deja abierta la respuesta a esta pregunta. Aunque en la vida real Jean-Claude Brisville sí dio una réplica llena de vitalidad. Tal como tituló uno de sus libros de memorias “nada está jamás acabado”. Y menos aún Brisville, que tras ser expulsado del santuario editorial, convirtió esta derrota en una victoria mediante el teatro, donde triunfó su palabra. Pero ahora una palabra genuinamente escénica, una palabra sin intermediarios tecnológicos, limpia, dicha directamente y con toda su fuerza emotiva desde las tablas al espectador.