Luis María ANSON | Sábado 11 de febrero de 2012
Son muchos los aspectos positivos que Mariano Rajoy ha impuesto en la reforma laboral para que a medio y largo plazo se cree empleo. Lástima que no se haya atrevido a normalizar el despido. La indemnización de 33 días por año trabajado nos aleja de muchos de los países de economía desarrollada. Los sindicatos han cedido solo 12 días en el forcejeo con el presidente popular.
Fátima Báñez, sin embargo, bien respaldada por Guindos, ha introducido el factor discordante y polémico. Cualquier empresa que sufra una caída de ingresos durante nueve meses podrá aplicar el despido por causas económicas con indemnización de 20 días por año. Esa medida que debió ser norma general se ha metido con calzador en el zapato de los sindicatos porque las centrales saben que su aplicación les dará protagonismo en cada caso hasta que el juez decida. El Gobierno debe perfilar esta modalidad de despido para evitar que la controversia esterilice sus efectos. En todo caso, hay que aplaudir a Rajoy, tanto desde el punto de vista del trabajador como del empresario. La reforma laboral adoptada responde en gran parte a lo que Angela Merkel le ha exigido al presidente español. Favorece a los trabajadores porque la condición imprescindible para conservar el empleo es que la empresa siga abierta, desprendiéndose de ciertas exigencias sindicales. Si la empresa se colapsa y cierra, el trabajador pierde. Favorece también la reforma laboral a los empresarios porque, aunque aspiraban a que los caminos quedaran más despejados, disponen ahora de margen de maniobra legal para salvar la existencia de sus empresas.
Y ahora a esperar que la economía recupere su vigor y, tras el paréntesis terrible de este 2012, se despejen los horizontes para el año 2013.
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