Opinión

Predicciones económicas

José María Herrera | Sábado 11 de febrero de 2012
Ya saben ustedes que, de acuerdo con el calendario maya, el fin del mundo acontecerá el próximo solsticio de invierno, el veintiuno de Diciembre, a las once y veinte de la mañana, justo cuando se produzca un fenómeno astronómico que, según dicen, ocurre cada cinco mil doscientos veinticinco años, la alineación galáctica. La profecía tiene mala sombra, sin duda, pero no hay que inquietarse: tantos los especialistas en cultura maya como los expertos en el cielo la consideran una patraña. Pronto lo comprobaremos.

La prensa, ávida de noticias, ha prestado mucha atención al augurio, aunque no sólo la prensa. Hollywood ha aprovechado para ampliar su catálogo de películas apocalípticas. Algo similar hemos visto en otros sectores de la industria. “La agenda del fin del mundo” de Blackie Books, por ejemplo, ha tenido ventas millonarias. ¿Cómo pueden prosperar esta clase de cosas hoy? Obviamente, no se trata de fe. Poca gente toma en serio las profecías. Hay que creer que el mundo fue hecho de una vez para pensar que pueda desaparecer de la misma manera. Esto es incompatible con el dogma de un universo en expansión. Distinto es que, por algún motivo psicológico, nos atraigan las premoniciones. Augurios, oráculos y vaticinios son considerados vulgaridades de la superstición popular; en cambio, previsiones y prospectivas, sustentadas en una confianza desorbitada en el poder de la estadística, poseen la respetabilidad de la ciencia. No es extraño, por eso, que se inviertan fortunas en pronósticos que, por desgracia, suelen ser al porvenir lo que la memoria histórica al pasado, un burdo esfuerzo de manipulación, eso sí, lo bastante persuasivo como para que muchos los tenga por hechos indisputables.

La adivinación es algo muy antiguo, pero dudo de que haya gozado nunca del prestigio que tiene en una época como la actual, morbosamente atraída por la posibilidad de que todo lo que se ha profetizado en el pretérito vaya a ocurrir ahora. Cuando la Sibila de Cumas, en la primitiva Roma, ofreció sus libros proféticos a Tarquinio el Soberbio, este despreció la oferta, sin duda porque era un escéptico, y ella los fue quemando a la par que subía al precio. Al final consiguió colocarle tres. El rey debió pensar que tratándose de textos griegos escritos en hoja de palmera no hacía mala inversión. Siglos después los libros, custodiados por diez sacerdotes, habían adquirido la reputación de clarividencia característica de las cosas ocultas. Aunque eran consultados cada vez que Roma se veía en apuros, su información sólo resultaba relevante a las autoridades que hallaban en ellos un pretexto para liberarse de cualquier responsabilidad. Se explica así que cuando se quemaron, en el año 83 a. de C., el Senado mandara rápidamente emisarios a Troya, Eritrea y otras ciudades mánticas en busca de sustitutos. A la postre, y dado que la utilidad de esos libros dependía del talento de sus intérpretes y, sobre todo, de su poder para influir en el derrotero de los acontecimientos, el día que el poder romano abandonó el Capitolio para establecerse en los cuarteles de las legiones, perdieron interés.

Desde hace cuatro años estamos viviendo lo que alguien ha llamado “la venganza de Marx”. Súbitamente hemos descubierto que el verdadero poder no está en la política, sino en una economía que la trasciende. El determinismo que creíamos superado con la instauración de la democracia liberal ha tornado con su fuerza. Este es un terreno ideal para la adivinación. La predicción económica guarda sin embargo menos relación con el pronóstico sibilino que con el augurio. El augur era un sacerdote que descubría la voluntad de los dioses interpretando las señales del cielo. Hoy, en vez del vuelo de las aves o su graznido, se analizan las evoluciones de otros volátiles, la prima de riesgo o “el selectivo”. Explotando la fe en que existe una conexión entre tales sucesos y el destino humano, los augures condicionaban las decisiones de las asambleas y los magistrados. Ni que decir tiene que en su elección participaban los mismos poderes que podían verse afectados por ellos. Igual ocurre hoy.

A pesar de sus esfuerzos por alumbrar el porvenir, los romanos se dieron cuenta un día de que las instituciones con las que forjaron el Imperio ya no contaban nada. La voz del Senado se escuchaba en Roma, pero el poder se había trasladado a las legiones y éstas, acuarteladas a miles de kilómetros y formadas por gentes de todas partes, ni la oían ni creían su obligación hacerlo. Los romanos, que se figuraban los amos del mundo, protestaban porque emperadores y legiones infringían los decretos senatoriales y pisoteaban los viejos derechos costosamente adquiridos, pero gente ruda, criada en la ignorancia de la tradición y la libertad civil, controlaba los resortes del poder, y sus lamentos les sonaban a retórica vacía. ¿Control político?, ¡no me hagas reír, romano!

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