Los Lunes de El Imparcial

Antonio Martínez Sarrión: Farol de Saturno

RESEÑA

Domingo 12 de febrero de 2012
Antonio Martínez Sarrión: Farol de Saturno. Tusquets. Barcelona, 2011. 81 páginas. 10 €

La poesía española refleja muy bien los avatares de formación del país. Quienes conocieron los años serios de la dictadura, vuelven, aun sin pretenderlo, a la infancia dolida de posguerra, el racionamiento y, ya en albores de los años sesenta, la llegada, en masa, del turismo. El sol abría las sombras y el primer despliegue de ladrillo y cemento por las playas españolas. Hasta los emigrantes venían de vacaciones. A partir de 1980, el giro es notable con la reducción escolar de los programas y el incremento de la imagen y del sonido musical sobre la letra impresa. Se aprecia el cambio en la escritura, especialmente en el modo de tener la pluma o, ya en la otra década, el teclado digital. Sin embargo, el fono siempre ha ido de par con el icono y, de vez en cuando, con el concepto. Cuando se imbrican los tres, la palabra adquiere relieve, aristas. Se modula creando niveles de resonancia.

Tal es el caso, creo, de la poesía de Antonio Martínez Sarrión, poeta ya denso de obra -más de una docena de libros- y lectura que oscila, desde los años sesenta, entre un neosurrealismo de traducción, el realismo crítico tamizado por el eco social de la vida inmediata y un verso a tramos entrecortado, pero de ancho aliento melódico. La sintaxis modula un ritmo aparente de fluencia por ondas hiperbólicas, asindéticas o conjugadas, y la semántica contrapone el flujo creando una figura de corte lógico. Procede desde un tema o motivo enunciado, inicia su desarrollo, discurre describiendo, y se trunca con negaciones, adverbios ponderativos, reducciones léxicas –“no… ni”; “nunca… sí”; “tal que”; “pues tampoco”, etc.-, adversativas, o simplemente cambio de oraciones. Y estas punteadas, pues su forma es con frecuencia complemento de otra precedente.

Este ritmo entreverado se conforma como ciertas improvisaciones musicales, de jazz, por ejemplo, que avanzan desde una nota inicial emblemática o transcurren hacia un cierre dictado por la resonancia de la forma misma, en modo de work in progress. Hay incisos que funcionan como contrabajos de aposiciones que hacen de bajos a partir del tema, anécdota o resquicio de vida anunciado. La impersonalización indefinida –“hay”, “un día”, “no es cosa” pronombre “se” más tercera persona verbal- contrasta con la subjetivación de un yo a veces gnómico, catalítico, que se desdobla viéndose en travelín sintáctico o plano corrido.

Esta técnica y música preparan la tensión de la contrafigura emergente de un sentido en el fondo quebrado, irónico, a veces sarcástico, pero con un deje de lirismo interrupto -pervivencia del signo “novísimo”-, intencionado o no, que trasluce una nostalgia latente, encubierta. Incluso un tono de ética poética. Todo un texto se convierte en alegoría con un solo sintagma o verso, dándole la vuelta al significado previamente inducido. Así, por ejemplo, en “Rata”, cuya descripción animal se vuelca, biselada, sobre L’Osservatore Romano; o la existencia milenaria del “Escarabajo”, que se emboza, de repente, sobre las hortalizas manchegas, en hostigamiento sionista contra los palestinos.

Distanciamiento propio del realismo objetivo. Lo dice el propio poeta con intención de epitafio: “mi palabra corría, princesa de la noche, / como un río de chispas / y pudo celebrar y pudo zaherir / con el mismo donaire.” Poesía, finalmente, descreída, de circunstancias, pero fiel a la cita. Otro modo de creencia. El título del libro alude probablemente a la luz que la sabiduría errática precisa, como Cronos, par de Saturno, para seguir devorando “lo volátil transitorio”, como el “Escarabajo”. La ontología que el poeta deshecha se impone al final sin pretenderlo.


Por Antonio Domínguez Rey