Los Lunes de El Imparcial

Ernst Jünger: Pasados los setenta IV. Radiaciones VI. Diarios (1986-1990)

RESEÑA

Domingo 12 de febrero de 2012
Ernst Jünger: Pasados los setenta IV. Radiaciones VI. Diarios (1986-1990). Traducción de Isabel Hernández. Tusquets. Barcelona, 2011. 431 páginas. 24 €



Testigo y representante como pocos del siglo XX, de sus encrucijadas y sus contradicciones, la escritura de diarios ocupó un espacio no menor dentro de la proteica obra del pensador alemán Ernst Jünger (1895-1998). Con la presente entrega, que abarca el periodo comprendido entre 1986 y 1990, son ya siete los volúmenes publicados por Tusquets del dietario de Jünger, figura de vida extraordinariamente longeva y fructífera, marcada –sobre todo– por su participación en dos guerras mundiales, lo que fraguó en él una personalidad intelectual especialmente sensible al análisis psicológico del ser humano sometido a la experiencia extrema de una conflagración bélica.

Sobre la importancia que el propio Jünger concedía a la redacción íntima, cotidiana, del diario como parte trascendental de su valiosa labor memorialística, señalaba en una de sus anotaciones de 1986: “Entre mis buenas obras se cuenta tal vez haber animado a algunos a llevar un diario. Sea como fuere: es una obra de valor personal y de archivo. Al mismo tiempo satisface un impulso: se marca el camino. Puede surgir algo sacral: el hombre está solo consigo mismo”. Los años postreros de la década de los ochenta fueron –por ejemplo– los de su segundo avistamiento del cometa Halley, suceso al que Jünger concede una especial importancia, supersticiosa casi, por haber contemplado asimismo en 1910 su anterior aparición; los de la caída del muro de Berlín y sus connotaciones para un autor (“Jamás dudé de que alguna vez se llegaría a la reunificación, pero sí de que yo la viviera”) forjador en buena medida del espíritu nacionalista alemán; de diversos premios y distinciones y de la gestación de La tijera, uno de sus últimos textos, con el que asegura “…he tratado de esbozar una perspectiva para el próximo siglo”.

“Nadie muere antes de cumplir su tarea”, es una aseveración de este ensayo que el mismo Jünger se siente obligado a precisar dentro de su dietario, en el sentido de la antigua máxima de que el camino es más importante que la meta: “Si rechazo la trascendencia, la meta resulta decisiva, como en el darwinismo del homo sapiens. Si reconozco “el otro lado”, entonces la meta forma parte de nuestro equipaje. Se alcanza en cualquier punto en que la tijera corte el camino, ya sea corto o largo”. Por lo demás, el lector habituado al extenso fresco vital que representan sus Diarios encontrará en este volumen algunos de los elementos jüngerianos más característicos: observaciones históricas y de viaje, disquisiciones etimológicas –es patente su preocupación por el correcto uso lingüístico –, rasgos familiares… Muchos quizá pasen de largo ante los numerosos párrafos consagrados a su afición por la entomología –que compartía con otro brillante escritor, el novelista Nabokov– para detenerse en sus opiniones literarias, o tal vez al revés: es la consecuencia del despliegue de una identidad intelectual en el más amplio sentido del término.

Llama la atención su interés, también, por disciplinas tales como la astrología, la cabalística, los horóscopos, la transcripción de los sueños…, y las drogas, a cuyo estudio dedicó algunas publicaciones. Pero en este aspecto, Jünger es igualmente hijo de su tiempo, del “malestar de la civilización” del que tanto se hablará después de la Gran Guerra, que buscaba en vías alternativas a la ciencia empírica, esotéricas y telúricas, otras posibilidades de conocimiento de la realidad y del ser humano. Testimonio histórico de primera mano, por tanto, de la pasada centuria y de su propia vida son estos pensamientos en embrión… de una mente pasados los setenta, una de las más lúcidas –y controvertidas– de su época.


Por José Miguel G. Soriano