EPPUR SI MUOVE
Martes 14 de febrero de 2012
Recientemente ha habido dos acontecimientos notables en el ámbito de la pintura: el record alcanzado por Los jugadores de cartas, de Paul Cèzanne -la familia real de Qatar lo ha adquirido por la “módica” cantidad de 191 millones de euros, o lo que es lo mismo, casi 32.000 millones de las antiguas pesetas-, y la muerte de Antonio Tapies. Este último hecho llevará aparejadas tres consecuencias que se producen indefectiblemente cada vez que fallece algún artista de renombre: sube la cotización de sus obras, todo el mundo habla bien de él, y le salen amigos hasta de debajo de las piedras.
Pues vaya. De Tapies se ha destacado el “marcado sentido espiritual de su obra, donde el soporte material trasciende su estado para significar un profundo análisis de la condición humana”. ¿Suena bien, verdad? Otra cosa es que se entienda. Particularmente, un aspa garabateada sobre arpillera y un trozo de madera no me inspira demasiado. Pasa lo mismo con el resto de sus “creaciones”. Imagino a los pobres operarios de los distintos museos donde el finado ha expuesto a la hora de colocar sus cuadros. Más de una vez ha pasado en ARCO; “obras” que van a la basura pensando que son eso, basura; otras en las que el autor ha de estar presente para indicar cómo han de situarse, etc. El tema, sin embargo, viene de lejos. Cuando el MOMA de Nueva York adquirió en 1961 Le Bateau, de Matisse, lo colgó al revés, y así estuvo casi dos meses hasta que alguien se dio cuenta. Durante todo ese tiempo, más de 12.000 personas lo contemplaron sin observar nada extraño.
Y eso que Le Bateau es una obra sumamente original, digna del genio que la pintó. En los grandes artistas, esa misma genialidad ha trascendido lo meramente pictórico, imbuyendo el resto de sus trayectorias vitales de una aureola especial. El prior de Santa Maria delle Grazie escribió a Ludovico el Moro para quejarse de la actitud de Leonardo da Vinci y los escasos progresos que hacía en La Ultima Cena. Durante más de un año, esquilmó las bodegas del priorato hasta dar con un vino que tuviera el color óptimo. En ese mismo tiempo, arrambló también con la despensa de los pobres frailes, que veían cómo los modelos del maestro se ponían tibios con los manjares que el propio Leonardo cocinaba, conformándose después con tomar notas mientras los “discípulos” se daban a la gula con fruición. Aún así, nadie negará que el resultado bien mereciera la pena.
Cuentan que, en cierta ocasión, unos alemanes contemplaban el Guernica en presencia de Picasso. A uno de ellos se le ocurrió preguntarle: “¿Esto lo ha hecho usted?”. La respuesta del malagueño debió dejarle de una pieza: “esto lo han hecho ustedes”. No se conocen genialidades semejantes de Tapies, ni creo que vayan a conocerse. Pero ojo, el tipo en cuestión tiene un mérito indudable, cual es el de haber logrado vender obras suyas por un potosí, y hacerse un nombre dentro de la historia del arte. Sin embargo, meterle en el mismo saco que Leonardo, Matisse, Picasso o tantos otros es como equiparar un jamón de Guijuelo con un sobre de chopped de Carrefour.
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