Opinión

Cuando Dickens escribió sobre sus fantasmas

David Felipe Arranz | Miércoles 15 de febrero de 2012
“He procurado en este pequeño libro fantasmal dar vida al espectro de una idea que no debería inquietar a mis lectores consigo mismos, ni entre ellos, ni con la estación, ni conmigo. Que este espectro recorra vuestros hogares con alegría y nadie quiera evitarlo. Vuestro sincero amigo y servidor, Charles Dickens. Diciembre, 1843” (Del “Prefacio” a Canción de Navidad).

Con esta declaración de intenciones, no exenta de ironía, Dickens daba pie a una de las narraciones más memorables que se han escrito jamás sobre la Navidad. Desde la publicación por entregas de los Papeles póstumos del club Pickwick, en abril de 1836, Charles Dickens conquistó al público a través del humorismo y se convirtió muy pronto en un referente literario de fama mundial a la edad de veinticinco años. Después de Shakespeare, el autor de la semiautobiográfica David Copperfield es uno de los escritores ingleses más conocidos y recordados, y sin duda el creador literario por antonomasia de la Navidad por su serie de cuentos A Christmas Carol (1843) –cuya traducción al español es, en realidad, villancico navideño–, The Chimes (1844), The Cricket on the Heart (1845), The Battle of Life (1846) y The Haunted Man (1848), un cálido reproche a la conciencia del hombre.

En la época en que creó los personajes de Mr. Pickwick y su criado Sam Weller ya comenzó a simultanear el desarrollo de varias obras, método que se prestaba al modo de edición, el habitual entre los escritores de la época victoriana: por entregas o seriadas en las revistas, sistema impuesto por la implantación de la prensa a gran escala y el creciente número de lectores de periódicos. No conocemos manera más eficaz de defender la justicia social a través de la literatura que la que desarrolló Charles Dickens, como en su día hicieron Luciano de Samosata, Juvenal, el Arcipreste de Hita, Boccaccio, Cervantes, Francisco de Quevedo, Henry Fielding, Jonathan Swift, Voltaire y Mark Twain.

Dickens se sirvió de la ventaja que le proporcionaba el cauce masivo de la prensa, como en su día hicieron las gacetas a los ilustrados, y su prosa encontró un genial acomodo en esa mixtura de idealismo y realismo, en la convivencia armónica del férreo y abusivo patrón que explota a su escribiente y el alucinante fantasma venido de las nieblas de más allá del Támesis para perturbar a los vivos. El joven escritor forjó sus armas literarias en la mejor de las escuelas, la del periodismo, en cabeceras como el vespertino The True Sun y el liberal The Morning Chronicle, del que fue un avezado cronista parlamentario y para el que envió sus artículos políticos como corresponsal desde distintos lugares de Inglaterra. A la vez fue construyendo sus episodios costumbristas de la serie “Sketches by Boz”, un género social a caballo entre el periodismo y la literatura que en España, al mismo tiempo, vivió su esplendor de pintoresquismo con Mesonero Romanos, Larra y Estébanez Calderón. El éxito fue tal que en 1835, Dickens fue llamado a escribir en el prestigioso The Evening Chronicle, en el que publicó los “Sketches of London”.

Con Oliver Twist y Nicholas Nickleby decidió que sus novelas tendrían un significado y una vocación humanitarios al retratar, respectivamente, la dura vida de un huérfano rodeado de seres pérfidos y la superación vital de un escolar que no recibe la educación adecuada por parte del Estado. De la misma forma, sus cuentos navideños extraídos de las calles y las viviendas del Londres victoriano arrojan una lección ética al contraponer la sombría opulencia de abogados y cambistas con la pobreza alegre de las familias más humildes de la ciudad, que eran la mayoría. Y, de forma audaz, planteaba nada menos que la posibilidad de una redención y regreso a la fraternidad humana, en una utopía en la que la plutocracia ayudaría a los desamparados de la comunidad, tras la espantosa visita de lo sobrenatural bajo la fantasmagórica especie de varios espectros, sin duda lo mejor del formidable relato.

Frente a la tendencia de la época, que producía interminables novelas de más de un millar de páginas, Dickens inventó el villancico literario, con musicalidad y rima interna de verso libre sólo apreciables en el texto original, el tarjetón en forma de relato con sus almas en pena, reales y aparecidos, y sus hombres egoístas e injustos, seis años antes de que la práctica de las tarjetas pintadas con llamativos colores se extendiera por el Reino Unido. De hecho, el escritor exigió a sus editores la producción de un volumen de lujo asequible a todos los bolsillos, pues las familias pedían ejemplares de mejor material para leerlos a sus hijos una y otra vez.

Dickens, el hombre enamorado de su cuñada, Mary Hogarth, el ideal de su vida, su modelo literario a la hora de representar la pureza y la fragilidad de sus creaciones femeninas, cuyo anillo le retiró en el temprano lecho mortuorio y el escritor llevó en su mano hasta el día de su muerte, acaecida el 9 de junio de 1870, nos legó la extraordinaria narración navideña, acaso la más intensa y lograda de todas las que la literatura universal a dado a la luz sobre la Natividad, del usurero Mr. Scrooge y los tres espíritus. Al terminar el cuento, una enorme fatiga se apoderó de Dickens, que emprendió “un viaje de reposo y resurrección” a Francia e Italia. Su contemporáneo Thackeray escribió: “¿Ha existido jamás en el mundo un mejor sermón sobre la caridad que A Christmas Carol? Debería ser considerado un beneficio a la nación. No ose crítico alguno calificarlo con desprecio: los niños actuales no le prestarán oídos”.

Thomas Carlyle, después de leer el cuento, mandó comprar un pavo e invitó a dos amigos a cenar, y muchos lectores escribieron extensas felicitaciones a sus familiares. En 1858, un cincuentenario Dickens vivió su particular renacimiento: se separó de su mujer y se unió a la actriz Ellen L. Ternan, de dieciséis años de edad, con la que mantuvo una apasionada relación durante una década para, tal vez, rememorar aquel amor que sintió por Mary y que nunca se apartó del neoplatonismo más puro. El último año de su vida, tras la lectura pública del fragmento en el que Scrooge rectifica su conducta, Dickens se despidió de este mundo ante un concurrido auditorio con uno de los mayores best seller del siglo.