José Antonio Ruiz | Viernes 17 de febrero de 2012
La palabra de un político besa huevos vale menos que una perra gorda, la falsa moneda de diez céntimos acuñada por el gobierno provisional que acabó por escogorciar España durante el Sexenio Democrático que rigió el incierto destino de la cuadra ibérica desde la Revolución Gloriosa de septiembre de 1868 que destronó a Isabel II hasta el pronunciamiento de diciembre de 1874 del general Arsenio Martínez-Campos que trajo consigo la Restauración borbónica y a este cronista uno de los rincones favoritos para reconciliarse con el otro “yo” leyendo a Shakespeare cara al sol de invierno a la sombra de la estatua ecuestre del baranda que aún hoy sigue montando guardia en el madrileño Parque del Retiro a la espera de una oferta de trabajo en la hípica de Bono, que ha pasado de ser el perejil de todas las salsas a convertirse en el salero ausente en la mesa de cualquier infartado, como si lo hubieran abducido unos extraterrestres y se lo hubieran llevado a su planeta encaramado al anillo de la nave espacial. Punto. Mayormente para tomar aire, sobrevivir a un párrafo de largo como las pesadillas de un muerto, y evitar el ahogamiento pulmonar. A ver si se van a creer los modernos de ARCO que es el único sitio donde se pueden experimentar nuevas formas de expresión.
La palabra de un político come mierda o mismamente la de un sindicalista pijo come gobernadores del Banco de España vale menos que el cero absoluto según la tercera teoría de la termodinámica; menos que el vacío para Newton relleno de ingravidez; menos que el conjunto vacío para un matemático incrédulo que ha perdido la fe en los números primos y sólo cree en la tabla de multiplicar por cero; menos que la nada existencialista de Heidegger, el lumbrera que la cagó bien cagada afiliándose al Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores; menos que la boñiga gigante de un elefante diarreico de la sabana africana ensartada de coleópteros coprófagos; menos que el higo chumbo que alivió el hambre de los niños de la posguerra incivil que consiguieron sobrevivir a Franco pero no a Garzón. En la palabra de un político, en fin, suele haber menos verdad que en la paradoja del mentiroso de Eubulides de Mileto, que como su apellido indica era griego tirando a turco, y que si viviera para contarlo doy por hecho que se pasaba al bando persa.
Hará cosa de cinco años y poco pico, en 2006, Artur Mas hizo el panoli ante un notario firmando un papelorio timbrado que bautizó con el presuntuoso título de “contrato con los catalanes”: un panfleto infame que no había por donde asirlo y que envío a los 5,3 millones de electores a quienes seguidamente pidió el voto, incluido al hoy felizmente jubilado con pensión del mismo oro que cagó el moro, José Montilla.
En el documento, el entonces aspirante a la trona de la Generalitat se comprometía a no firmar o establecer pactos estables o permanentes para gobernar Catalunya ni con los socialistas ni con los populares en el caso de que consiguiera encaramarse al balcón del Palau subido, como el Generalísimo, a una caja de patatas, allí desde donde ahora, en fiestas de guardar, imparte sus bendiciones políticas al jubiloso pueblo de Catalonia congregado en la Plaza de San Jaime.
Quien fuera cabeza de cartel del PP hasta que voló a Vueling, Josep Piqué, adjetivó el desbarre de «patochada». Hoy, la exuberante Alicia Sánchez-Camacho, siempre tan necesitada de una Valeriana para aplacar su verborrea apasionada, ha lucido morritos jagger y sonrisa marfileña mostrando a las cámaras el acuerdo presupuestario y político al que ha llegado con CiU en virtud del cual Rajoy y Mas se comprometen a hacerse la pelota mutuamente a cuenta del “hoy por ti y mañana por mí”, curiosa transacción gracias a la cual el Govern sacará adelante sus cuentas de este año con el apoyo de los Peperos. Por el interés te quiero, Andrés. Digo yo que para estar así, que se besen y si les gusta el sabor del ósculo, que vayan a mayores y se conozcan carnalmente con desafuero antes de que la Cuaresma convierta el deseo en pecado.
Si Arturo, en lugar de haber acudido al señor notario para montar el numerito, hubiera dicho “de este agua no beberé”, hoy habría muerto de sed atendiendo a la palabra dada. Menos mal que a estas alturas tenemos tan calado al personaje, que Mariano comparado con Más es un político de lo más impredecible.
El jefe de la brigada convergente, definitivamente, no es independentista, como temíamos, aunque se tire el moco; pero sabe gestionar el independentismo a su conveniencia con tal grado de pericia, que deberían hacerle una placa con estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood junto a la de Lady Gaga y Matt Groening, el creador de los Simpson.
Quisiera ser una cebra desde que he sabido que tienen la piel a rayas para disuadir a las sanguijuelas.
Ya no se libra del escarnio ni siquiera a La Pasionaria, cuyo busto de bronce anda en paradero desconocido después de apearse de la peana a la que acudían para ahogar sus penas los rojeras nostálgicos de Rivas Vaciamadrid y los borrachos a aliviar su vejiga; allí donde su alcalde comunista de hoz y martillo especula, no con la hipótesis más probable de que Dolores Ibarruri haya sido víctima de un robo, sino de que detrás de la mangancia se escondan facinerosos que han interpretado de manera tan peculiar esa cosa de la memoria histórica.
Por no librarse de la burla no se libra ni el Tío Paco, después de que unos desconocidos hayan pintarrajeado de rosa maricón el último (y yo el primero) el medallón con la efigie del Caudillo que “adorna” con su careto uno de los arcos de la Plaza Mayor de Salamanca, Patrimonio de la Humanidad, que esa sí que es una obra de arte, y no la escultura criogenizada del Generalísimo uniformado dentro de una máquina expendedora de botes de Coca-Cola que la galería barcelonesa ADN expone en la feria de arte contemporáneo. A cualquier cosa le llaman “arte” estos contemporáneos. El título de la perfomance del tal Eugenio Merino, se las trae: Always Franco. Corre entre los galeristas el malicioso rumor de que ya la ha comprado Baltasar para colocarla en el vestíbulo principal de la sede del partido que está por fundar.
Comienzo a pensar que no son fruto del azar muchas de las cosas aparentemente intrascendentes que suceden a diario en este mundo desnortado. Otra historia bien distinta es que nos hayamos vuelto tan repugnantemente pragmáticos como los políticos de tupperware, que somos incapaces de reparar en ellas.
Un día de estos me lo voy a tener que hacer mirar, porque yo de lo que pretendía escribir hoy es de la realidad intangible, y he acabado elucubrando acerca del rey Arturo y de aconteceres terrenales tan míseros como su renuncio notarial.
Comienzo a pensar que eso que los filósofos llaman “fenómenos” para referirse al aspecto de las cosas que son perceptibles por nuestros sentidos, son sólo la punta de un iceberg cuya parte sumergida bien pudiera ser aquello otro que Kant bautizó con el palabro de “noúmeno” para referirse a la realidad suprasensible, que existe con independencia de su plasmación visible, y cuya percepción sólo está al alcance de gente “troná”.
Somos capaces de aprehender todo aquello que responde a una estructura racional y lógica; pero aquello otro que requiere de una intuición metafísica o intelectiva se nos hace cuesta arriba de entender y mucho menos de aceptar. Las emociones intelectivas no son una realidad intangible; lo que no están es al alcance de cualquiera, mismamente del abajo firmante, que tan a menudo abusa de su condición de primate. Otra cosa es que se resigne (que no es el caso) a ser un animal de granja, o a aceptar (que tampoco estoy dispuesto) que las emociones son simples reacciones psicofisiológicas, o que la imaginación en grado superlativo sólo está al alcance de los locos.
¡Qué quieren que les diga! Me quedo con un trío de feministas ucranianas que se han manifestado en Moscú, a veintiún grados bajo cero, con el tetamen al aire, para protestar por la ola de frío y exigir una rebaja en el precio del gas.
Aquí el único listo de verdad es Rafa Nadal, que ajeno a la chorrada de los guiñoles va y se marca un reportaje fotográfico para Sports Illustrated en compañía de Bar Refaeli. Me pasa a mí y tienen que llamar al SAMUR para que una enfermera samaritana me haga el boca a boca a ver si consigue devolverme a la vida una vez muerto de una taquicardia ventricular.
La mirada de mis hijos, que hasta cuando mienten dicen la verdad, vale más que todas las promesas de vida eterna que le pueda hacer a este cronista de vida nada ejemplar toda la distinguida clase política junta. Por eso y por mucho más, comprenderán que hace años que no ejerza el derecho al voto, aunque me cueste la descalificación de quienes presumen de demócratas. En cierto modo voto a mi manera cada vez que me pongo ante un folio en blanco, suelto la pluma y «flipo» como Miguel Montes Neiro al recuperar su libertad después de 35 años en chirona. El día que un político, que todavía está por nacer, me haga una declaración de amor así, le entregaré mi voto y hasta mi corazón si me lo pidiera.
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