Economía

Consumo colaborativo. ¿Un nuevo paradigma económico?

Crónica económica

Viernes 17 de febrero de 2012
Los temas que suscitan los participantes en TED son muy variados, aunque generalmente tienen que ver con las fronteras tecnológicas y sus implicaciones sociales. Un claro ejemplo, el que vamos a traer a esta crónica, es la conferencia que ofreció Rachel Botsman sobre lo que ella llama “Consumo colaborativo”.

No le da poca importancia a este concepto. Es “una fuerza económica y social muy poderosa”, que afectará “no sólo a lo que consumimos, sino también a cómo lo consumimos”. “Está en juego”, sigue, “una dinámica extraordinariamente poderosa que tiene implicaciones comerciales y culturales enormes”.

Pero ¿Qué es ese “consumo colaborativo”? Se trata, explica Rachel Botsman, de un uso creciente facilitado por las redes sociales y por las tecnologías que permiten compartir información en tiempo real. Ella pone como ejemplo que está cansada de ver la serie “24”, que tiene en su casa, pero le gustaría poder ver en cualquier momento la serie “Sex in the City”. Bien, no tiene más que acudir a una de las numerosas redes de intercambio que hay, como Swaptree, y se encuentra con 59.300 bienes que puede intercambiar por su copia de “24”. “Lo que hace”, dice Rachel Botsman, “es resolver el problema económico de la doble coincidencia de deseos en aproximadamente 60 segundos”.

Esto es interesante. ¿Qué problema es ese de la doble coincidencia de deseos? Es el problema del trueque. Si tienes un bien A y necesitas un bien B, puedes acudir a otra persona para intercambiarlo. Pero a lo mejor esa persona necesita A, pero no necesita B, sino C. Es muy difícil, y costoso, dar con una persona con una doble coincidencia opuesta de deseos: Tú cambiarías A por B y la otra persona, B por A. ¿Cómo lo resuelve el mercado? Por medio del intercambio indirecto. Hay un bien, pongamos X, que es deseado de forma general. Por tanto merece la pena vender A por X, de modo que será más fácil intercambiar X por B. Ese medio indirecto de intercambio, cuando se generaliza, se convierte en lo que nosotros llamamos dinero.

Este tipo de instrumentos favorecen el trueque, ciertamente. Porque lo hacen más fácil e inmediato, y con costes muy bajos. Hace los bienes, por tanto, más “líquidos”. La liquidez es la cualidad de los bienes de intercambiarse fácilmente sin gran pérdida de valor. Internet, las redes sociales, la tecnología de comunicación en tiempo real, pueden haber hecho más líquidos ciertos bienes de consumo, pero ciertamente no todos. Botsman pone un ejemplo muy particular y sofisticado: el intercambio de una serie por otra. ¿Cómo haría para cambiar esa serie por una manicura o por un sofá?

Pero ella sigue, y con una idea, de nuevo, muy interesante: “Antes sería raro que yo intercambiase mis cosas con un perfecto extraño del que desconozco su verdadero nombre, y sin que nuestras manos intercambien dinero”. Ahora no lo es tanto porque “la tecnología está permitiendo que se establezca una confianza entre extraños”. Es decir, “vivimos en una aldea global en la que podemos imitar los lazos sociales que antes ocurrían cara a cara, pero en una escala, y de un modo como nunca antes había sido posible”. Todo ello es cierto. Pero no tiene las dimensiones de cambio social que pretende la conferenciante.

Es verdad que Internet, como señala Botsman, acerca a creadores y consumidores, reduciendo los intermediarios. Pero no los elimina, como ella sugiere. Es más, lo que quiere demostrar Botsman, con eficacia, es que internet supone una potenciación de esa mediación.

En un arriesgado ejercicio de síntesis de historia económica, Rachel Botsman dice que gracias a este “consumo colaborativo” volvemos al pasado. Pues hemos transcurrido “de la caza en grupo y la explotación agrícola cooperativa al hiperconsumo y a la erección de vallas”. Es extraño, porque la llamada “revolución agrícola”, previa a la “revolución industrial”, se produjo precisamente por la construcción de vallas, que daban seguridad económica a la explotación agrícola. Y la “vuelta al pasado” que supone la recuperación del trueque es, en verdad, muy limitada. Es cierto, es innegable, que el capitalismo favorece la creación y adopción de tecnologías que facilitan la consecución de nuestros fines, y que en este caso ha hecho más fácil ciertos trueques.

Hay una referencia interesante a la apelación de estas tecnologías a nuestros instintos. “Somos monos, y hemos sido alimentados y criados para compartir y colaborar”. Y es interesante por dos razones. Lo característico del capitalismo, que su propuesta de “consumo colaborativo” quiere transformar en otra cosa, es la colaboración, precisamente. Porque la misma teoría del capital indica que la producción es una transformación hacia el el consumo, y que necesita de bienes de capital complementarios; es decir, en colaboración. Y no sólo entre sí, sino con la colaboración de varios trabajadores. En realidad en una complejísima colaboración de miles, decenas de miles de trabajadores. El trueque se realiza con los bienes ya producidos, no en lugar de ellos, y exige una colaboración, en ese sentido, mucho menor que la de la producción capitalista.

Y es interesante en otro sentido. Y es que recuerda aquélla frase de Adam Smith en La Riqueza de las Naciones, según la cual las personas tienen “una inclinación a intercambiar”, como si el intercambio estuviese impreso en el instinto humano. Rachel Botsman podría haber citado a Adam Smith. Aunque es posible, también, que ni siquiera lo haya leído.

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