Opinión

La sana cultura de la dimisión

Sábado 18 de febrero de 2012
La dimisión del presidente alemán Christian Wulff se ha producido después de que la Fiscalia de Hannover haya solicitado el levantamiento de su inmunidad para que pueda ser investigado por supuestos delitos de tráfico de influencias y cohecho cuando gobernaba Baja Sajonia. Desde que Wulff llegó a la presidencia, hace veinte meses, comenzaron las sospechas de que su actuación en su cargo anterior no fue precisamente impoluta, y ahora la Fiscalia ve indicios suficientes y concretos de delito. A Wulff se le acusa de presuntamente haber aceptado un préstamo muy ventajoso para la construcción de su casa, de recibir regalos y pasar vacaciones gratis, en España y en Italia, y de haber adquirido un vehículo de lujo con cohecho, todo ello de manos de amigos empresarios, que se beneficiaron de contratos públicos.

A estas acusaciones hay que sumar que el señor Wulff intentó frenar que la Prensa destapase el escándalo con una llamada al periódico Bild, haciéndolo además de una manera tan burda como dejar un mensaje intimidatorio en el contestador telefónico del diario, con lo que se le puso más en la picota por atentar contra la libertad de expresión. Antes de su dimisión, el señor Wulff admitió que no se había comportado correctamente, así como el error de la llamada al periódico Bild, pero manteniendo que no había cometido ninguna irregularidad.

Casos como éste solo tienen un camino, que es por el que finalmente ha transitado el señor Wulff, y que en Alemania no es ni mucho menos la primera vez que sucede. El antecesor de Christian Wulff, Horst Köhler, también dimitió, después de realizar unas declaraciones en las ponía en relación la presencia militar alemana en Afganistán con intereses económicos. Y no fue Köhler el primero. Desde que en 1974 se produjo la dimisión del canciller socialdemócrata, Willy Bradt, por el escándalo de espionaje en favor de la República Democrática Alemana de uno de sus colaboradores, Günter Guillaume, son numerosos los políticos que en la reciente historia germana han abandonado su puesto por supuestos delitos. Incluso por asuntos como el que pesó sobre el ministro de Defensa, Karl-Theodor zu Gutenberg, acusado de copiar su tesis doctoral.

El señor Wulff -ante cuya dimisión la canciller Angela Merkel, que le apoyó en su llegada a la Presidencia, ha señalado que “todo el mundo debe tener el mismo tratamiento”- tiene perfecto derecho a la presunción de inocencia y serán los Tribunales quienes deberán dictaminar su culpabilidad o no. Pero otra cosa son las responsabilidades políticas que conllevan la función pública. Christian Wulff únicamente podía y debía dimitir. En Alemania, afortunadamente, como se ha vuelto ahora a poner de manifiesto, la clase política práctica la sana cultura de la dimisión. A diferencia de lo que ocurre en nuestro país, donde no han escaseado precisamente los casos de corrupción, pero sí ha faltado, y mucho, el asumir responsabilidades políticas. La función pública exige, si cabe, mayor ejemplaridad.

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