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Riesgos políticos al jugar con las palabras

Javier Zamora Bonilla
martes 16 de octubre de 2012, 20:19h
Los políticos están jugando con las palabras. Esto es algo que está bien, muy bien, para los literatos, pero no para quienes con ellas construyen realidades jurídicas. En éstos, es necesaria la precisión y conviene que se asesorasen adecuadamente con lingüistas, filósofos e historiadores antes de vapulear la lengua. Además de la estupenda web de la Real Academia Española, donde podemos encontrar en un segundo la definición que buscamos y también consultar dudas, disponemos, por ejemplo, de dos impresionantes tomos del Diccionario político y social coordinado por Javier Fernández Sebastián y Juan Francisco Fuentes, en los que algunos de los mejores historiadores españoles ofrecen una historia conceptual de los siglos XIX y XX.

La palabra que ha saltado a la palestra en estos últimos días es “españolizar”. La usó en el Congreso el ministro Wert para decir que quiere “españolizar” a los alumnos catalanes. No sabemos que entiende exactamente el ministro por “españolizar” –que el RAE define como: 1. Dar carácter español; 2. Dar forma española a un vocablo o expresión de otro idioma; 3. Tomar carácter español o forma española–, aunque estamos casi convencidos de que no quiere volver al modelo de “españolización” que el presidente Mas ha recordado con una referencia al eslogan franquista de una España “una, grande y libre”. El ministro debería haber tenido cuidado y no utilizar un término que hiere sentimientos en Cataluña y en otras partes de España, no sólo entre los nacionalistas, por la visión sesgada que de la historia y de la cultura españolas hizo el franquismo. Pero al mismo tiempo me ha llamado la atención cómo no sólo los nacionalistas catalanes sino también buena parte de la izquierda española ha saltado al escuchar la palabra. Pienso que esta izquierda tiene un problema serio al interpretar la historia de España, porque ha asumido el estereotipo franquista sin haber sabido articular un discurso cívico que integre el componente cultural que toda nación conlleva para la construcción de la comunidad política. Un ejemplo claro es cómo los líderes del PSOE se dejan envolver con banderas catalanas, gallegas o vascas en los mítines mientras se evita a toda consta sacar la bandera española. Y no es que tenga yo interés en volver a la guerra de banderas, ni que me apasionen los símbolos, pero no entiendo por qué gustan unas y no la otra a ciertos dirigentes socialistas.

Ciertamente me parece que, siendo las políticas del ministro criticables por otras muchas cuestiones, aquí se ha exagerado y se han sacado las cosas de quicio. Resulta cuanto menos contradictoria la inquietud mostrada por los catalanistas que desde hace décadas llevan a cabo políticas de “catalanización”, como la inmersión lingüística – contraviniendo incluso sentencias firmes de los tribunales–, enfocadas mayoritariamente a “desespañolizar”, es decir, a interpretar “lo catalán” como algo no sólo diverso sino contrario e incompatible con “lo español”. ¡Que vaya usted a saber qué son estas esencialidades con las que políticos de turno –es lo bueno de los políticos en una democracia: que siempre son de turno y podemos cambiarlos los ciudadanos– se entretienen y juegan para especular con el poder como los financieros especulan con el dinero!

Si el ministro Wert entendiera por “españolizar” que todos los alumnos que cursan sus estudios en España, procedan de donde procedan, terminen su proceso formativo con buenos conocimientos de la lengua española, de la literatura española universal (de este y del otro lado del Atlántico), de la pintura y de otras artes que han tenido egregios representantes españoles o que han realizado su producción en nuestro país, de una historia de España contada sin prejuicios políticos y nacionalistas de uno y otro lado, de la geografía y de los paisajes españoles, y que esto no fuese incompatible con un conocimiento de las lenguas, literaturas, historias, geografías, etc. de las nacionalidades y regiones españolas, no estaría muy en desacuerdo con el señor ministro. Y añadiría que todo esto no es incompatible tampoco con que estos saberes se expliquen en el marco europeo y globalizado en el que convivimos. Añadiría además que el nacionalismo cultural –incluso entendiéndolo en el sentido positivo de conocer la propia historia– no debe nunca fomentarse por encima y contra lo que de verdad nos une en una comunidad política, que es nuestra condición de ciudadanos con derechos y libertades fundamentales reconocidos constitucionalmente.

Si supiéramos qué quiere decir el ministro con “españolizar”, y si lo entendiese en el sentido aquí expuesto, es posible que coincidiera con lo que en Francia llaman “republicanizar”. La palabra se utilizó en la Segunda República española pero ahora, claro, es malsonante para algunos oídos monárquicos aunque que expresa bien el interés por que las nuevas generaciones se eduquen en los valores de la nación cívica sin olvidar los de la nación cultural.

Desde hace tiempo defiendo que en todos los colegios europeos se debería explicar una literatura europea, una historia europea y una geografía europea que fuesen capaces de sobrevolar por los nacionalismos decimonónicos que han hecho tanto daño a la sociedad europea en los dos últimos siglos. Y que esta literatura, esta historia y esta geografía no recurriesen al provincianismo propio de los nacionalismos decimonónicos sino que se enmarcasen dentro de una literatura, una historia y una geografía universales, cuyo conocimiento es cada vez más necesario en el mundo globalizado en el que convivimos.

Otra palabra con la que andan jugando los políticos, en este caso los del PSOE, es “federal”. He insistido varias veces en la necesidad de que los líderes del Partido Socialista aclaren qué quieren decir cuando hablan de que hay que ir hacia una España “federal” y que digan si el término significa lo mismo cuando lo utilizan los dirigentes del PSC. Porque no lo parece. Ya hemos visto que para algunos socialistas catalanistas, los que propusieron el federalismo asimétrico con Maragall, no. Por eso han propuesto formar otro partido que apueste por el soberanismo, es decir, por redefinir el sujeto de la soberanía. El País publicaba ayer una serie de entrevistas con los líderes regionales socialistas en las que se les preguntaba por su concepción de una España “federal”. Algunos, quizá porque no saben o no tienen nada que decir, no participaron, pero la mayoría sí. Las respuestas que dieron son de lo más variopinto y contradictorio, así que seguimos sin saber qué quiere decir Rubalcaba y otros socialistas cuando hablan de una España “federal”, más allá de la consabida y necesaria reforma del Senado.

Javier Zamora Bonilla

Profesor de Historia del Pensamiento Político

JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.

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