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Positivismo en la calle: ¡Peligro!

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
En la calle hoy el término 'positivismo' se usa como sinónimo de 'ser positivo', que no llega a un 'ser optimista' sino algo como 'pensar en positivo'.

Nada se sabe sobre el asfalto de ese positivismo que sirvió de base para argumentar tantas tiranías, porque hoy, sustenta otra tan generalizada que ni se atisba: la falta de categorías para una crítica reflexiva profunda contra el sistema que posibilite que seamos capaces de liberarnos de los lugares comunes y de la razón estratégica que puebla las mentes inconscientes de los viandantes imposibilitando la emancipación

El positivismo es la antifilosofía que a finales del siglo XIX gracias a una fe infinita en la capacidad de progreso de las ciencias de la naturaleza y cegada por los triunfos de las aplicaciones técnicas que deslumbraron a su siglo, creyó poder sustituir la especulación filosófica por un conocimiento de una ciencia que crecería sin parar descubriendo todos los elementos y dinámicas de la naturaleza toda.

Esta actitud llevó a una rechazo total de todo aquello que no fuera 'objetivo', entendiendo por objetivo precisamente el conocimiento de la ciencia propio de la época. Presuponían así que la naturaleza conforma un sistema objetivo estructurado con independencia de los sujetos que conocen y el conocimiento es nada más y nada menos que la descripción fiel de la realidad.

Esto implica que los sujetos nada aportan al conocimiento, nada a la constitución de la realidad; de forma que lo que es, es así sin más y sin posibilidad de cambio. Esta postura aplicada a la psicología y a la política deja a los seres humanos ante una realidad incuestionable, sea natural o social, donde su conocimiento es una mera copia racional de lo que es.

El justificacionismo social y político que se deriva de esta actitud intelectual lleva a un inmovilismo ya que entiende que la naturaleza no cambia y que los sujetos no intervienen en la realidad más que describiéndola. Esta fe en el conocimiento científico elimina todo posible debate y crítica, ya que al negar otras posibilidades niegan también todo cambio promovido por los seres humanos.

Hasta tal punto llega este dogmatismo basado en una noción definitiva de la verdad, que el filósofo alemán Habermas llega a definir este movimiento como la actitud que consiste en “renegar de la reflexión”. Y toda la filosofía posterior ha tratado de combatir esta simplificación que tanto éxito tuvo y que tanta pregnancia en la sociedad tiene, ya que en la calle, 'la ciencia' hoy sigue siendo “aquello definitivo de lo que el no entendido nada, nada se puede discutir” y a la que todos recurren cuando quieren zanjar una discusión.

Y en la calle mientras se habla de los científicos como si fueran semidioses que saben del mundo de forma incuestionable. Cuando políticos y ciudadanos hablan por ejemplo de cambio climático, todos aluden a 'datos científicos' para cerrar la discusión. Y no hay tales datos sin la interpretación de cada uno. Porque el dato puro no existe, es siempre el dato para alguien. Pero en la calle renegamos de la reflexión.

¿Y por qué renegamos de aquello que nos es propio frente al resto de animales y seres vivos? Es quizá la ciencia entendida vulgarmente, desde la calle, una forma de religiosidad que permite frenar el pensamiento y dejar de preguntarse, dejar de discutir y aferrarse a algo. Pero ese algo no es ni siquiera un clavo ardiente, es un mito simplón y vacío de realidad que remite a una versión infantilizada de la ciencia que deriva precisamente del positivismo decimonónico.

¿Tan difícil es vivir sin dioses, sin verdades definitivas? ¿Tan doloroso es ser responsable de uno mismo y de los que nos rodean sin pretender tener la verdad absoluta? Pues debe serlo porque no se renuncia tan fácilmente al absoluto y hoy campa a sus anchas produciendo renegados de su propia humanidad y dogmas que facilitan la manipulación, la dominación y el control de las masas en medio de la absoluta inconsciencia, justificacionismo y confromismo.

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