www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Urnas...Funerarias

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 17 de marzo de 2014, 20:10h
Están de actualidad –de triste actualidad- los referendos de autodeterminación e incluso las declaraciones unilaterales de independencia. Unos referendos celebrados ya, a pesar de su patente ilegalidad (Crimea), otros con fecha prevista y reconocida legalidad (Escocia), otros fracasados ya en dos ocasiones y que no descartan un tercer intento (Québec), otro, el catalán, de imposible celebración por su manifiesta ilegalidad. Añadamos las declaraciones unilaterales de independencia ya celebradas, Kosovo, Abjazia, Osetia del Sur, o la que acaricia la Generalidad de Cataluña, como alternativa al referéndum imposible por ilegal. Todo esto –salvo en el caso de Québec- ocurre en Europa y viene ser una muestra de profunda crisis en un continente que desea unirse de un modo más estrecho, que eso es lo que pretende la UE, mientras comprueba cómo en Estados miembros (Reino Unido, España) o no miembros (Ucrania, Georgia, Moldavia) aparecen tensiones secesionistas que intentan romper fronteras universalmente aceptadas, a veces desde hace muchos siglos.

Se trata de casos muy distintos pero que tienen aspectos comunes que conviene destacar. Casi siempre, detrás de esos proyectos hay unas minorías egoístas, supuestamente patrioteras que no patriotas, que se están preparando para la secesión desde hace mucho tiempo, colonizando las instituciones y la sociedad civil, y que desean tener un rancho propio en el que hacer y deshacer sin tener que dar cuenta a ninguna autoridad “ajena”, ahora bien, sin perder las patentes ventajas que se derivan del hecho actual de formar parte de una entidad superior (Reino Unido, España, Europa). Con toda la caradura del mundo aseguran que no quieren levantar nuevas fronteras y hasta pueden llegar, en el colmo del cinismo, a afirmar que desean mantener los lazos de amistad y hasta de amor que les unen con aquellos de los que desean separarse. Se podrían comparar a esos individuos que desean tener esposa y amante y que no ven nada recriminable en la bigamia, siempre que sean ellos mismos los que marquen las reglas de la bochornosa doble relación. A estas elites no les importa lo más mínimo la suerte y el futuro de los pueblos a los que dicen servir, a los que tienen engañados en el corsé del pensamiento único. ¡Cómo pueden pretender ser buenos catalanes o buenos escoceses los que desean seguir formado parte de España o del Reino Unido! ¿No es evidente que pertenecen a la sucia calaña de los traidores? Su dialéctica no va mucho más allá.

Hay otro rasgo que comparten todos estos separatistas y es su falta de respeto por la Ley que, en línea con el decisionismo de Carl Schmitt –del que aquí nos hemos ocupado en varias ocasiones- supeditan al “derecho a decidir”, aquí y ahora, de cualquier grupo, minoría o mayoría, que eso siempre es cambiante. Como suelen perder en los referendos que organizan (salvo el caso de Crimea donde, como se esperaba, han ganado cómodamente los partidarios de la anexión a Rusia) su ideal sería repetir el referéndum cada poco, a ver si suena la flauta en alguna ocasión.

Hay mucha gente en las alturas del poder mundial que tiene que hacer penitencia porque, en buena parte, han sido sus patentes errores los que nos han llevado a esta situación. Desde el Acta Final de Helsinki (1975) a los numerosos tratados y convenios que se han firmado desde el fin de la Guerra Fría se ha repetido una y otra vez-y se ha firmado por los altos responsables- que las fronteras no debían modificarse, salvo acuerdo pacífico y tomado en buena y debida forma por los países interesados. Y se ha subrayado la importancia del principio de la integridad territorial de los Estados. Pero desde Berlín (y el Vaticano) se propició la independencia de Eslovenia y Croacia; Chequia y Eslovaquia se separaron por acuerdo de los gerifaltes, Klaus y Meciar, sin consultar a las poblaciones que querían seguir unidas, huyendo de un referéndum porque se temía que fuera a favor de mantener la unidad de esos dos Estados.

Estados Unidos y una buena parte de los países de la UE –España tuvo y mantiene el buen sentido de oponerse- aceptaron sin rechistar la declaración unilateral de independencia de Kosovo, que es el territorio más pobre de Europa y que no tiene trazas para convertirse en un Estado viable. Pero con esos padrinos, ¿quién iba a oponerse? El gran argumento fue que Kosovo era un caso excepcional por el genocidio contra los albanokosovares que llevó a cabo el dictador Milosevic, al que respondieron, no menos brutalmente, los terroristas del UCK, ahora en el gobierno de aquel territorio. ¿Para eso sirve el paraguas de las grandes potencias? Como era un caso excepcional, los poderosos pontificaron que no sentaba precedentes. Pero sí los sentó, porque los precedentes se hacen, quiérase o no, como establecieron, ya en el siglo XIX, los juristas alemanes que se refirieron al valor normativo de lo fáctico. Es una vergüenza denominar “caso excepcional” a la patente ruptura de la legalidad, internacional o nacional.

Después de este desgraciado precedente, a Rusia le resultó muy fácil amparar la secesión de las regiones georgianas de Abjazia y Osetia del Sur. También eran para ellos “casos excepcionales”, porque las fronteras de la época soviética –afirmaban- no eran las adecuadas. Exactamente el mismo argumento que han utilizado en Crimea, ocupada por sus tropas para proteger a la mayoría rusoparlante que allí vivía –hasta ahora- pacíficamente y sin problemas. La historia se repite, Hitler invadió Checoslovaquia para “proteger” a los alemanes que allí residían desde hacía siglos (Bohemia formó parte del Sacro Imperio Romano-Germánico), los famosos “sudetes”, una de las causas de la II Guerra Mundial.

El éxito –para los rusos- del referéndum en Crimea puede tener efectos explosivos. Las minorías rusas que habitan en los territorios de Ucrania situados en la orilla izquierda del río Dniéper y lindantes con Rusia, pueden intentar repetir lo sucedido en Crimea y desde Moscú se les anima con inusuales despliegues de tropas en la frontera como diciéndoles: “Animaos, que aquí estamos nosotros”. El Consejo de Seguridad no puede hacer nada, por causa del veto de Rusia. Y Putin le tiene tomadas las medidas a Obama y sabe que no va a pasar nada grave. ¿Protestas? las que hagan falta. ¿Sanciones? las que no tengan efecto bumerán. Es el soft power, que tanto gusta a los progres. El hard power, aunque sea solo en el terreno diplomático- pues nadie piensa en lo militar- produce estremecimientos desde Washington a Bruselas. Pero Putin ya está sintiendo las consecuencias económicas de su aventurerismo, en la cotización del rublo y del bono ruso, en la caída de la Bolsa y las cifras de crecimiento. La macroeconomía va en contra de sus ambiciones imperiales.

De Cataluña ¿qué decir sino que Mas se supera a sí mismo cada día en su particular y ridícula peripecia? Ahora dice que él mismo sacará las urnas el 9 de noviembre, fecha prevista del ilegal referéndum, si no me equivoco. Y ha puesto a los Mossos de Escuadra “en pie de elecciones”. ¿Obligará al Gobierno de la Nación a hacer uso del artículo 155? Al victimismo congénito de estos nacionalistas, con poco cerebro pero sobrados de insensatez, se les puede haber pasado por la cabeza llevar la provocación “a Madrid” hasta esos límites que nadie desea. Si Mas no entra en razón –y hoy por hoy no se percibe ningún atisbo en ese sentido- sus urnas electorales pueden convertirse en las urnas funerarias para depositar y enterrar las cenizas de su descabellado proyecto independentista.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios