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TRIBUNA

Alzheimer: Padres, hijos, cuidadores

sábado 27 de septiembre de 2014, 19:48h
En el día mundial del Alzheimer celebrado esta semana no quisiera que se borrara jamás de mi memoria la imagen de un cuidador especialmente querido y admirado, que no es otro que mi propio padre. A ellos, los familiares y los profesionales, los que les cogen de la mano en casa o en la residencia (que ya es como nuestra segunda casa) les dedico esta columna.

Por sus horas pasadas sentados a su lado sin esperar un agradecimiento ni una conversación, en muchos casos ni siquiera un mínimo gesto; por su paciencia a la hora de realizar los actos más sencillos como vestirse, lavarse, andar o comer; por cantarles canciones que ellos ya no pueden tararear; o por ponerles en el mejor rincón del jardín, delante de las flores, para que sientan las rosas o las margaritas y el calor del sol, cuyo apacible recuerdo debió quedarse dormido en esta especie de siesta interminable y devastadora que es el Alzheimer. Un sigiloso y voraz enemigo que se traga todas las palabras y apaga todas las conexiones, borrando además las caras de los seres queridos, el archivo de toda una vida.

Antes de ser cuidador de su mujer, quien padece esta terrible enfermedad desde hace más de diez años, ahora en su grado más severo, mi padre fue cuidador de su primera esposa, mi madre, que murió de cáncer a los treinta y siete años. Yo era demasiado pequeña para cuidar de ella y a él tampoco tendré el privilegio de cuidarle porque se murió hace justo un año. Tuvo suerte de no sufrir una dolencia prolongada en su propio cuerpo ni de asistir al progresivo deterioro de sus neuronas. Con la mente totalmente lúcida hasta el final, desde su cama de hospital se preguntaba cuándo saldría de allí para ir corriendo a verla a ella ‘es que se va a dar cuenta de que he faltado dos días y se va a enfadar’, decía impaciente... Aunque llevara más de cuatro años sin intercambiar una palabra inteligible con ella, él se aferraba a la idea de que su mujer todavía podía sentir, comprender. Su media sonrisa, sus ojos cansados con las persianas de los párpados cerradas, como en un duermevela, y su mano apretada (¿se trata de un acto reflejo involuntario, o será una muestra de cariño que no puede expresarse de otra forma?), eran su razón de vivir.

Cuando mi padre empeoró y lo trasladaron a la UVI tuvo fuerzas para decirnos que quería morir de la mano de su mujer. El cuidador estaba dejando de ser cuidador y entonces vinimos nosotros, sus hijos, a darle la mano a él, mientras los monitores vitales del hospital empezaban la cuenta atrás. Hubo algo casi infantil en estos últimos días suyos, en esos mimos y esos cuidados y en los pequeños gestos como ponerle crema o lavarle los dientes, como si la vida diera la vuelta al tiempo. O al revés. Con la edad los padres se vuelven hijos, los hijos ejercen de padres. Hay también padres que son madres, enfermeros, maestros. Y madres que desempeñan el papel del padre. Y hermanos que cuidan a hermanos.

Cuando la vida nos pone del revés hay que estar preparado para cambiar de papel y también para aceptar que casi nada dura eternamente, que tanto la salud como las relaciones humanas se desgastan, se erosionan. Solamente el amor grande de los cuidadores, su valiente humanidad y su generosa dedicación perdura y traspasa todas las generaciones en todas las familias, más allá de las casas, las residencias, los hospitales, los cementerios y las ciudades.
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