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CRÍTICA DE CINE

Escobar: Paraíso perdido, el guante de Benicio del Toro

viernes 14 de noviembre de 2014, 09:13h
Escobar: Paraíso perdido, el guante de Benicio del Toro
Interesante ópera prima del italiano Andrea Di Stefano sobre la figura del histórico narco colombiano. Por Laura Crespo
Lo de Benicio del Toro con Escobar: Paraíso perdido es como sacar la lengua a la casi siempre arquetípica industria de Hollywood desde un trono elevado. A estas alturas, no es necesario subrayar lo obvio: Del Toro es un gran actor. Sin embargo, la interpretación que el portorriqueño brinda en el biopic del narcotraficante colombiano Pablo Escobar rezuma un halo de sorna y cierta ironía que no está de más destacar: un latino en la industria cinematográfica estadounidense que logra zafarse de los papeles de camarero, mafioso y traficante para, años después, dar una lección magistral de cómo meterse en la piel de uno de los mayores y más crueles narcos de América Latina.

Con Del Toro, todo en la cinta cobra sentido. En él se personifica el amor y el odio que a partes iguales despertó Escobar en la Colombia de los ochenta y principios de los noventa. Y en él conviven la cotidianidad del hombre y la leyenda del monstruo, como una especie de Vito Corleone en versión colombiana y hardcore. A base de presencia, miradas y un tono de voz inquietantemente neutro, el actor inyecta en el espectador una buena dosis del miedo que el fundador del cártel de Medellín impuso en su día y le pone en medio del conflicto que cruza la película en dos direcciones: la que enfrenta lo autóctono con lo de fuera y la que enfoca la dicotomía ricos/pobres.

Es inevitable que con Escobar: Paraíso perdido venga a la mente el Che de Steven Soderbergh que también inmortalizó Del Toro. Ahora bien, ambos relatos poco tienen que ver en su forma. Mientras el acercamiento a la figura del ideólogo de la revolución cubana fue más estricto con los acontecimientos históricos, evocado a ratos el género documental, la propuesta del debutante Andrea Di Stefano sobre el narco colombiano se sirve de la ficción para componer un retrato del personaje. De este modo, donde allí había secuencias embarradas de detalles que afectaban al ritmo de la narración, aquí hay una película con gancho. No se busca tanto reproducir con fidelidad los acontecimientos biográficos como transmitir la esencia de Escobar.

En su superficie, Escobar: Paraíso perdido es una cinta que invita al entretenimiento: presenta de una manera muy solvente a un personaje fácilmente ‘gustable’ y lo lleva al extremo para que el espectador se sienta perdedor o triunfador con él. Se trata de un joven canadiense que se instala en una playa de un pequeño pueblo colombiano junto a su hermano para abrir un negocio de surf y empieza una relación con la sobrina de un ‘señor de la coca’ en plena carrera política. Sobre esta trama ficticia se exhibe la psicología del Pablo Escobar de carne y hueso y se incorporan episodios reales sobre la vida del narcotraficante, vinculado al asesinato de más de 10.000 personas en una década y que se convirtió en el criminal más buscado del mundo a principios de los 90 hasta su muerte en 1993.

Josh Hutcherson, elevado a ídolo de masas por su participación en la saga Los Juegos del Hambre, encarna de una manera firme y muy creíble hasta en las escenas más tensas a este joven que se ve de pronto luchando en una guerra que no es la suya. Enredado en el convincente populismo de Escobar (“Que todo el mundo coja un poco de platita”, dice ante dos cajas rebosantes de billetes y una masa de ciudadanos de un país que superaba el 50 por ciento de pobres en la época), Nick refleja también la mirada frívola sobre conflictos locales que a menudo viene, condescendiente, desde fuera. Muy recomendable, por cierto, la versión original de la película por el juego de acentos e idiomas entre Del Toro y Hutcherson.

La exuberante colombiana que une ambos mundos es María, interpretada por la actriz española Claudia Traisac y menos dibujada en el guión. Arranca encarnando de una forma muy realista y clarividente el lugar en sociedad de la mujer colombiana en los ochenta, relegada a obras de caridad, con un desconocimiento no cuestionado de los negocios de su entorno y una priorización de la familia. Sin embargo, el giro necesario en su personaje para continuar pegado a la trama no se entiende del todo y, por ello, pierde definición. Cerrando el capítulo del reparto, Carlos Bardem vuelve a demostrar que los papeles de sicario no le van nada mal.

La religión y la política se muestran también en su versión más turbia, interesada y doblemoralista en la película de Di Stefano.

Con algunas escenas que mantienen el suspense de manera ejemplar, Escobar: Paraíso perdido es un notable producto cinematográfico en torno a la figura del histórico narco. Lo mejor, sin duda, la sensación de que a Benicio del Toro le viene el papel como un guante hecho a medida, y eso se disfruta mucho a este lado de la pantalla.
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