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CRÓNICA ECONÓMICA

Abenomics naufraga en un mar de deuda

miércoles 19 de noviembre de 2014, 21:32h
Abenomics naufraga en un mar de deuda
Japón está en estancamiento económico desde comienzos de los años 90. Por J. C. R.
Hay dos tipos de milagro económico. Los que se bautizan antes de producirse, y los que se bautizan después. Los primeros son los que vienen acompañados de medidas de cariz intervencionista, y los segundos son el fruto de medidas de apertura y liberalización. Lo que no se ha producido hasta el momento es un “milagro económico” intervencionista. Japón es sólo el último ejemplo.

Japón está en un prolongado estancamiento económico desde comienzos de los años 90. El último año de crecimiento acelerado fue 2010, con un 4,65 por ciento (datos del Banco Mundial). Pero ese crecimiento fue alto tras un 2009 con un decrecimiento del -5,53 por ciento. El último período de crecimiento acelerado terminó en 1990, cuando se creció un 5,57 por ciento.

Durante todo este tiempo, el país ha apostado por una combinación de Estado de Bienestar, sostenimiento de un complejo industrial en parte insostenible, gracias a la acción dirigida de los bancos, llevando a cabo planes de expansión fiscal uno tras otro, todo ello financiado por una deuda pública abracadabrante, que se puede sostener porque los compradores son los propios japoneses, que lo hacen por motivos extraeconómicos. Han creado, así, un sistema ponzi, que absorbe los ahorros de los japoneses y los deriva al mantenimiento de un sistema improductivo. No han tenido miedo a la hora de echar sobre el sistema económico grandes cantidades de liquidez que en nada han desatascado la economía nipona.

Shinzo Abe quiso sacar a Japón de ese atolladero económico con sus tres “flechas”. Por un lado, políticas de estímulo fiscal más ambiciosas que las anteriores. Por otro, una política monetaria aún más expansiva por parte del Banco de Japón. Y por último, una reforma económica que permitiese a las empresas niponas recuperar su competitividad. Es decir, impulsar a corto plazo la economía con más dinero público y más crédito sin respaldo, y mientras hacer las reformas que permitirían a la industria japonesa volver a exportar como antes, lo que aseguraría el crecimiento a largo plazo.

En realida, lo que ha propuesto y realizado Shinzo Abe es la política económica japonesa de las últimas dos décadas, pero con el pie en el acelerador, pisando a fondo. Los sueldos de muchos empleados comenzaron a subir, algo que favorecía el propio Abe. Tenía la idea de que lo que le faltaba a la economía japonesa era una falta de demanda, y había que elevar los salarios para favorecer el crecimiento. Vemos, por tanto, que el mensaje de Podemos está vigente en aquél gran país.

El Banco de Japón ha comprado 7 billones de yenes de deuda pública al mes, unos 65.000 millones de dólares, una cantidad exhorbitante. En términos relativos de PIB y población, una vez y media más intensa que el QE de los Estados Unidos. El Banco de Japón incluso ha comprado acciones de grandes empresas, y tiene unos 7 billones de yenes en acciones.

Esa política deprimió la cotización del yen un 23 por ciento frente al dólar, e impulsó los precios, que pasaron de tener una tendencia negativa a otra positiva. Pero las bendiciones del abenomics no han llegado. Las exportaciones, que iban a aumentar como consecuencia de esta política, no se han producido. Como explica Peter Schiff, “en septiembre, el país reportó un déficit comercial de 958.000 millones de yenes (9.000 millones de dólares), en el vigesimoséptimo mes de déficit comercial”.

Admás, la inflación se está comiendo las subidas de salarios, por lo que los salarios reales están decreciendo. Además, Abe ha aumentado los impuestos indirectos sobre el consumo (una especie de IVA) del 5 al 8 por ciento, con los planes de llevarlos al 10 por ciento. Los consumidores, como respuesta, han dejado de comprar. Y el PIB se ha hundido.

Pero como no hay realidad que pueda con según qué ideas, los grandes defensores del abenomics siguen defendiéndolo. Y el más identificado con esa defensa, Paul Krugman, incide en ello. Pero ya se puede decir que, una vez más, la apuesta por políticas de demanda ha fracasado estrepitosamente.
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