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CRÍTICA DE CINE

Nunca es demasiado tarde: El muerto al hoyo y el vivo al funeral

viernes 21 de noviembre de 2014, 00:09h
Nunca es demasiado tarde: El muerto al hoyo y el vivo al funeral
Excepcional trabajo del actor británico Eddie Marsan. Por Laura Crespo
Que el cartel con el que llega a España la película británica Nunca es demasiado tarde no despiste: el segundo trabajo del italiano Uberto Pasolini (el productor de la aclamada Full Monty que debutó en 2008 en la dirección con Machan) no es una comedia romántica. Ni siquiera es seguro que pueda calificarse de comedia dramática o meterse en el saco del humor negro. La comedia no se usa en la cinta como tal, sino que actúa más bien como un poso de sensaciones que siembran optimismo en un ambiente aparentemente poco fértil y sin risas de por medio.

Tampoco se puede uno aferrar a la sinopsis comercial como a un texto sagrado. Pasolini quiere contarnos a John May, un trabajador del ayuntamiento de Londres que se dedica a contactar con familiares, amigos o conocidos de personas que han fallecido solas. El anuncio de su despido por recortes le proporciona una embestida lo suficientemente sutil como para desviarlo de su lineal día a día sin grandes aspavientos. La concienzuda composición del personaje desde el guión y el excelente trabajo actoral obligan al público a amar irremediablemente a Mr. May, hasta el punto de que cambiar un té por un chocolate o una manzana por un bollo en el desayuno sea motivo de entusiasmo en la butaca. Y eso es más impresionante que llegar al mismo nivel de empatía a través de un excitante y espectacular viaje físico. Cineasta y actor se reparten el mérito de hacernos completamente partícipes del significado que para el protagonista tienen pequeños detalles, a priori, poco cinemaotgráficos.

Es necesario desprenderse de posibles expectativas erróneas para, ahora sí, disfrutar de una película tierna, que toca algunas teclas clave de la existencia humana de manera sumamente inteligente y lanza, sin saturar, un puñado de dardos reflexivos.

Como dice el jefe del protagonista en la película, los funerales son para los vivos. ¿Son los invitados la razón última de un funeral? ¿De qué sirven las exequias cuando nadie –entendiendo que los muertos no pueden- las escucha? ¿Tiene sentido la preocupación humana por lo que será de nosotros cuando faltemos? ¿Hay siquiera un ‘nosotros’ después de la muerte?

La película dispara, sin apuntar a una respuesta. En algunas secuencias el esquema del montaje, repetitivo de forma intencionada, lastra el ritmo de la cinta. Aún estos momentos menos logrados terminan mereciendo la pena por un desenlace irónicamente dulce y abierto a múltiples enfoques.

El título original de la cinta, Still Life, hace referencia a la técnica artística del bodegón o naturaleza muerta, esas capturas de objetos de aquí y de allá para componer una vida tan armónica como abocada a la artificialidad. Así es la vida del protagonista, ordenada y artificial. Y así son los funerales que May se afana en celebrar a pesar de ser el único invitado a parte del cura y el solitario ataúd, como un collage de ideas sobre el ‘homenajeado’ dispuestas de forma ordenada pero, de nuevo, condenados a la quimera. Además, Pasolini regala algunos planos que juegan con esta idea y dan consistencia a la realización.

El satisfactorio resultado de Nunca es demasiado tarde, que se hizo con cuatro galardones en la última Mostra de Venecia -además de otros reconocimientos internacionales-, sería imposible sin el trabajo de Eddie Marsan. El actor británico (El secreto de Vera Drake; Happy, un cuento sobre la felicidad; War Horse; o la exitosa serie Ray Donovan) brinda una interpretación magistral evitando caer en la excentricidad a la que se hubiera prestado encantado el personaje. Marsan logra contener una personalidad excepcional, naif, incluso evocadora a ratos de la Amelie de Jean-Pierre Jeunet, dentro de un traje gris. También la música de Rachel Portman enfatiza este contraste entre la cáscara cuadriculada de Mr. May y un interior luminoso; entre la muerte, siempre en primer plano en la película, y la esperanza; entre el significado de la vida y el de estar muerto.
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