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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Cuando deje de llover, de Andrew Bowell: esperanza bajo el diluvio

domingo 21 de diciembre de 2014, 08:27h
Imágenes: Javier Naval.
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Imágenes: Javier Naval.

Las Naves del Español continúan ofreciendo propuestas tan arriesgadas como de calidad. En este caso: “Cuando deje de llover”, del autor australiano Andrew Bovell, recientemente estrenada con éxito en Australia, Londres y Nueva York y traída a nuestra escena gracias a la colaboración entre Jorge Muriel, en la producción y traducción, y Julián Fuentes Reta, en la dirección escénica, en un tándem que cosecha fructíferos proyectos teatrales.

Cuando deje de llover, de Andrew Bovell
Director de escena: Julián Fuentes Reta
Traducción: Jorge Muriel
Intérpretes: Jorge Muriel, Pilar Gómez, Consuelo Trujillo, Pepe Ocio, Susi Sánchez, Ángela Villar, Felipe G. Vélez, Ángel Savín y Borja Maestre
Lugar de representación: Naves del Español / Matadero (Madrid)


El inicio de Cuando deje de llover posee un sabor a leyenda urbana, a trasfondo mítico, a augurio mágico contra las leyes conocidas donde todo lo predecible quedará hecho añicos. Entre una multitud que se mueve como el oleaje, protegiéndose inútilmente con sus negros paraguas del diluvio que la azota, repentinamente cae del cielo un pez. Es una señal que nos retrotrae a los milagros bíblicos, a las fábulas ancestrales, a las lluvias de peces de las noticias inauditas o a las novelas de Murakami. Gabriel York recoge este pescado que literalmente le ha llovido del cielo y gracias a él podrá agasajar con un festín al hijo que abandonó de niño y que ahora adulto le busca. Comienza así el drama de una extensa saga familiar que se despliega en un vasto periodo de tiempo desde 1959 hasta 2039, involucrando a cuatro generaciones y que el autor, Andrew Bovell, desenvuelve en un dilatadísimo espacio desde Reino Unido hasta Australia.

Estas proporciones épicas encierran unas solapadas ofensas destructivas en las relaciones paterno-filiales repetidas en la sombra generación tras generación. Los vínculos entre padres y sus descendientes en Cuando deje de llover reproducen la violencia mitológica de Saturno devorando a sus hijos, considerada por Bovell como la esencia última de los lazos entre distintas generaciones. La agresión no es vista como una falta de amor ni como un plan calculado, sino como una maldición atávica. Para no perpetuarla, los padres abandonan a los hijos y su ausencia abre otra herida en la que el desamparo impulsa al vástago a buscar a su progenitor. Y el descubrimiento del feroz agravio oculto reactiva una espiral de sufrimiento donde el deseo de perdón no logra apaciguar otros sentimientos devastadores. Ese legado maldito va envenenando a todos y cada uno de los herederos de la saga, cuyas aspiraciones al amor y la felicidad se verán antes o después despedazadas.

El texto del dramaturgo australiano evita presentarnos el desarrollo de la saga de una forma lineal. Empieza cerca del final, nos muestra después una escena fragmentaria a la mitad de la saga, descubrimos a continuación sucesos que ocurrieron casi al principio, saltando constantemente de un punto a otro, en una auténtica partida de ajedrez con hechos que se van revelando gradualmente en momentos y lugares distantes entre sí, hasta que la partida se completa y da paso a una visión integral y panorámica donde las piezas quedan por completo ensambladas. Esta ruptura de la linealidad permite observar la historia de un modo poliédrico, con perspectivas entrecruzadas de sus múltiples protagonistas -nueve en su totalidad- y una percepción coral de las secuelas que el drama deja como estigma en cada uno de ellos. Creo que una disposición de estas características nos obliga también a los espectadores a situarnos en el punto de vista de cada uno de los personajes, que siempre es parcial y limitado, observando solo un fragmento de los sucesos e ignorando otros acontecimientos claves que los amenazan y desequilibran desde la sombra con aquello que nunca llegarán a conocer.

Un despliegue así exige un director de escena con una especial destreza para ensamblar un mecanismo de relojería tan complejo y Julián Fuentes Reta realiza, en este sentido, un habilísimo juego malabar con cada una de las piezas para acoplarlas en una puesta en escena de gran intensidad. Su experiencia en montajes anteriores, como la acción coral de Los iluminados, de Derek Ahonen, o las polifacéticas perspectivas articuladas en El proyecto Laramie, de Moisés Kauffman, han afinado su capacidad para orquestar un espectáculo donde se entrecruzan tantas historias. Tras esa trayectoria preliminar, hace gala aquí de una madurez y una plenitud impecables para enhebrar con armonía todos los resortes. En ocasiones vemos un movimiento colectivo -como el que da inicio a la obra-, donde el desplazamiento de los actores, el diseño de sonido y las proyecciones crean una acción plástica imborrable para nuestra retina. En otras, los conflictos desarrollados en las esquinas del gran rectángulo del escenario, trazan una intensidad menos visual pero mucho más dramática a través de la devastadora experiencia emocional de los personajes. Un amplio elenco, donde destaca Ángel Savín, Susi Sánchez, Ángela Villar y Felipe G. Vélez, raya siempre a una conmovedora altura en toda la obra.

Con el texto de Andrew Bovell, el director de escena Julián Fuentes Reta arriesga y acierta al instrumentalizar una sinfonía escénica vigorosa y repleta de matices. Los espectadores circundan el escenario central configurando un cuadrilátero con altas gradas que obligan a ver a los personajes de arriba abajo. Quizá disminuidos en un combate en el que llevan las de perder, con frecuencia empapados por esa simbólica lluvia que les humedece y les bautiza. Esa cortina de agua que se desploma sobre ellos evoca la maldición bíblica del diluvio siempre que interpretemos que este encarna las secretas heridas y agresiones que todos se infligen a sí mismos y a sus seres queridos. El agua que los empapa se transforma así en el signo externo de sus lágrimas interiores. No es anecdótico que todos los miembros de cada generación hablen de inundaciones y se relacionen entre sí tomando sopa de pescado, en un giro irónico que Bovell da a su metáfora central.

La tempestad no amaina hasta que llueve desde la bóveda celeste un pez y las leyes inquebrantables que han presidido generación tras generación toda la saga se fracturan. De repente, Gabriel York, que ha perdido las claves de su procedencia, no tiene ningún legado que entregar a su descendiente. La maldición del dios Saturno devorando a sus hijos queda rota: su vástago sale indemne, la tormenta llega a su fin. Sin duda resulta discutible que el legado de una generación a otra presuponga siempre una herida destructiva, pero en cualquier caso Andrew Bovell ha expresado su convicción de un modo brillante. El final esperanzado tiene la misma connotación épica y mitológica que el resto de la pieza. Ese pez que desciende de los cielos como anuncio del fin de una tempestad de siglos, evoca todos esos relatos legendarios que subyacen en Cuando deje de llover. Por ejemplo, el dios Visnú, de la mitología hindú, que se convierte en el pez Matsia para salvar tanto a los humanos como a los restantes seres vivos de la turbulencia de un diluvio universal.

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