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Hansel y Gretel triunfan en Madrid sin los hermanos Grimm

miércoles 21 de enero de 2015, 00:17h

El Teatro Real ha empezado el año con una de esas óperas extrañamente desconocidas en nuestro país, Hansel y Gretel del compositor Engelbert Humperdinck. Un título que, sin embargo, resulta imprescindible en las programaciones operísticas de otros países europeos, especialmente las de Alemania. Quizá el éxito cosechado este martes en Madrid con la inteligente producción de Laurent Pelly, estrenada en el Festival de Glyndebourne el año 2008, sirva para que esta exquisita obra se prodigue más en los escenarios españoles.

Se puede actualizar una obra a nuestro tiempo, acentuar al máximo la crítica social que contiene, remover conciencias y hasta “escandalizar” al respetable, sin perder de vista el norte marcado por el compositor y su libretista. Esta podría ser en pocas palabras la conclusión de la primera velada de ópera de 2015 en el coliseo madrileño, que ha hecho bastante más que convencer al público con una obra que, salvo a los más curiosos, puede que en un principio no atrajera a muchos aficionados. Algo así como lo contrario que solemos escribir en las críticas en relación a esos otros estrenos que, por el motivo que sea, logran crear expectación los días previos. Aún así, es decir, a pesar de no haber visto o escuchado nunca la ópera más exitosa de Humperdinck, quién no conoce, en cambio, uno de los cuentos más famosos de los archiconocidos hermanos Grimm. Con mayor o menor detalle – la memoria, igual que los años, no perdona – todos sabemos de la triste historia, por supuesto con final feliz, de Hansel y Gretel. Aunque quizás precisamente por ello, algunos hayan estado a punto de echarse atrás esta fría noche de enero, tentados con la idea de quedarse a cobijo y no dar otra oportunidad más a la gripe “solo” para ver una ópera basada en un cuento infantil. Es lo malo de ser los “primeros”, porque de cara a las restantes ocho funciones ya se habrá “corrido la voz” de que la ópera Hansel y Gretel bien merece enfrentarse a los helados adoquines de la Plaza de Oriente. Porque, además, no se trata únicamente – que ya sería mucho – de ampliar horizontes operísticos gracias a una brillante partitura de armonías marcadamente expresivas y rica instrumentación de influencias wagnerianas, sino de disfrutar de una inteligente producción en la que todas las piezas encajan: escena, voces y orquesta.

Laurent Pelly, responsable de la escena así como del vestuario, consigue traer a la época actual a Hansel, Gretel y demás personajes de la ópera estrenada en Weimar en 1893 con el mismísimo Richard Strauss al frente. Es cierto, por otra parte, que en la ópera los sentimientos y escenarios más frecuentados son inmortales: los celos siguen siendo los celos, en las guerras solo ha evolucionado el armamento y la pasión sigue llevándonos a límites insospechados. Es evidente, asimismo, que sigue habiendo demasiada pobreza y que hay niños – no solo en África o territorios asolados por sequías y conflictos armados – sin la posibilidad de comer caliente todos los días. Pelly se centra en esta triste realidad para acercarnos a la familia protagonista de la ópera. Un simple embalaje con su correspondiente e indispensable código de barras hace las veces de telón antes de que descubramos, arropados por el primero de los bellísimos preludios orquestales que abren cada uno de los tres actos en los que se divide la obra, la casa fabricada con cartones reciclados, esos que, cuando miramos de verdad, descubrimos en infinidad de soportales o esquinas por los que transitamos a diario. Entre paredes que se derrumban igual que los sueños de los padres, Hansel y Gretel, los hijos, conservan aún la magia inherente a la infancia. Bailan y juegan rodeados de miseria: saben que pincha más el hambre que la picadura de una chinche. Que al estómago hay que entretenerlo.

Por eso Pelly nos los acerca en constante movimiento, el propio de los niños en cualquier época y circunstancia, aunque quienes se metan bajo su piel en esta producción no lo sean en absoluto. La mezzosoprano británica Alice Coote, que días atrás anunciaba que esta sería la última vez que interprete a Hansel después de hacerlo durante 15 años, y la soprano española Sylvia Schwartz, para quien en cambio es su primera Gretel, son realmente dos niños sobre la escena. Con todas las consecuencias. Es decir, sin tregua y, además, sobre una escenografía, a cargo de Barbara de Limburg, de espacios reducidos y en ocasiones visiblemente inestables. Con una interpretación vocal y actoral impecable, Coote y Schwartz logran que solo veamos a Hansel y Gretel, mimetizadas a la perfección, “escondidas” tras lo que se intuyen largas horas de intensos ensayos. Ambas, por supuesto, muy premiadas por el público junto al resto del elenco que ellas encabezan – Bo Skovhus, Diane Montague, Elena Copons, Ruth Rosique -, del que destaca, sin duda, el otro personaje indispensable de la obra y, aunque pueda parecer redundante, de esta producción en concreto: la bruja.

El tenor José Manuel Zapata borda el papel que Pelly también ha actualizado a nuestros días de manera magistral. Porque, ¿quién teme ya a las brujas con tanto pederasta suelto? El temible bosque al que van a parar los niños mientras recogen fresas para la cena, hoy podría ser, por desgracia, cualquier ciudad, aunque Pelly haya preferido seguir en el bosque. Eso sí, uno de tristes árboles esquilmados, que hace tiempo que perdieron sus hojas y su color, sobre un sucio lecho de coloridos desperdicios plásticos. Utilizando los engaños de los que los padres previenen siempre a sus hijos y con el efectivo anzuelo de saciar el hambre con sabrosa comida basura y chucherías, la bruja – que ya no habita en una casita de mazapán, sino en un supermercado de esos en los que entramos casi sin pensar todos los días – va a lo que va. A alimentar su perversidad con los seres más vulnerables. Y lo cierto es que resulta todo un acierto la forma en la que esta producción acaba con el mito de la perversa bruja que viaja sobre una escoba, ofreciéndole de paso a José Manuel Zapata la oportunidad de ser él quien nos enseñe lo que esconde cualquier “ogro” cuando se desprende de su rosada peluca y su satinado traje chaqueta: simple y llanamente, un asesino en serie. Su interpretación, ataviado con una mugrienta bata manchada de sangre, aunque desprenda comicidad, resulta a la vez aterradora. Porque también, igual que los celos, la pasión, las guerras y el hambre, la maldad sigue estando muy vigente.

Paul Daniel, al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real, ha sido desde el inicio el otro gran triunfador de la noche. A este versátil director sinfónico y operístico, así como a los músicos, ha ido dirigida buena parte de los más entusiastas aplausos de una noche que puede suponer que a Hansel y Gretel ya no los conozcamos sobre todo a través del famoso cuento de los hermanos Grimm. También gracias a la ópera de Humperdinck, que podrá verse en el coliseo madrileño hasta el próximo 7 de febrero.

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