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CRÍTICA DE CINE

La conspiración del silencio, el porqué de la memoria histórica

viernes 23 de enero de 2015, 00:26h
La conspiración del silencio, el porqué de la memoria histórica
Una mirada limpia e inteligente sobre la Alemania post-nazismo, tentada del "borrón y cuenta nueva".
Setenta años después, el Holocausto sigue siendo una de las mayores vergüenzas de la historia de la Humanidad. Quizás una de las caras más terribles de aquel despropósito es la de comprender que el Partido Nazi de Hitler construyó la mayor maquinaria del terror del siglo XX con el beneplácito, o al menos el apartar la mirada, de la sociedad alemana de la época. Toda una sociedad, todo un pueblo, fue cómplice de una u otra forma del horror. Y aunque la Alemania de hoy bien podría ser ejemplo de redención, de mostrar la barbarie hacia adentro y hacia fuera como vía de renacimiento y saldo de una dolorosa deuda, no siempre fue así. Coincidiendo con el 70 aniversario, el próximo 27 de enero, de la liberación del campo de concentración de Auschwitz, este viernes llega a las salas españolas La conspiración del silencio, que recrea la actividad del equipo de fiscales de Frankfurt que desembocó en los conocidos como juicios de Auschwitz (1963-1965), el primer proceso judicial contra mandos de las SS desarrollado por la propia justicia alemana. Mientras que Nuremberg pasó a la historia, la gestación de los juicios de Auschwitz es un episodio mucho menos conocido que ahora el cineasta italiano afincado en Alemania Giulio Ricciarelli lleva a la gran pantalla en forma de thriller con un guion inteligente, un buen trabajo actoral y un pulso adecuado para acaparar el interés del espectador sin renunciar a la fidelidad histórica.

El actor Alexander Fehling (Malditos Bastardos) interpreta con solvencia al joven fiscal Johann Radmann, personaje que lleva a cabo en la ficción el trabajo que hicieron en la vida real los tres fiscales juniors Joachim Kügler, Georg Friedrich Vogel y Gerhard Wiese. Junto al periodista Thomas Gnielka (André Szymanski), que impulsó el caso, y al fiscal general Fritz Bauer (un gran Gert Voss), superviviente del Holocausto que lideró la investigación, el equipo de fiscales enfrentó a la sociedad alemana de finales de los cincuenta con su pasado reciente. El impulso del director para rodar La conspiración del silencio fue conocer un hecho escalofriante e increíble desde la percepción actual: la mayoría de los jóvenes de esa Alemania de mitad de siglo, esos que eran niños o preadolescentes cuando terminó la guerra, no sabían qué era Auschwitz. Mientras algunos de los altos mandos de las SS fueron juzgados en Nuremberg, la gran masa del funcionariado del partido nazi siguió su camino en la nueva República Federal Alemana. Algunos cargos intermedios y rasos con mayor o menor grado de implicación en las atrocidades cometidas en los campos de concentración se convirtieron en los cincuenta en profesores, panaderos, dentistas o empresarios, y la sociedad prefirió no hacer demasiadas preguntas.

Ricciarelli presenta, a través de los personajes y algunas tenues subtramas, un buen puñado de reflexiones acerca de cómo recomponer un país en el que muy pocos podían desvincularse por completo del Partido Nazi; de cómo el relevo generacional de esos que, por edad, sí que estaban libres de toda participación se tentó del “borrón y cuenta nueva”; de la dificultad del equilibrio entre las ganas de seguir adelante y el deber moral de mirar a la cara a los terribles y vergonzantes fantasmas del pasado más reciente. La conspiración del silencio también habla de la corrupción en las altas esferas, de los intereses por mantener ocultas ciertas responsabilidades. Sin embargo, lo más interesante de la película es la conspiración no pactada, sobreentendida, del conjunto social, esa que llevaba a los jóvenes a no preguntarse por el trabajo de sus padres durante la guerra, la que ignoraba a las víctimas y se escudaba en el viejo pretexto de que la historia la escriben los ganadores. Y lo mejor de la propuesta es que tampoco juega al maniqueísmo sino que, desde una clara apuesta por la responsabilidad histórica, no se olvida de la escala de grises.

Más allá del interesante capítulo histórico, La conspiración del silencio es un drama legal en el que la atmósfera, la realización y el atrezo transmiten la complejidad y amplitud de procesos judiciales de tal magnitud. En la Alemania de finales de los cincuenta, todos los alemanes eran sospechosos y la cantidad de archivos, carpetas, direcciones y nombres trasladan la asfixia, la sensación de impotencia que invade al protagonista ante la inmensidad de la investigación, que se saldó con 24 personas juzgadas de las que 22 fueron condenadas. Lo verdaderamente necesario, independientemente del número de procesados, era visibilizar a las víctimas, ponerles voz y rostro.

En este sentido, es destacable el ejercicio de contención del realizador, también coguionista de la cinta junto a Elisabeth Bartel. Las atrocidades que cometieron los nazis en los campos de concentración son de sobra conocidas y, aunque conviene no olvidarlas, poco aporta ya recrearse en ellas. Y sobre todo no es el objetivo de la cinta. Ricciarelli deja la cámara detrás de las puertas en más de una ocasión, recurre a efectivos montajes de primeros planos con música que transmiten con tremenda dureza la sensación de abismo de aquellos primeros oídos alemanes que escucharon los testimonios de las víctimas y se reserva algunos detalles más explícitos para ocasiones contadas, necesarias para el devenir dramático de la historia. El resultado es una cruda elegancia que refuerza el sentido último del filme, que sigue vigente en la Alemania actual y probablemente lo hará en la futura: avanzar sin olvidar.

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