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Occidente: jugando con fuego

miércoles 04 de febrero de 2015, 22:10h
Corría el año 1948 cuando un diputado conservador, David Eccles, pronunció en la Cámara de los Comunes un discurso despertador de conciencias. El orador, posteriormente ministro británico desde 1951 a 1962, declaró que Europa necesitaba dos cosas fundamentales para su reconstrucción y seguridad: ayuda norteamericana y una fe profunda en su destino. El primer factor podía considerarse ya, por entonces, una realidad, pero el diputado expresó sus dudas acerca de la fe de Occidente en su civilización. Justificó estas dudas por el hecho de que la izquierda europea daba constantes muestras de una mentalidad diferente y de no estar segura con harta frecuencia de que la libertad personal merezca la pena alcanzarse a un alto e inevitable precio. Eccles pronunció estas palabras cuando el viejo Continente se preparaba para la guerra fría. Un escenario erizado de alambradas, patrullas fronterizas, bloques hostiles y hasta de un telón de acero. El comunismo era, pues, vecino y enemigo de aquél espacio europeo que no creía en sí mismo.

Transcurridos más de sesenta años, desapareció la guerra fría, fue derribado el comunismo soviético, pero Europa parece estar peor que entonces. Continúa sin una fe profunda en su civilización. Son muchos los europeos que permanecen anclados en su anacrónica mentalidad diferente como diría Eccles. Síntoma de la anemia moral que padecen, dicha mentalidad se manifiesta en una actitud timorata, un silencio de mansedumbre propio del que mira hacia otro lado para evitar los graves problemas de su entorno. Ciudadanos anestesiados por una cultura fuertemente impregnada de relativismo. Esa ideología del todo vale o del como sea que carece de ideas sólidas y nítidas sobre la tolerancia o la dignidad y que dinamita los principios y valores, no ya cristianos en un territorio que fue Cristiandad, sino simplemente éticos. Esa tiranía relativista al impedir la discusión sobre lo principal centrándose en lo accesorio para no herir sensibilidades y desactivar sentimientos y pensamientos, provoca como secuela la justificación de lo injustificable. Otra vez la vieja progresía con su manida denuncia del imperialismo capitalista depredador, con esa desgastada acusación de que el Occidente rico es culpable, con la coartada, cuando no apología, del terrorismo por el agravio de la pobreza.

Cierto es que Europa, asentada sobre el principio de la dignidad humana, ha sobrevivido a dos tremendas guerras mundiales y a la diabólica tiranía del socialismo real. Pero el diagnóstico del mal europeo no puede ser más desolador: traición a sus convicciones y apaciguamiento. Descomposición, en suma. Por ello ante los actuales enemigos de la paz como el terrorismo islámico y el populismo, ambos totalitarios y siempre dispuestos a inflamar el mundo, Europa como estilo de vida, cuna de nuestra cultura común y depósito de valores indisolublemente unidos a una concepción libre de la existencia, debe arrumbar el pensamiento débil, deshacerse de temores y complejos y proporcionar al género humano los grandes remedios: democracia, libertad y prosperidad. O rehacemos la idea de Occidente, garantizando un mundo libre sobre la dignidad humana, o sucumbiremos ante la violencia de la sinrazón. Nos jugamos mucho y estamos jugando con fuego.
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