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CRÍTICA DE CINE

Foxcatcher: Deporte y patriotismo, cara B

viernes 06 de febrero de 2015, 00:35h
Foxcatcher: Deporte y patriotismo, cara B
La nueva película de Bennet Miller llega a las salas este viernes con un guión muy trabajado, una realización pausada a modo de deliciosa tortura y unas interpretaciones del trío protagonista (Steve Carell, Channing Tatum y Mark Ruffalo) sobresalientes.
Hay dos formas de contar en cine, por ejemplo, la llegada de un coche a la puerta de una casa. En la primera, el coche aparece al principio del sendero que lleva a la casa, se le sigue con un travelling de cámara en los primeros metros y en el siguiente plano ya está aparcado en su destino. Simple y eficaz. En la segunda, una cámara fija muestra al coche acercarse; luego un poco más; maniobra; la cámara sigue en la misma posición; continúa acercándose, y así hasta que muestra la acción completa, casi en tiempo real. Es esa segunda fórmula robusta y contundente la que emplea Bennett Miller en su último trabajo Foxcatcher, que llega este viernes a las salas españolas con una carta de presentación que incluye cinco nominaciones a los Oscar, incluyendo la del propio Miller como mejor director.

Bennet Miller sigue por la senda de las biografías cinematográficas. Fue la del periodista Truman Capote la que le consagró como director en 2005 tras su debut con el documental The Cruise. Con la aclamada Moneyball (2011), basada en la historia del gerente general del equipo Atlético de Oakland Billy Beane, siguió sumando. Ahora lleva a la gran pantalla las luces y las sombreas de la relación entre los hermanos Mark y Dave Schultz, medallistas olímpicos de lucha libre en los ochenta, y el multimillonario John du Pont, que creó y apadrinó un campo de entrenamiento de alto nivel en esta disciplina.

La cámara del cineasta no tiene ninguna prisa por meter al espectador en harina y se dedica durante buena parte del metraje a presenciar diálogos cargados de silencios y de miradas sostenidas y pesadas escenas de lucha con coreografías hipnotizantes y, a veces, sensaciones confusas. Superados los primeros 45 minutos, en los que la parsimonia a la que avanzan los acontecimientos amenaza con la desconexión del espectador, la película atrapa irremediablemente. Y no porque la trama se acelere en un torbellino de acción, sino porque empiezan a despuntar dos elementos con los que esa lentitud que antes pesaba muta en una especie de tortura deliciosa. Foxcatcher inyecta al patio de butacas una dosis de masoquismo.

El primero de esos factores es la contención de la trama. Cuando se empieza a vislumbrar qué es lo que se cuece en Foxcatcher (así se llama la granja de Du Pont), la realización de Miller se torna mordaz. Se detiene en largas secuencias de entrenamientos o conversaciones aparentemente banales, pero no responde a las preguntas del espectador. Y aun así, hay una constante intuición de algo oscuro, turbio y perturbador que vuela en la imaginación del espectador con mucha más contundencia de la que jamás conseguiría proyectado en pantalla.

Esa especie de insinuación perpetua se traslada a los tres personajes principales, con una opacidad milimétricamente medida que manda el mensaje de que todos esconden algo y que es posible gracias al segundo de los factores que hacen de Foxcatcher una película adictiva a pesar de su ritmo poco amigable: el trabajo actoral.

Ya se habla de este papel como el un punto de inflexión en la carrera de Steve Carell tras personajes como el tío con tendencias suicidas de Pequeña Miss Sunshine o, sobre todo, el protagonista de The Office, no poco complejos pero sí más divertidos y asequibles para el público. El John du Pont que compone en Foxcatcher y que le ha valido la nominación al Oscar genera repulsión, rechazo, odio y ese patetismo que los poderosos son capaces de convertir en dolor ajeno. El personaje de Carell es la cara de la hipocresía. Un estadounidense de bien, adinerado, que se mueve en círculos del poder. De puertas para afuera es todo filantropía, educación, refinamiento y patriotismo. Hacia dentro es un ser despreciable, manipulador, caprichoso y con una serie de complejos y traumas enquistados que salen al exterior con las más diversas y terribles manifestaciones.

Si Carell ya venía con los deberes hechos de otras películas (en otros registros más ligeros, pero ya había demostrado su capacidad dramática), Channing Tatum, el influenciable y acomplejado Mark Schultz, tiene que agradecer una y mil veces a Miller esta oportunidad. Es la confirmación de que la vis cinematográfica de Tatum va mucho más allá de su prominente físico. Resulta paradójico, al tratarse de una película de lucha libre, pero lo cierto es que el actor americano ha mostrado de una manera explosiva sus grises ahondando en las complejidades de un ser de naturaleza más bien simple, que gestiona una primitiva inteligencia emocional dándose cabezazos contra la pared. Dice el personaje de Carell en la película que su pasión por la lucha libre es equiparable al odio que siente hacia el deporte que practicaba y en el que ejercía de mecenas su madre, la hípica. “Los caballos solo comen y cagan”, argumenta. Poco más hace el personaje de Tatum, manejado por Du Pont Dupont y por su hermano, que con peores o mejores intenciones le anulan en todo momento su capacidad de decisión hasta que se olvida de cómo se usaba.

¿Y qué decir de Mark Ruffalo? Él está genial en cualquier cosa que haga, aunque en sus últimas apariciones cinematográficas como Hulk no sea tan evidente. En Foxcatcher, como el perfecto hermano mayor del protagonista, hace magia. Cada vez que el personaje Dave Schultz aparece en plano, algo cambia. De pocas palabras, suma puntos a cada escena con su gestualidad y, con una naturalidad pasmosa, es capaz de emitir dudas por encima de su aparentemente modélica actitud.

Foxcatcher es un ejemplo de cine maduro que, a base de un guión (también nominado, por cierto) muy trabajado, una dirección valiente y unas interpretaciones maestras, componen un retrato siniestro y turbio de la América gris, tan podrida como preocupada por las apariencias.
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