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CRÍTICA DE CINE

Red Army, el deporte como arma política

Laura Crespo
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lauracrespoelimparciales/12/5/12/24
viernes 13 de febrero de 2015, 12:17h
Este viernes se estrena el segundo largo del director americano Gabe Polski, Red Army, una crónica sobre el ascenso y la caída del equipo soviético de hockey hielo conocido como Ejército Rojo como metáfora de la historia de la propia Unión Soviética.
La imbatible formación del 'Ejército Rojo' conocida como 'The Russian Five' y capitaneada por Viacheslav Fetisov (arriba a la derecha)
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La imbatible formación del 'Ejército Rojo' conocida como 'The Russian Five' y capitaneada por Viacheslav Fetisov (arriba a la derecha)
Como muñecas rusas. Se puede disfrutar de sus colores desde la superficie para descubrir después las sorpresas de su interior, una dentro de otra, y de otra. El cineasta americano Gabe Polski estrena este viernes en las salas de nuestro país el documental Red Army, una crónica sobre el ascenso y la caída del equipo soviético de hockey hielo conocido como Ejército Rojo como metáfora de la historia de la propia Unión Soviética. Con una realización deliciosa, fresca, divertida a ratos, Red Army engancha en el primer plano para después invitar a una lectura incisiva sobre la dimensión política del deporte, no sólo en regímenes totalitarios como la antigua URSS, sino en cualquier democracia actual.

Nacido en Estados Unidos de emigrantes rusos y jugador de hockey en la universidad de Yale, Polski buceó en los archivos de la antigua patria de sus padres hipnotizado por unas imágenes de entrenamientos del ‘Ejército rojo’ encontradas por casualidad. Así nació Red Army, que se vale de imágenes de archivo y entrevistas a los protagonistas de aquel invencible equipo que se convirtió en una demostración de fuerza de la URSS en plena Guerra Fría. De entre los jugadores de distintas etapas del club, periodistas, entrenadores y “cuidadores” (miembros de la KGB se convertían en parte indiscutible del equipo en sus viajes), Polski se centra en la mirada de Viacheslav Fetisov, jugador del ‘Ejército rojo’ durante más de una década y capitán de la selección soviética de hockey hielo, con la que consiguió dos medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Invierno. El defensa fue primero ensalzado por el gobierno soviético como un héroe nacional, representante de los valores del socialismo de la URSS, para convertirlo después, a medida que su apego al régimen se agrietaba, en el enemigo público número uno.

Cuenta el propio Polski en una entrevista que a medida que avanzaba el proyecto, la historia de Fetisov se extendía por el metraje casi de forma natural y aportaba a la cinta mayor peso y contundencia. Terminó convertido en protagonista, siendo el resto de entrevistas apoyos o contrapuntos a su relato y haciendo de Red Army el genial producto cinematográfico que ha terminado siendo. La película aporta una serie de sugerentes y atractivas realidades, como las sensaciones de una docena de hombres que salían por primera vez al mundo occidental y conocían el aspecto de un país capitalista, la dureza de los entrenamientos de un equipo que fue embajador de la URSS en el hostil mundo extranjero, o la alienación de sus representantes (“éramos todos iguales”, repite una y otra vez otro de los protagonistas del documental, ex jugador del club moscovita). Pero es, sin duda, el carisma y la presencia de Fetisov el que hace de Red Army una cinta redonda, su actitud recta con un punto ambiguo, incluso desagradable, que deja un poso agridulce en el espectador.

Además, la realización de Polski es un soplo de aire fresco en el género. El cineasta explota el carácter del protagonista y convierte su relación con él durante las entrevistas (recordemos que el director es americano de padres soviéticos) en un elemento sutil pero fundamental de la cinta. La película adopta a ratos un cariz de improvisación que imprime ritmo al conjunto, los planos y movimientos de cámara están llenos de significado y la música anima al espectador a seguir dentro del relato. Un trabajo muy cuidado de Polski que ha arrancado los aplausos en festivales internacionales de cine como Cannes, Toronto o Nueva York.

Es evidente el paralelismo entre el devenir del ‘Ejército Rojo’ y el de la propia URSS: el ascenso ante los incrédulos ojos del mundo occidental (como ocurrió también con la carrera espacial), la decadencia combatida con sudor y sangre y la adaptación, nada fácil, a los cambios derivados de la apertura y posterior fin. Pero hay otras dos lecturas interesantes en Red Army. La primera tiene que ver con el uso político del deporte, no circunscrito al pasado o a regímenes dictatoriales (la película trae a la memoria los rumores de fuga de varios componentes del equipo de Corea del Norte durante el Mundial de fútbol de Sudáfrica en 2010). El propio Estados Unidos convirtió la pista de hielo en el escenario bélico físico que le faltaba a la Guerra Fría, y los triunfos de los equipos norteamericanos sobre el ‘Ejército rojo’ se celebraron como batallas ganadas. Ahora, entrado ya el siglo XXI, el componente pasional e irracional del deporte se sigue explotando desde el ámbito político como vehículo de movilización de masas. El deporte como mecha perfecta para prender el patriotismo en todas sus versiones.

En este punto aflora otra de las fortalezas de la película. Es interesante la visión que Red Army, a través de Viacheslav Fetisov (el desenlace su historia, mejor verlo por uno mismo), propone sobre ‘el después’. Cuando la URSS se extingue y da lugar a Rusia y a otros 13 países independientes, ¿a dónde va ese patriotismo concienzudamente sembrado y, en la mayoría de los casos, herido? La imagen del patriota cambia según el país por el que profese su amor y Red Army se cuestiona si también hay otra forma de verlo.

En su segundo largo como director (después de la bien acogida The Motel Life), Gabe Polski acierta de lleno con una película documental que revisita un multianalizado momento histórico desde una perspectiva nueva e interesante, engancha al espectador con un montaje fresco, rítmico y efectivo y cumple uno de los objetivos primarios del cine: contar algo que interese en sí mismo pero sea al tiempo motor de una pregunta sobre el aquí y el ahora.
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