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CONVOCADA UNA MANIFESTACIÓN ESTE DOMINGO

Crónica de América: Pugna entre el kirchnerismo y el poder judicial

sábado 28 de febrero de 2015, 15:17h
El pulso entablado entre el poder judicial argentino y el entramado político kirchnerista continúa apuntando a un desenmascaramiento ante los tribunales de la fuerza liderada por Cristina Fernández, a pesar de que el juez federal Daniel Rafecas haya desestimado la denuncia formulada por el fiscal Alberto Nisman, y ejecutada por Gerardo Pollicita, contra la presidencia por el supuesto encubrimiento de Irán, tras el brutal atentado contra el centro judío AMIA en Buenos Aires. El fiscal federal Gerardo Pollicita podrá apelar la decisión del juez Rafecas, pero resulta muy previsible que una apelación de esta índole no prospere.
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Sin embargo, el juicio contra el vicepresidente Amado Boudou ha avanzado inexorablemente, del mismo modo que la causa abierta por el juez Claudio Bonadio para esclarecer operaciones de lavado de dinero de los Kirchner cobra cada día mayor consistencia. El conflicto abierto, a su vez, con la judicatura argentina y las maniobras para asegurarse el rechazo de la denuncia contra Cristina Fernández por el caso Nisman, han causado un seísmo político en la Casa Rosada con la rápida remodelación del Gobierno argentino y la defenestración del jefe de Gabinete Jorge Capitanich. Una reacción que presumiblemente tendrá su continuidad y culminará con las movilizaciones orquestadas desde la cúpula del poder para el próximo domingo, con el punto de mira dirigido a presionar o intimidar las actuaciones del poder judicial que estrechan el cerco al kirchnerismo.

Esa coacción pública se ha exacerbado hasta extremos inauditos no solo como consecuencia de la denuncia del fiscal Gerardo Pollicita, sino aún más a raíz de la masiva manifestación del pasado dieciocho de febrero en protesta por la sospechosa muerte del fiscal Nisman y en homenaje a su figura, bautizada como la “Marcha del silencio”. En los prolegómenos de esa multitudinaria concentración, Cristina Fernández ya marcó la pauta al jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, y al secretario de la presidencia, Aníbal Fernández, que se debía seguir para doblegar a la justicia. Siguiendo el recetario populista de Kirchner, se trataba de arremeter contra la justicia como si fuera un instrumento de poderes económicos internacionales que, en connivencia con traidores nacionales, se proponía derribar a un Gobierno que defiende los derechos populares. Por muy delirante que parezca un planteamiento tan tosco y obviamente manipulador, los populismos han contrastado con la experiencia que es una retórica bien recibida en amplias capas de la población. Un discurso calculadamente paranoico para desacreditar cualquier crítica política y acorazarse frente a las actuaciones judiciales, bajo la convicción de que jamás habrán de rendir cuentas ante ningún tribunal.

Conforme a esta directriz -seña de identidad no solo del kirchnerismo argentino sino de cualquier otro movimiento populista sea donde sea el lugar en que se instale-, el jefe de Gobierno Jorge Capitanich comenzó por romper ante las cámaras de televisión un periódico crítico con la gestión calificándolo como “basura”, y alertó que formaba parte de un imaginario golpe de Estado. La analogía, con idéntica coartada, con los delirios golpistas de Nicolás Maduro es tan obvia que evidencia rasgos en el estilo de gobierno comunes.

Más explícito aún fue el secretario general de la presidencia, Aníbal Fernández, que arremetió contra los jueces y fiscales argentinos considerándolos como unos “desestabilizadores”. Las amenazas fueron muy contundentes cuando les advirtió de lo que ocurriría si siguen presionando al Gobierno: “Ni lo sueñen, no saben dónde se meterían.” La conminación concluyó con un siniestro aviso: “Que no se les ocurra hacer ningún gesto que pretenda desestabilizar al Gobierno porque las situaciones van a ser muy malas.”

Aníbal Fernández se negó a responder a los periodistas que le preguntaron a qué se refería en concreto al decir “dónde se meterían” y qué eran para él “situaciones muy malas”. Pero a nadie se le escapa el propósito de hacer recaer las instrucciones sobre los fiscales, al mismo tiempo que se proyecta una auténtica purga en la Fiscalía promocionando a los que sean considerados amigos leales y apartando a quienes sean catalogados como enemigos. Nada de eso inhibió la movilización masiva a favor de Nisman, que congregó en torno al medio millón de manifestantes, ni impidió que estuviera encabezada por jueces y fiscales,

La ira de la mandataria argentina ya no se limitó a expresarse a través de los cargos subalternos, sino que intervino de forma directa en primera persona mediante su página web oficial. Siguiendo los preceptos que ya había marcado con antelación a los representantes del Gobierno, el durísimo alegato se centró en llamar mentirosos a los medios de comunicación que no están bajo su control y acusarles de una alianza tácita con el poder judicial para, en su opinión, dar un golpe de Estado análogo, nada más y nada menos, que a los golpes militares a lo largo del siglo XX. Las palabras de Cristina Fernández de Kirchner evitaron cautelas y las medias tintas, con el fin de enervar y movilizar los sentimientos de indignación y cólera entre sus bases electorales. Expresamente juzgó a los manifestantes silenciosos a favor de Nisman y a su exigencia de justicia como el surgimiento político de un imaginario “Partido Judicial integrado por grupos de jueces y fiscales vinculados y promocionados por los grandes medios y grupos económicos.” La saña con la que reaccionó contra la marcha del dieciocho de febrero, le llevó a concluir que se trataba de “la aparición pública y ya inocultable del Partido Judicial. Nuevo ariete contra los Gobiernos Populares, que suplanta al Partido Militar en el rol que, en el trágico pasado, asumiera respecto a Gobiernos de Legalidad y Legitimidad democrática.”

Toda una declaración, en primer término, de considerarse por encima de las leyes e intocable ante cualquier desmán, delito o crimen, bajo el amparo de las urnas. Con ser ya grave esta visión caudillista de no sentirse concernida como otro ciudadano más por la misma ley, aún más peligroso resulta el poner en la diana a todo el poder judicial, demonizándolo primero como si se tratase de un partido político: el Partido Judicial, e intentando convertirlo en objetivo de la furia popular al acusarlo de construir una fuerza golpista encargada de acabar con la democracia en Argentina bajo instigación de capitales ocultos. Una tergiversación tan insidiosa y grotesca como esta, no le resta un gramo de toda su carga nociva que la presidencia se propone desencadenar hasta sus últimas consecuencias en el último tramo de su mandato.

No es ningún secreto que el populismo kirchnerista ha buscado sojuzgar al poder judicial con su intrínseco desprecio hacia las instituciones que no están a su servicio o se interpongan a su ambición de detentar un dominio omnímodo. Por eso actuaciones de jueces como Bonadio o de fiscales como Nisman han cobrado ese gesto arrojado y heroico. Ahora, la acusación formal de Pollicita y la marcha masiva por Nisman, le ofrecen el pretexto para doblegar sin concesiones al poder judicial. El tiempo apremia y el kirchnerismo se prepara para emplear a fondo todas sus energías en este propósito. Quien crea que la exoneración de Cristina Fernández por parte del juez Rafecas ha significado un punto de alivio y una oportunidad para proponer algún lazo de reconciliación nacional, se equivoca.

En la Casa Rosada se está muy lejos de pensar lo que ha enunciado el correligionario populista Rafael Correa, presidente ecuatoriano, quien al recibir la noticia de la desestimación de la demanda contra Cristina Fernández exclamó en los medios de comunicación: “¡Se acabó la farsa!” En la capital bonaerense se piensa en otros términos. El pulso judicial no ha hecho más que empezar y la pérdida de la presidencia, que Fernández de Kirchner deberá abandonar antes de un año, dejará sin protección política al kirchnerismo y expuesto a un horizonte procesal más que preocupante. Solo se podrían evitar estas negras expectativas si antes somete sin condiciones al poder judicial y de un modo u otro el kirchnerismo se preserva de presión política cuando deje la Casa Rosada. En esta dirección se han encaminado los últimos movimientos de fichas políticas.

Nada más conocerse el sobreseimiento en el caso Nisman, se dio el paso al previsto cambio de Gobierno. Sale el efímero jefe de Gabinete, Jorge Capitanich -que alguna vez soñó con optar a la presidencia de la República-, para ser sustituido por el veterano Aníbal Fernández. Aníbal Domingo Fernández forma parte del núcleo duro kirchnerista que ya ocupó el cargo entre 2009 y 2011, y posee una larga trayectoria en los más diversos ministerios. En el ámbito cultural español adquirió cierto renombre por las diatribas y exabruptos que dedicó al Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa y al filósofo Fernando Savater como invitados a la Feria del Libro celebrada en Argentina el 2011. Un peronista sin escrúpulos a la hora de ejecutar órdenes.

El nombramiento sorpresa ha recaído, a su vez, en Eduardo “Wado” de Pedro, un joven kirchnerista, amigo íntimo del hijo de Cristina Fernández, formado políticamente en La Cámpora, y hasta ahora una vía de intrusión de la Casa Rosada en el poder judicial a través de su cargo como miembro del Consejo de la Magistratura de la nación. Algunos congresistas han deslizado la posibilidad de que haya sido el negociador de los términos del sobreseimiento de la imputación de Cristina Fernández ante el juez Daniel Rafecas. Pero, en cualquier caso, su ascendencia sobre La Cámpora es suficiente para justificar su súbito nombramiento como secretario general de la presidencia. La Cámpora fue un movimiento juvenil impulsado por Néstor Kirchner -esposo de Cristina Fernández-, donde el kirchnerismo adoctrinó a ambiciosos jóvenes dispuestos a seguir fanáticamente las directrices del matrimonio presidencial.

Los juveniles líderes de La Cámpora se han transformado hoy en millonarios situados en puntos clave de la vida del país, desplazando en gran medida al peronismo tradicional. Su influencia les permite movilizar a miles de jóvenes en lo que se ha dado en llamar la fuerza de choque del kirchnerismo. Máximo Carlos Kirchner -hijo del matrimonio- y Eduardo “Wado” de Pedro son los encargados de activar la movilización multitudinaria y la demostración de poderío este domingo 1 de marzo en torno a Cristina Fernández frente al Congreso, cuando lea su último discurso ante la Asamblea Legislativa. El lema de la contramovilización es sumamente elocuente: “1º M: Todos con Cristina. La Democracia no se imputa.” Fernández de Kirchner necesita que esa exhibición callejera sea un auténtico éxito. Una movilización de masas este domingo a su favor, le daría la última arma con la que derrotar a eso que ella misma ha motejado como “Partido Judicial”.

Le va mucho en el envite. Si no aniquila y doblega ahora a su enemigo judicial, las causas le irán pisando los talones al salir de la presidencia. El caso AMIA, veinte años sin resolver, no se va a disipar por ensalmo, más aún tras la muerte en extrañísimas circunstancias del fiscal Alberto Nisman. Aunque la investigación interior se desvirtúe, los servicios secretos israelíes y norteamericanos no van a dejar impune un atentado que apunta a una actuación criminal de Irán. Del mismo modo, el procesamiento del vicepresidente Amado Boudou enfila su recta final, después de que se haya detenido a su testaferro. Los datos que certifican cómo Amado Boudou falsificó documentación para apropiarse fraudulentamente de una empresa para imprimir billetes y adjudicarse, acto seguido, a sí mismo el contrato para fabricar la moneda del Estado argentino, contienen información casi irrefutable. Cristina Fernández le ha enviado a una misión al exterior para que no aparezca junto a ella el próximo domingo.

Pero el asunto que más nerviosismo provoca en la Casa Rosada es la investigación del lavado de dinero negro de la familia Kirchner. Cristina Fernández recusó al juez Claudio Bonadio, pero este acaba de ser confirmado al frente de las pesquisas ya avanzadas. El último dato que se ha filtrado sobre la instrucción, en la posible connivencia de los Kirchner con el empresario Cristóbal López, un magnate del juego, es que a través de sus compañías se habrían blanqueado grandes sumas de dinero de dudosa procedencia. Está claro que Cristina Fernández tiene verdadera urgencia de que se pliegue ese “Partido Judicial”, que no es otro que los tribunales de justicia, antes de quedarse sin los resortes que le proporciona la Casa Rosada. El envite de este domingo es solo el comienzo de una pugna donde los principios republicanos se impondrán sobre el populismo, o serán avasallados por mucho tiempo. Las espadas están en alto.