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ÓPERA PRIMA DE ALONSO RUIZPALACIOS

Güeros: poesía mexicana

viernes 08 de mayo de 2015, 11:23h
Güeros: poesía mexicana
La ópera prima de Alonso Ruizpalacios es puro arte cinematográfico, con todo lo bueno y lo malo que implica tal denominación. Por Laura Crespo

Inmensa, caótica solo en apariencia y absolutamente brillante en su forma. De laxitud consciente en el fondo. La ópera prima del mexicano Alonso Ruizpalacios, Güeros, es poesía: un ejercicio de estilo que deja constancia del arrojo del debutante, para contar una historia que habla de lo particular y lo universal al mismo tiempo, de la sociedad mexicana, pero también de cierta generación global; del amor, del idealismo y del mismo cine.

Güeros –rubios, de piel clara- arranca con la ruptura de una rutina: la del piso de estudiantes que comparten en Ciudad de México Sombra y Santos por la llegada del hermano pequeño del primero, adolescente rebelde enviado por su madre a la ciudad a modo de castigo enderezador. La vida de los dos universitarios está paralizada por una huelga estudiantil (ficticia pero inspirada en la que vivió el sector universitario mexicano entre 1999 y 2000) que no rechazan, pero a la que tampoco se suman. “Estamos en huelga de la huelga”, es su postura. La inacción, el desencanto, la frustración y el colapso de una generación que, no sólo en México, está anclada en el vacío. El adolescente, Tomás, será el empuje que saque del letargo a los otros dos personajes para empezar una road movie no al uso en busca de Epigmenio Cruz, una vieja casi-estrella del rock que tanto él como Sombra escuchaban, animados por su padre, de pequeños.

El halo de conformismo y laxitud no se desprende, sin embargo, de los personajes de forma inmediata, sino que el objetivo de la trama (encontrar a Epigmenio) se queda en una suerte de limbo de incertidumbre hasta casi el final de la película. Una decisión, de nuevo, arriesgada del director que, si bien anida a la perfección en la esencia de la cinta, puede confundir al espectador. Lo cierto es que Güeros no es una película para todos los públicos dada la buscada inexactitud de su planteamiento. Ahora bien, si se logra relativizar la dictadura de la narrativa clásica, cada secuencia de la cinta se convierte en una pequeña obra de arte con reminiscencias de la Nouvelle Vague, un discurso inspirador y –lo mejor-, un estilo brutal, espectacular, que sacude, azota y luego mima al espectador.

Ruizpalacios lleva la narrativa al límite, la radicaliza y la pone al servicio de su personal visión tras la cámara. Rodada en blanco y negro y en formato académico (3:4), Güeros transcurre entre la cámara en mano, los planos subjetivos, el flirteo con el videoarte, las piruetas en ‘steady’ y la genialidad de encuadres que regalan algunos planos de belleza extrema. También ayuda la cuidada fotografía, que viaja de lo cálido a lo turbio junto al coche de los protagonistas, y el trabajo sonoro, que merece capítulo aparte. El sonido golpea, con cambios bruscos del estruendo al silencio sin que necesariamente exista una excusa diegética para ello, y la música envuelve la ciudad, traída desde la cultura popular mexicana. Lo único que no escucha el espectador es, de hecho, la cinta de casete de Epigmenio Cruz que mueve la trama; ese es el espacio personal e inviolable de los personajes, su oasis en un mundo que se les antoja ajeno y descontrolado.

La representación visual que el cineasta idea para llevar a la pantalla un ataque de pánico es asfixiante y bella a partes iguales, y el plano que, casi al arranque de la cinta, muestra a uno de los personajes corriendo mientras la cámara gira 180 grados bien podría pasar a la historia del cine, al estilo de la carrera de Antoine Doinel en Los 400 golpes de Truffaut.

Digno de mención es también el guiño al metacine con la aparición de un personaje que, claqueta mediante, analiza el guión de la propia película, amén de un monólogo absolutamente genial sobre el cine mexicano y su billete –a menudo a base de retratar una parte muy concreta de México- a las salas del otro lado del charco. Reflexión, por qué no, aplicable a algunos momentos del cine de nuestro país.

Con todo lo bueno y lo malo que implica tal denominación, Güeros es puro arte cinematográfico.
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