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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Adentro, de Carolina Román: los entresijos del alma

viernes 08 de mayo de 2015, 16:47h
El Centro Dramático Nacional (CDN) demuestra estar atento a la escena alternativa. Recoge ahora una propuesta del Microteatro por dinero solo esbozada por Carolina Román y le da la oportunidad de desarrollarla en toda su plenitud en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero, con impecable texto llevado a escena bajo la batuta de Tristán Ulloa.
'Adentro', en el Teatro María Guerrero. Foto: marcosGpunto
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'Adentro', en el Teatro María Guerrero. Foto: marcosGpunto
Adentro, de Carolina Román
Director de escena: Tristán Ulloa
Intérpretes: Nelson Dante, Araceli Dvoskin, Noelia Noto y Carolina Román
Lugar de representación: Teatro María Guerrero (Madrid)

Adentro refleja cómo lo no dicho, lo silenciado, lo tenazmente omitido puede llegar a ejercer un poderío más firme y tiránico que las palabras más o menos triviales propias de nuestros habituales diálogos. Esas lagunas de las omisiones son los agujeros negros de nuestra existencia que se alimentan por igual de olvidos imperdonables o de amnesias forzosas, de secretos que jamás se dirán en voz alta o de sobreentendidos que actúan como órdenes categóricas. Todas estas formas de omitir y todas las consecuencias de la omisión constituyen el caudal de misteriosos “adentros” que se ocultan y dan consistencia interna a Adentro, de Carolina Román. Una pieza maestra en el arte de sugerir lo que está velado, sin nombrarlo nunca pero haciendo patente su encubierto peligro.

Carolina Román, de origen argentino aunque afincada con solidez en la escena española, esbozó este drama primero en la sala Microteatro por dinero del off madrileño. Se trataba
entonces del simple y a la vez misterioso encuentro entre la protagonista, Dina, La Negra, en un vis a vis carcelario con un recluso bonaerense que al fin resultaría ser su propio hermano. Un diálogo tan natural como cargado de una funesta y soterrada amenaza. La autora, que también interpreta como actriz a su criatura, ha hecho crecer ahora ese prometedor embrión ampliando la red de vínculos familiares y laborales de ambos personajes en un retrato tan hiperrealista y sugestivo como pueda serlo un cuadro de Hopper. El director de la obra, Tristán Ulloa, ha sabido conjugar los tres espacios de la pieza -el penintenciario, el laboral y el doméstico-, en un solo ámbito carcelario que engloba a los tres, dándoles a todos el mismo clima de esa cotidianidad opresiva propia de un cautiverio. Estén donde estén todos ellos se muestran presos y encadenados con ataduras invisibles. Seduce la limpia espontaneidad coloquial del texto sin que se desvanezca nunca su tensión interna, tanto como cautiva esa extrema sencillez interpretativa que solo parecen alcanzar los actores de procedencia argentina. Soberbia naturalidad, fabulosa llaneza, perfecto antídoto contra la ampulosidad.

Ahora Marga, la madre, deambula a horas intempestivas perdida en ensoñaciones donde la vida pasada se asemeja a un lujoso y remoto vals. Araceli Dvoskin trasmite con maestría la dualidad de esa altivez a propósito de una lejana época dorada, tal vez vivida, tal vez fantaseada, junto al desdén amargo por su existencia presente. Con un punto próximo a aquellas heroínas de Tennessee Williams cuya vanidad les impide reconocer su propio derrumbe tras un lejano esplendor, “Marga” se nos antoja una contracción de las míticas “Margaritas” que vivieron fastuosas y despiadadas pasiones, como la Margarita de Fausto o la Margarita Gautier de Dumas y Verdi, solo que ese frenesí sentimental se ha ido perdiendo en la memoria, olvidado en los vericuetos y callejones sin salida de la vejez. Marga se pasa la obra haciendo llamadas extemporáneas a ancianos compañeros de juventud que ya no la recuerdan o que han muerto, buscando la pista de un tal Lito, que “era del grupo. Era rubio, de ojos celestes, creo.” ¿Un amor tórrido de juventud, una pasión platónica de otra época, una fantasía senil sin ningún fundamento? Esa búsqueda deja un rastro de agria melancolía.

Mucho más ambivalente resulta su hijo Luis, El Negro, apodado en la cárcel “La Peligro”, que impone una relación incestuosa a su hermana Dina, La Negra. Asombra que Nelson Dante provenga de la danza y de la coreografía, habiendo participado en montajes que se caracterizan por una aparatosa espectacularidad como Los miserables, Cyrano de Bergerac o El conde de Montecristo. En la piel de El Negro, alias La Peligro, su ferocidad queda oculta sin aspavientos en el fondo de un cuerpo que tiembla pero que solo se permite decir frases corteses. El riesgo, la amenaza, si existen, se quedan abajo, “adentro” de las palabras. Viril en sus gestos, su ambigüedad sexual permanece flotando en el aire como una equívoca sugerencia trasmitida sutilmente por Nelson Dante en los entresijos de su alma.

La sutil indeterminación rebrota a cada paso. Cuando “La Peligro” hace leer a su hermana el pasaje de Shakespeare donde Otelo se decide a asesinar a Desdémona: “Debe morir o engañará a más hombres. Apaguemos la luz y después apaguemos su luz”, ¿se trata de un casual arrebato de entusiasmo por el dramaturgo británico, o es una expresión indirecta de las intenciones que se esconden “adentro” de su corazón, apenas entrevisto? Cuando se presenta en la casa de su madre el día de su cumpleaños, ¿ha logrado un permiso especial para salir de la cárcel, o ha escapado de ella con un propósito criminal?

Esa ambigüedad sexual de Luis “La Peligro” se reproduce simétricamente en su hermana Dina, La Negra, y la compañera de trabajo de ésta Male. Male es hiperfemenina, pero acuciada por un perpetuo impulso cómico de salir huyendo para encubrir algo que queda oculto, “adentro”, ¿quizá lo que “Male” significa en inglés: “macho”? Dina La Negra es asimismo acusadamente andrógina y exhibe en sus gestos y en su indumentaria esa ambivalencia como un símbolo de la ambigüedad intrínseca a la vida real.

La experiencia de su relación incestuosa no se amolda a los cánones de ningún crudo naturalismo, ni a ningún truculento testimonio social, tampoco al moralismo de un caso patológico. Y menos aún a las premisas de la búsqueda de una catarsis en clave del teatro de la crueldad predicado por Antonin Artaud. Es un simple hecho que se impone con su lógica cotidiana, en unos profundos vínculos emocionales que quedan “adentro”, sin que nunca se expliquen verbalmente. Cuando La Negra llora no sabemos si es por un sentimiento de culpa, por un deseo de romper lazos y huir, o por el tabú de no poder expresar con naturalidad algo que acepta libremente. No hay explicaciones psicológicas mecanicistas. En ella, como en todos los demás personajes, el espectador debe realizar la misma operación que lleva a cabo diariamente en la realidad: escudriñar, analizar, presuponer, intuir y llegar a conclusiones propias que jamás resultan definitivas. Eso proporciona una dosis extra de autonomía y veracidad a los personajes de Adentro. Toda una lección de cómo eludir lo solemne y efectista. Un lujo y una suerte, pues, contar entre la joven escena española con el talento de Carolina Román.
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