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GANADORA DE LA ESPIGA DE ORO DE LA SEMINCI 2012

Los caballos de Dios, crudo relato en la cocina del yihadismo

viernes 03 de julio de 2015, 11:18h
Los caballos de Dios, crudo relato en la cocina del yihadismo
Llega a las salas españolas la celebrada cinta del cineasta franco-marroquí Nabil Ayouch, Los caballos de Dios, una reconstrucción libre de los atentados de Casablanca de 2003 centrada, no en la parte logística de los actos terroristas, sino en el pasado y las motivaciones de quienes se cargan una mochila con explosivos a la espalda.
Tres años ha tardado en llegar a las salas españolas desde que se hiciera con el máximo galardón, la Espiga de Oro, de la 57 edición de la Semana de Cine de Valladolid (Seminci). Y lo hace en un momento en el que la brutal escalada de atentados yihadistas en el mundo occidental pone el foco en problemas añejos e incita a buscar porqués a la desesperada. El cineasta francés de origen marroquí Nabil Ayouch responde en Los caballos de Dios, que reconstruye desde la ficción más realista los años anteriores a los atentados de Casablanca de 2003, en los que murieron 45 personas.

Ayouch crea una cinta robusta, brillante en su equilibrio entre la ficción dramática, que narra con destreza y sin remilgos la vida de algunos de los doce terroristas que se inmolaron aquel 16 de mayo, y el retrato de la sociedad marroquí y su (r) evolución a lo largo de dos décadas. El realizador cimenta un puñado de historias personales, que son estas pero podrían haber sido muchas otras, para agarrar al espectador en lo concreto y obligarle a mirar a lo sistémico: la pobreza, las carencias de educación y la ausencia absoluta de un horizonte de futuro como caldo de cultivo a medida para el extremismo. No es la primera vez que los sucesos amargos de la Historia señalan en esta dirección, pero parece que no estamos dispuestos a enterarnos y las soluciones se empeñan en hablar de blindaje, control de fronteras o, directamente, miedo, en lugar de seguir tirando del hilo hasta su origen. No es la primera vez que lo escuchamos –el pasado y la conversión de los hermanos Kouachi, autores de la masacre de Charlie Hebdo, dio la vuelta al mundo- y, sin embargo, el relato de Ayouch es de tal crudeza y determinación que hace inevitable, cuanto menos, una reflexión al respecto.

Inspirada en la novela Les Étoiles de Sidi Moumen, de Mahi Binebine, Los caballos de Dios transcurre en Sidi Moumen, un poblado de chabolas a las afueras de Casablanca donde se criaron los terroristas de los atentados de 2003. Yachine tiene diez años a mediados de los noventa y sus días transcurren entre un vertedero en el que recoge chatarra que luego intenta vender, un secarral polvoriento que hace de campo de fútbol –y de único espacio para algún que otro sueño a largo plazo- y la chabola en la que vive su familia: un padre con problemas mentales y una madre cansada de cargar con la vida. De sus tres hermanos, uno vive en el Sáhara; otro, discapacitado, acompaña a sus padres en la desidia diaria; el tercero, Hamid, sólo tres años mayor que él, es su protector, además del cabecilla del barrio y aprendiz de trapicheos. La primera parte de la cinta retrata la asfixia de una generación bloqueada, con solo dos alternativas a la emigración: resignación, hastío y cannabis que mitigue el dolor del tiempo muerto, la opción de Yachine; o abrirse paso a golpes y conseguir cierto estatus al margen de la ley, la de Hamid. En una muestra de arrojo, el director rueda una controvertida escena de una violación entre menores, dura, desoladora por estar coja de culpables, y definitiva a la hora de construir y entender a los personajes, tanto en su individualidad como en el contexto que comparten.

El impacto visual de la cinta apoya esa sensación de desesperanza y falta de aire, que se contagia al público a través de una atmósfera rojiza y polvorienta, de una sensación constante de insalubridad y mugre y de unos imponentes planos aéreos de los tejados de chapa y las callejuelas del poblado.

En medio de la desorientación y la falta de referentes y expectativas aparece la Yihad. Como se venía prediciendo desde el principio, Hamid termina en la cárcel. Cuando sale, lo hace como miembro de una célula yihadista. Ayouch muestra a un Hamid radicalmente distinto a lo que nos habían presentado y se centra en la captación de su hermano menor, Yachine. Manda la realidad, y el cineasta logra credibilidad en el proceso: gradual, con dudas, temores e, incluso, arrepentimiento ‘in extremis’ en algunos casos. El realizador siembra una tesis obvia pero a menudo olvidada: Sidi Moumen (como representación del mundo musulmán en general) no estaba plagado de terroristas dispuestos a volarse, esperando que alguien reclamara sus siniestros servicios. El barrio está lleno de niños carentes de cualquier objetivo desde que se percataron que ser futbolista profesional nunca había sido una meta real. Hasta que los ‘hermanos’ islamistas les brindan un sentimiento de pertenencia, una familia con lazos fuertes y la sensación de que existe un destino, de que, por primera vez, su existencia no es circunstancial.

Expuestos junto a la trama, los personajes principales gozan de entidad y arco dramático suficiente como para generar interés por su historia personal. Incluso los que se quedan en un segundo plano –como el amigo homosexual del protagonista-, dan pistas interesantes sobre sus historias paralelas sin desviarse del objetivo de Ayouch. La relación de los dos hermanos desprende un potente magnetismo entre la admiración, la rivalidad y el amor-odio, apoyado en interpretaciones concienzudas de unos actores no profesionales pero bien pegados a la realidad que recrean. Sobrevolando personajes y acción, una radiografía del Marruecos de las últimas dos décadas con el ascenso del yihadismo en el plano político, las drogas, la prostitución y la corrupción policial como protagonistas.

Una película en crudo que combina brillantemente la potencia dramática de las historias personales de los protagonistas con un fondo analítico necesario y actual.
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