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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Hard Candy, de Brian Nelson: la venganza de Caperucita

Tras conseguir con “Cuando deje de llover”, los Premios Max 2015 al Mejor Espectáculo Teatral y a la Mejor Dirección de Escena, Julián Fuentes Reta se enfrenta con éxito al reto de llevar a las tablas la célebre película del cine independiente norteamericano de título homónimo.

Hard Candy, de Brian Nelson: la venganza de Caperucita
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Hard Candy, de Brian Nelson

Adaptación y traducción: Lola Blasco
Director de escena: Julián Fuentes Reta
Intérpretes: Olivia Delcan y Agus Ruiz
Lugar de representación: Teatro Valle-Inclán (Madrid)

En su original cinematográfico, Hard Candy, primer filme de David Slade, se inspira en los terrores y los deseos encubiertos en las leyendas urbanas, que a su vez conectan subterráneamente con la herencia legendaria de los mitos fundacionales de nuestra cultura. Muy lejos de apoyarse en un caso real -por más que los productores insistiesen en haberse basado en un escabroso documental televisivo, donde jóvenes japonesas captaban por internet a pedófilos para torturarlos y chantajearlos-, el guión de Brian Nelson y la cinta final de David Slade emerge más bien del magna de pasiones perversas e instintos prohibidos que germina en ensueños y pesadillas colectivas. De ahí el inesperado éxito obtenido en 2005 por una película independiente de escasísimo presupuesto y casi nula propaganda, pues supo conectar de un modo conciso y directo con los miedos y los apetitos de nuestras angustias milenarias, por más que se revista de actualidad, entre en juego la música techno, ordenadores, redes sociales y la caza depredadora en los infinitos chat de hoy.

Atrapar esa viscosa esencia arcaica tras las apariencias posmodernas y transfigurar el lenguaje visual de la pantalla en un drama teatral con recursos expresivos radicalmente distintos para un escenario, ha sido un reto y un experimento con ambos idiomas artísticos antagónicos que arroja mucha luz sobre el fondo de esta conmovedora historia. El filme de David Slade desenvuelve la tortuosa relación entre el pederasta y asesino Jeff y la metódica y vengativa adolescente Hayley dentro de un ambiente luminoso donde predominan interiores con colores planos, primarios y brillantes bajo el sol de California. Solo hay una referencia al trasfondo mítico a través de la sudadera roja de Haley, con su correspondiente capucha granate, que de inmediato evoca el cuento de Caperucita roja, aquí planeando una brutal represalia contra el lobo. Slade sostuvo que la prenda llegó azarosamente, pero es difícil creer que una vestimenta con tanta carga simbólica popular aterrizase por casualidad en el set de rodaje. Hasta aquí todas las referencias míticas en esta célebre película indie.


La joven dramaturga Lola Blasco y el director de escena Julián Fuentes Reta, en la dramatización del filme, han acertado en explorar su conexión con el mitológico origen de la tragedia. Lola Blasco se ha centrado en hacer los ajustes necesarios en los espléndidos diálogos de Brian Nelson para que ese sustrato trágico se evidencie en el montaje. La batuta de Julián Fuentes Reta sitúa la historia del fotógrafo Jeff y la adolescente Hayley en el ámbito primitivo del que nace lo trágico: la fiesta báquica de Dionisos. La bebida alcohólica y el baile trasladan el despiadado pulso entre ambos protagonistas a los rituales dionisíacos. Hemos entrado en una esfera genuinamente dramática donde lo teatral desplaza por completo a lo cinematográfico. Ahora la música, por muy contemporánea que sea, induce al rito ceremonial en el bosque. Las danzas de Jeff con Hayley poseen un sabor báquico y recuerdan con un eco no muy lejano a las medievales danzas de la muerte. La dialéctica entre el deseo y la retorcida crueldad lleva a los dos a un escenario donde Jeff yace en un moderno altar de sacrificios humanos, dirigido ahora a ningún dios. Situación que conmociona al público por su bárbaro dilema moral, ya que es culpable y merece castigo, pero a la vez nuestra conciencia le rescataría de la salvaje venganza. Jeff y Hayley actúan ante nuestros ojos como depredadores con armas disímiles. La cámara profesional del fotógrafo Jeff es solo la apariencia civilizada de su instinto de caza ejercido mediante la violencia contra sus víctimas más vulnerables. Hayley únicamente usa como arma depredadora una formidable inteligencia disfrazada de inocencia. El duelo resulta feroz, apasionante, demoledor.

El montaje teatral de Hard Candy tiene la virtud de eludir, en su atrocidad, cualquier atisbo melodramático. En el filme solo vemos cómo la violencia enmascarada de Jeff va aflorando sin matices hasta mostrarse con toda desnudez. La puesta en escena de Fuentes Reta conserva esa energía, que es a la vez una crítica a la ancestral violencia patriarcal de hombres contra niñas. Pero va introduciendo en el personaje unas crecientes dosis de sentido de culpa, sin las cuales no sería verosímil el desenlace. El actor Agus Ruiz transmite esas oleadas de culpa en los momentos de silencio, lo que le proporciona una autenticidad que no se habría conseguido intercalando diálogos explícitos. La representación de Hard Candy, con ese vaivén de sentimientos encontrados de culpa, autocompasión y agresividad visceral, añade dramatismo interior al personaje, algo que el público no deja de percibir.

La adolescente Hayley elude también el estereotipo del filme, que hacía de ella un símbolo de todas las víctimas que ambicionan venganza. Interpretada por Olivia Decan, que incrementa la sensación de dejarse llevar por un juego tan justiciero como caprichoso, se aleja de la férrea frialdad del personaje cinematográfico. En las tablas, su complejidad nos sumerge en el enigmático caos de sus intenciones, y, de nuevo, su dramatismo interno sale ganando.

El director ha sabido sintetizarlo con sobria pericia en las camisetas de ambos personajes. Hayley lleva estampado en ella un laberinto. Jeff, a su vez, porta otra camiseta que reproduce la escena de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel donde Dios toca a Adán para concederle la vida, mientras que Eva nacerá de una costilla de Adán: esquema mítico del patriarcado heredado de nuestra tradición y su defensa de la supremacía de lo masculino.

Julián Fuentes Reta, que manejó magistralmente un enorme espacio y un extenso elenco actoral en Cuando deje de llover, recién galardonada con los Premios Max al Mejor Espectáculo de Teatro y a la Mejor Dirección de Escena, trabaja aquí a una escala mucho más reducida, pero con la misma destreza y precisión en las señales que envía al público. Un Oscar con alas de cóndor, águila o buitre se dibuja en el fondo del escenario, abatiéndose sobre una modelo adolescente que se duplica como en una pesadilla. Con esa iconografía pop, al estilo Andy Warhol, iluminada por focos de colores antagónicos rojo-verde, nos remite al conjunto de nuestra época. Su dramatización del filme cuenta la historia, pero también nos sirve un profundo comentario implícito sobre ella. No es un espectáculo pasivo que nos convierta en consumidores de un relato morboso. Con la puesta en escena se ha transformado en un conflicto humanamente más complejo que nos interroga. Aquí el drama gana.

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