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ÓPERA PRIMA DE DANIEL AGUIRRE

Investigación policial, las ganas del cine español

viernes 10 de julio de 2015, 08:12h
Investigación policial, las ganas del cine español
Un muestrario de presente y futuro de la situación de la industria española del cine en 90 minutos. Más allá de su estilo, argumento y forma, la ópera prima de Daniel Aguirre tiene valor en sí misma por encerrar una lectura sobre algo tan ambicioso como definir hacia dónde va el cine de nuestro país: la polarización entre las producciones avaladas por los dos conglomerados multimedia españoles –con presupuestos notables, por no hablar de las facilidades de la tan básica, y a menudo descuidada en España, promoción- y los ‘do it yourself’ audiovisuales, minoritarios, dirigidos a un público mucho más específico y, cada vez en mayor medida, vinculados a modelos alternativos de distribución y exhibición relacionados con Internet.

Investigación Policial
se viste de perfecto ejemplo para este segundo grupo, con todas sus ventajas e inconvenientes. De un lado, la cinta transmite un mensaje esperanzador: siempre va a haber cine; España está llena de talento, gente con ganas y mucha fuerza para impulsar proyectos con la apariencia de la imposibilidad. Del otro -y asumiendo que, según se mire, puede no ser un inconveniente- la libertad creativa es tan fascinante como peligrosa a la hora de encontrar un público a su medida. Si el espectador entra en el juego de Aguirre y compañía, el disfrute será placentero, íntimo y exclusivo. Pero el club es selecto, y quedarse fuera significa transitar por largas escenas dialogadas, de ritmo intencionadamente plano y gusto por lo absurdo, hasta llegar, eso sí, a un clímax genial que deja mejor sabor de boca del esperado incluso para los menos fans de la cinta hasta ese punto.

La película se estructura sobre las conversaciones de Sergio (Sergio Cortina) y Dani (el propio Daniel Aguirre), inmersos en una monótona investigación que les deja demasiados tiempos muertos en el coche o en un descampado prismáticos en mano. El corazón de la película son esos intercambios de ideas y anécdotas compartidos por los protagonistas, unidas por escenas de transición que aportan información de sus vidas personales. Acción, como tal, hay más bien poca. Sergio está casado y tiene una hija pequeña, pero no atraviesa el mejor momento en su matrimonio. Dani ha vuelto a vivir con su madre y retrasa cada día el momento de llegar a casa.

Aguirre no engaña. La primera secuencia ya advierte de que no estamos ante una cinta para todos los públicos. Un coche. Dos hombres. Y quince minutos de conversación sobre juegos de infancia, panes trenzados y bombillas que, pasado el ecuador, sabes que no va a ir a ningún sitio. Una especie de Pull Fiction low cost y cañí que abusa del tono monótono en las interpretaciones y enlaza con esta especie de ‘ingenio de los tontos’ al estilo de los ‘chanantes’ de Muchachada Nui rebajados en ‘mancheguismo’. La curiosidad pica con este arranque, sin duda, pero cuando el patrón se repite a lo largo de casi los 90 minutos, es casi inevitable que el interés decaiga.

Aún así, el último giro de la trama logra sorprender y levantar el ánimo para llegar una secuencia divertidísima con Antonio Resines haciendo gala de un humor espectacular. Hasta ahora, Aguirre se había hecho un hueco importante en el formato corto, y la sensación es que Investigación Policial se ha estirado demasiado hasta los 90 minutos que los cánones comerciales dictan para el largo. Puede que el mediometraje hubiera sido el perfecto traje para esta historia, en la que sí se necesita crear esa impresión de que no pasa nada al principio para desembocar en el inesperado final, pero en la que ese letargo excesivo termina siendo un lastre.

Además de Aguirre y Cortina, que en ocasiones parecen no estar actuando sino charlando improvisadamente dentro de ese mundo particular y absurdo, la ‘goyarizada’ Ingrid García-Jonnson da una nota de frescura con un pequeño papel y Belén López-Valcárcel otorga algunos de los mejores momentos en las escasas subtramas construidas alrededor de los plano-contraplanos de los protagonistas. El de Antonio Resines podría definirse como un cameo crucial y salvador.

Un proyecto hecho entre amigos que se presenta como tal, no tiene intención de esconderlo (en algunas escenas, Aguirre y Cortina parecen estar sujetándose una carcajada) y explota un humor muy particular, local, seguramente genial para ese grupo de colegas que han tenido el arrojo de ponerlo en una película y para los espectadores que logren entrar en su universo. Para el resto, un debido aplauso a la valentía y una remontada final compensatoria.
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