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LO NUEVO DE DAVID GORDON GREEN

Señor Manglehorn, universo Al Pacino

viernes 14 de agosto de 2015, 07:55h
Señor Manglehorn, universo Al Pacino
Lo nuevo de David Gordon Green, Señor Manglehorn, encuentra su razón de ser en Al Pacino.

SEÑOR MANGLEHORN


Director: David Gordon Green
País: Estados Unidos
Guión: Paul Logan
Reparto: Al Pacino, Holly Hunter, Chris Messina.
Sinopsis:A. J. Manglehorn es un filósofo que se consume interiormente por los recuerdos de haber dejado escapar a su gran amor. Tiene el corazón roto por la mujer que amaba, a la cual perdió hace cuarenta años. En un pequeño pueblo trata de comenzar de nuevo con su vida.

Lo mejor: Al Pacino / Algunas piruetas de realización
Lo peor: La falta de concreción en la trama.

Algunas películas empujan inevitablemente a imaginar el momento de su concepción. ¿Cómo sería la cara del productor que leyera por vez primera este guión y dijera: ‘Adelante, ¡vamos a hacerlo!’? La pregunta suele darse en dos contextos: cuando el resultado final es espectacular e inesperado o cuando hay algo que chirria. Lamentablemente, Señor Manglehorn está en este segundo grupo de casos. Lo nuevo de David Gordon Green tiene un par de secuencias absolutamente brillantes (rozando lo pretencioso, si se quiere, pero para gustos los colores) desde el punto de vista de la realización y a Al Pacino es imposible toserle. Sin embargo, hay una pregunta que sobrevuela todo el metraje: ¿Tendría sentido esta película si el protagonista no fuera, precisamente, Al Pacino?

En la cinta, Gordon Green se pasea por la madurez del señor Manglehorn, un viejo solitario, malhablado y cascarrabias que pasa sus días entre su trabajo de cerrajero, las conversaciones rutinarias con su gata Fannie, único ser vivo por el que parece sentir un poco de empatía, y una faceta de filósofo que explota cada día escribiendo cartas a Clara, un amor del pasado al que dejó alejarse en su día y cuyo recuerdo lo atormenta como la única posibilidad, ya agotada, de ser feliz.

El argumento recuerda al St. Vincent de Bill Murray que se estrenó a finales del año pasado, y el fuerte de ambos filmes es, sin duda, el festival interpretativo del protagonista. Pero la ejecución no tiene nada que ver. Allí resultaba una comedia dramática y emotiva de narración clásica en la que el arco del personaje era claramente identificable. Manglehorn es pausa, desequilibrio y lírica, un conjunto de reflexiones y situaciones bellas, ingeniosas o inteligentes entre las que, sin embargo, se echa en falta una estructura más robusta. Ambas cintas conectan en su moraleja: nunca es tarde para cambiar, encontrar motivaciones y ser feliz; pero mientras la primera es mucho más clara con el espectador y le muestra las motivaciones del protagonista para que pueda hacerlas suyas, Gordon Green juega al hermetismo, un mecanismo útil para despertar el interés y la duda, pero arriesgado si no afloja lo suficiente como para conocer al personaje y desear su victoria.

En la variopinta carrera de uno de los mayores exponentes actuales del ‘indie’ americano (All the Real Girls, Superfumados, Joe), Manglehorn llega como un escaparate a ambos lados de la cámara. Delante está Al Pacino, el único e imprescindible ‘porqué’ de la película. Sólo por su presencia merece la pena invertir una hora y media en sentarse frente a la pantalla. El heredero de los Corleone pliega el plano a su voluntad y mantiene con entereza todo el peso de la cinta a su espalda. Incluso la presencia de Holly Hunter (El piano, La tapadera), siempre correcta, queda eclipsada por un Pacino que es Manglehorn de principio a fin y hace que Manglehorn sea él y sólo él.

Detrás del objetivo, Gordon Green hace lo que le da la gana. Tan pronto deja al público en un plano fijo durante minutos que quieren ser horas, como dirige una cámara titubeante y temblorosa. El cineasta monta planos que corresponden a tiempos y lugares distintos, se recrea en fundidos eternos e imprime sobre imágenes cotidianas la voz lánguida del protagonista dictando intensos párrafos de sus misivas de amor y desesperanza. El cineasta sabe lo que es el placer visual y lo explota sin pudor rodando un 'slow motion' Pacino paseando delante de un accidente de tráfico múltiple contra un puesto de sandías que, reventadas en cada rincón del cuadro, tiñen de rojo la escena. Una secuencia exquisita, pero que no aporta nada a la historia y resume bastante bien el espíritu de la película: o amas sus instantes de realización e interpretación y supeditas a ellos la globalidad de la trama (como la escena en la que los personajes de Pacino y Hunter cenan juntos: sublime), o te aburre.

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