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Cerco de silencio en Tianjin

martes 18 de agosto de 2015, 00:55h

Las imágenes apocalípticas que estos días nos llegan del estratégico puerto de Tianjin, el principal del norte de China, en una de las ciudades más pobladas del país, son suficientemente elocuentes por sí mismas: inmensos cráteres, infinidad de edificios derruidos o a punto de desplomarse, miles de automóviles calcinados, una nube tóxica de sodio que se expande en varios kilómetros a la redonda, cientos de muertos y desaparecidos, especialmente entre el cuerpo de bomberos que acudió a sofocar los incendios tras las primeras explosiones. Una catástrofe de tan gigantescas proporciones no puede ser achacada -tal como tratan de hacer creer las autoridades chinas-, a un simple accidente o a las malas prácticas de una única compañía, en este caso la Ruihai International Logistics. De todo lo sucedido se deducen graves responsabilidades políticas que Pekín intenta ocultar con una férrea mordaza informativa.

El bozal aplicado a los medios de comunicación es más despótico e intransigente conforme pasan los días tras la tragedia. Se está impidiendo que los periodistas desplazados a la zona tomen fotos o graben vídeos, no se permiten entrevistas a las víctimas, matones profesionales se ocupan de agredir a la prensa, se censuran cientos de páginas web que ofrecían información sobre lo ocurrido y hasta se toman represalias contra los familiares que reclaman datos sobre sus allegados desaparecidos. Todo este cerco de silencio no se llevaría a cabo si no existieran graves cuestiones que esconder.

El motivo último de esta dantesca catástrofe sigue siendo a día de hoy una incógnita. Y si las autoridades chinas persisten en silenciar a los medios de comunicación, sus explicaciones quedarán bajo sospecha al no poder contrastarse. Por lo pronto, una concentración tan colosal de material explosivo no puede realizarse a escondidas, sino que de un modo u otro apunta a la connivencia y corrupción de los jerarcas encargados de revisar y dar el visto bueno a las actividades de la zona portuaria. Lo mismo puede decirse de la construcción masiva de edificios civiles a una distancia ilegal, imposible de llevarse a cabo sin la anuencia corrupta de los gobernantes que deben autorizarla. La absoluta falta de trasparencia con la que opera el Partido Comunista chino favorece los sobornos y corruptelas necesarios para que estos desastres se produzcan, y la propia opacidad que se aplica una vez suceden es la mejor arma para que no se ventilen y resuelvan las auténticas causas que los originan. Un círculo vicioso de turbiedad política que ya ha desencadenado protestas en el interior. Y que compromete cualquier prestigio de China de cara a la comunidad internacional.

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