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TRIBUNA

Del baúl de los recuerdos

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
viernes 18 de septiembre de 2015, 22:18h
La preocupación por lo que pueda pasar en Cataluña después de las elecciones afecta más bien a los sectores activos de la sociedad civil, mientras la mayoría de los ciudadanos se encuentra entre los pasivos, bien por hastío resignado, bien porque opina que de ese lío deben sacarnos los representantes políticos.

Esa muy moderna pasividad española -que desmiente una vez más el tópico de la pasión hispánica (¿el nacionalismo catalán será un vestigio de la España tópica como fue el nacionalismo vasco de los años de Ibarretxe?)- tiene sus ventajas, aunque también se corren riesgos indudables.

De eso, es pronto para decirlo; el periodista, como el historiador, analiza, relata, pero no es un profeta. Todo esto viene a cuento porque dos activistas de la sociedad civil, Jesús Banegas y Pablo García Mexía, me han pedido que exponga a los miembros del “Foro de la Sociedad Civil” lo que yo escribí hace años sobre el llamado “patriotismo constitucional”.

He vuelto a releer mis escritos de hace tanto tiempo. ¿Buscando en el baúl de los recuerdos? Esa estrofa pertenece a la canción que popularizó Karina, una intérprete con calidad en texto y música que se puede comparar con las mejores cantantes de blues americanas. La letra de esa melodía, que forma parte de mi memoria musical, dice así: “Cualquier tiempo pasado nos puede parecer mejor/volver la vista atrás es bueno a veces/ mirar hacia adelante es vivir sin temor.”

¿A qué este poema cantado expresa lo que siento al releer mis antiguos trabajos con Cataluña y la democracia de fondo?

La primera vez que empleé el concepto de “patriotismo constitucional” fue en diciembre de 1991, en una conferencia que di en el Club Siglo XXI, y fue entonces cuando me referí a su autor, Jürgen Habermas, que acababa de exponer en Madrid su tesis, concretamente en el Instituto de Filosofía del CSIC. Habermas ofrecía la posibilidad de fundar un patriotismo, como el que proponía para Alemania, basado en la Constitución, es decir, con contenidos nítidamente democráticos, capaz de superar las ideas nacionalistas del franquismo, ideas reaccionarias y alejadas del liberalismo de nuestro pasado más auténtico. Entonces dije lo que sigue (está escrito porque fue editado): “El patriotismo que defiendo no es un programa político sino un corpus de ideas y de sentimientos, éticos y políticos, compatible con concepciones ideológicas de derecha o de izquierda.

Unos meses más tarde, en mayo de 1992, publiqué en la revista “Sistema”, una síntesis sobre el mismo tema. Se tituló “Patriotismo constitucional y Estado democrático”, y en él me refería a nuestra complejidad institucional y legal: “Este sentimiento de patriotismo constitucional -sostenía en mi escrito-, que creo necesario fomentar, es no sólo compatible, sino consustancial con la realidad institucional del autogobierno de las Comunidades Autónomas y con la función de promoción de su identidad cultural e histórica que vienen realizando con intensidad. Tampoco creo que estas ideas tengan que chocar con las concepciones y sentimientos políticos y culturales que representan los nacionalismos en algunas Comunidades Autónomas, pues aquellas ideas se sitúan en un plano distinto y superior por cuanto es un plano definido por su función integradora, cuya raíz es el concepto de ciudadanía.”

Sigo estando de acuerdo con esa propuesta. Dije que ese nuevo patriotismo necesitaba ser “fomentado” activamente, tanto en la esfera pública, como privadamente. Aquel no fue sólo un discurso y un artículo publicado en el año mítico de 1992. Fue el motor ideológico del impulso que alumbró la reforma legal del Senado, y estuvo detrás de los intentos de reformar constitucionalmente la Cámara Alta, que se vinieron abajo poco después de que yo dejara su presidencia en 1996. A la altura de 1998, el reformismo senatorial había pasado a mejor vida (y el Senado sigue hoy en las mismas, lo que explica la profunda crisis de esa Cámara); la propuesta de fomentar un patriotismo compartido se había malogrado con la política de aquellos años; y por si no fuera suficiente, el programa de desarrollar un patriotismo constitucional se convirtió en un programa de partido, al contrario de lo que yo sostenía, con la consecuencia de que la idea terminó en la papelera de sus proponentes (y en las papeleras de los que se sintieron excluidos por esa partidaria idea).

En mayo de 2002 publiqué en “Claves de razón práctica”, después de proponérselo al añorado Javier Pradera, un artículo que se titulaba “Patriotas y de izquierda”. Diez años después, mi trabajo iba más allá de las tesis de Habermas, en el sentido que yo consideraba que nuestro pasado ideológico no era como el pasado de Alemania, pues nuestra Guerra Civil no contenía algo parecido al Holocausto, la mayor maldad histórica. También salí al paso de la reacción que sectores de mi partido, el PSOE, estaban desarrollando en contra del patriotismo español, incluyendo, desgraciadamente, su versión democrática o constitucional. Escribí entonces: “Pero sin un sentimiento compartido de asociación y de pertenencia a una “patria común”, un programa político socialdemocrático no tendrá facilidades para llegar a recibir apoyos mayoritarios. Sin sentimientos compartidos, la solidaridad (expresada en obligaciones fiscales o con las pensiones públicas) será menos movilizadora que otras apelaciones basadas en el egoísmo individual.” ¿Recuerdos sólo del baúl?

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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