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TEATRO LARA

La ruina, de Jordi Casanovas: esperanzas en la bancarrota

lunes 05 de octubre de 2015, 13:21h
El madrileño Teatro Lara ha encontrado una imaginativa fórmula para dar a conocer las más brillantes piezas teatrales de la emergente dramaturgia española. En este caso, le ha tocado el turno a Jordi Casanovas con una comedia ágil, fresca, perfectamente construida, sobre diferentes marcas que la crisis económica deja en las generaciones más jóvenes.
La ruina, de Jordi Casanovas: esperanzas en la bancarrota
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La ruina, de Jordi Casanovas
Director de escena: Noé Denia
Intérpretes: Rafa Delgado, Fátima Domínguez, Aída de la Cruz, Diana Gómez, Vicenç Miralles, Gabriela Pulgar, Marta Romero y Carlos Serrano
Lugar de representación: Teatro Lara (Madrid)

¿Qué ocurriría si en su casa tuviera una mesa camilla bajo cuyo tapete pudiera pasar a gatas desde su domicilio al de un administrador corrupto que está desvalijando su empresa? La oportunidad de esta prestidigitación se la ofrece Jordi Casanovas en La ruina, encajando en una comedia costumbrista sobre la penuria y la corrupción de la actual crisis, un factor sorpresa en el que la imaginación rompe todas las leyes previsibles. La ruina conjuga así los dos ingredientes que han singularizado a este joven dramaturgo catalán: la actualidad de los conflictos puestos en escena y la introducción de un sesgo estilístico que lleve a la acción teatral lo impensable.

Muy recientemente tuvimos un ejemplo muy gráfico de esta determinación de hacer teatro de hoy para un público de aquí y ahora en He boy Hey girl!, versión de Romeo y Julieta, de William Shakespeare, trasfigurada en una pieza dinámica para los jóvenes estudiantes actuales, con una casi nula experiencia teatral. El drama se aproximaba a ellos a través de la cultura popular televisiva. Un programa de telebasura retrasmitía en directo -modelo Gran Hermano-, lo que sucedía en dos casas prefabricadas que desempeñaban el papel de las enfrentadas casas de los Montesco y los Capuletos de Shakespeare. El lenguaje descarnadamente vulgar, el ritmo del baile y la emisión de imágenes en una enorme pantalla hacían que la tragedia shakesperiana irrumpiese sin trabas en la sensibilidad de los jóvenes espectadores. Esta aproximación a la nueva emotividad, forjada en una educación audiovisual, ya estaba presente en la trilogía: Wolfenstein, Tetris y City/Simcity, basada en los videojuegos. Del mismo modo que la actualidad social más inmediata es abordada en el caso del catalanismo y el secesionismo en Vilafranca y en Patria, o la lacra política de la corrupción en el teatro-documento Ruz-Bárcenas.

La ruina se ocupa del impacto anímico de la crisis iniciada en 2008 sobre las generaciones más jóvenes. La colisión con la insolvencia, la penuria, no tiene el mismo efecto en unas personas que en otras, aunque en todas ellas produce el despojo de los hábitos cotidianos y el autodescubrimiento de su oculta vida interior. Muy significativamente, la obra comienza cuando Silvia y Ricky están enfrascados en una interminable partida de videojuego. El sistema financiero entra en quiebra, las entidades bancarias caen en la bancarrota como fichas de dominó, pero a ambos solo les interesa ganar la partida al otro y conseguir la revancha un instante después. Ninguno de los dos ha salido de la esfera de ese mundo virtual en el que se educaron en su infancia y adolescencia, convirtiéndola en una burbuja protectora frente al drama que les circunda. Sin duda se percibe aquí una crítica al escapismo inmaduro, pero al mismo tiempo, particularmente en Silvia, interpretada por la televisiva Diana Gómez, se ensalza la necesaria ingenuidad para afrontar sin tragedia el advenimiento de un tiempo nuevo.

El contrapunto a esa candorosa felicidad inmadura lo encarnan su pareja Toni y su vecino Abel. Toni, a quien da vida Carlos Serrano, personifica el estrés enloquecido ante los reveses de la economía familiar, en un estado cada vez más frenético y enfrentado al optimismo inquebrantable de Silvia. Abel representa un aún más cómico vértigo ante la marcha de la economía mundial, y la falta de noticias al perder la señal de internet provoca que desencadene un enredo colosal entre este puñado de personajes que se dan cita en el salón de la casa de Silvia y Toni. Memorable interpretación de Vicenç Miralles en ese personaje-víctima que es Abel, alelado, aterrorizado, inhibido, incapaz de salir a la puerta de la calle y atrapado por la pantalla del ordenador, intentado descifrar las finanzas planetarias mientras su dominante mujer le trata como a un pelele. Brillante personaje el perfilado por Jordi Casanovas en el que el tono de farsa circense no le resta humanidad.

Como en Alicia en el país de las maravillas, la mesa camilla actúa como un fantasmagórico túnel que nos conduce y nos informa del no menos absurdo y desdichado universo de los corruptos. Algo similar a la invocación de las sesiones espiritistas. Solo que en este caso al “más allá” se va a cuatro patas bajo el faldón de la mesa y no se encuentran precisamente espíritus sino muy corporales ladrones ávidos de espoliar los bienes materiales de todos para dejarlos en la ruina. El origen de la ruina parece estar al otro lado de ese agujero negro familiar que es la mesa camilla. Y ese recurso fantástico introduce la magia que rompe el costumbrismo inicial de la pieza y le da otro cariz imprevisto, algo singularmente típico de la nueva dramaturgia que está erigiendo Jordi Casanovas. ¿Qué solo hay una puerta en el apartamento? Pues inventamos otra.

Esa invención es la que reconduce las exacerbadas posturas de cada uno de los personajes, que finalmente encuentran una inesperada segunda puerta para no quedar atenazados en sus errores. Silvia podrá salir de su burbuja infantil, sin perder el sentido de la esperanza, mientras que Toni calmará su furor aceptando la transformación del mundo que se avecina sin terror o Abel dejará de ser la víctima inhibida de sí mismo. Tras ellos, los demás personajes hallarán también su segunda puerta que viene a simbolizar la aceptación sin dramas de ese tiempo nuevo que se acerca irremisiblemente.

La dirección de Noé Denia orquesta con particular maestría ese ballet de personajes en frenético movimiento hasta desembocar en el sosiego final. Escrita cuando parecía que España iba a experimentar un estallido social análogo a la Argentina del “corralito”, Noé Denia le da un enfoque dirigido a aceptar con placidez e ilusión una nueva época donde la corrupción y el poder de las finanzas se hayan esfumado. Sin embargo, a pesar de la sinceridad revolucionaria que desea imprimirle a esa tesis política, el extremo carácter naif del final escrito por Jordi Casanovas le proporciona un aire imprevistamente sarcástico. Como la magia de la mesa camilla, la felicidad final adquiere el tono de los cuentos infantiles cuando una conclusión ilusoria procura ocultar al niño la percepción del sufrimiento real. Más allá de los propósitos del director de escena, la aparente tesis optimista última, llega al público como una ironía sobre el cruel autoengaño de las buenas intenciones.
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