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ENTRE EL THRILLER, EL DRAMA SOCIAL Y LA COMEDIA NEGRA

'El club': Pablo Larraín mete el dedo en la llaga de la Iglesia

viernes 09 de octubre de 2015, 09:10h
El cineasta chileno Pablo Larraín firma en El club una inteligente y áspera crítica sobre la hipocresía eclesiástica que logra la crudeza absoluta sin caer en la gratuidad y el morbo.
'El club': Pablo Larraín mete el dedo en la llaga de la Iglesia

EL CLUB

Director: Pablo Larraín
País: Chile
Guión: Guillermo Calderón y Daniel Villalobos
Fotografía: Sergio Armstrong
Reparto: Roberto Farias, Antonia Zegers, Alfredo Castro, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking, Jaime Vadell y Marcelo Alonso
Sinopsis: Cuatro hombres conviven en una retirada casa de un pueblo costero, bajo la mirada de una cuidadora. Los cuatro hombres son curas y están ahí para purgar sus pecados. La rutina y tranquilidad del lugar se rompe cuando llega un atormentado quinto sacerdote y los huéspedes reviven el pasado que creían haber dejado atrás.

Lo mejor: Un perfecto equilibrio entre contar lo oscuro sin paños calientes y no caer en lo gratuito | El uso de la palabra como arma punzante | Una fotografía gris y exquisita | La capacidad para sorprender | Un interesante fondo reflexivo
Lo peor: Sigo pensando...

La potencia del cine de Pablo Larraín no es cosa nueva. El Club es ya su quinta película y no hace sino reafirmar al chileno como uno de los cineastas con más personalidad del panorama actual. La cinta acentúa el gusto de Larraín por escrutar los rincones más oscuros de la Humanidad, por enfrentar al espectador con realidades poco agradables y por hacerlo, eso sí, con la elegancia y el equilibrio de un cine con mayúsculas.

El realizador arranca con una secuencia de situación, la que nos lleva a un pueblo costero chileno y nos muestra una casa con jardín en la que viven cuatro hombres de avanzada edad y una mujer que los cuida. Con una atmósfera gris y húmeda, como el mar que empapa el ambiente, Larraín busca la poética para contarnos en un par de planos la cotidianidad de esta especie de familia hecha de retales: entrenar en la playa a un galgo, cultivar un pequeño huerto, comer sentados todos a la mesa, rezar… Las imágenes respiran una paz inquietante que se resuelve a pocos minutos del metraje cuando el director desvela la verdad de donde nos ha metido: una casa de “retiro” para curas apartados de la labor pastoral, un lugar lejos de toda realidad en el que estos cuatro hombres del Señor expían sus pecados bajo la atenta mirada de una monja que vigila eventuales salidas del camino. La llegada de un quinto inquilino rompe el universo en el que los demás habitan, levanta de cuajo esa cotidianidad superficial que habían logrado y escarba en fondos ásperos, crueles.

Mejor no desvelar más sobre unos personajes perfectamente medidos, tan de carne y hueso que donde en un plano despiertan despertar lástima o esa simpatía propia del patetismo, en el siguiente llaman a la repugnancia. Los cuatro curas, el quinto e inesperado personaje y la monja de Larraín están en las Antípodas del maniqueismo y son capaces de intrigar, shockear y de moverse fluidos por una trama que, a pesar de su dramatismo, sabe flirtear a ratos con el thriller e, incluso, la comedia negra.

Y es que la maestría de Larraín radica en lograr una crudeza absoluta que, sin embargo, no cae en la gratuidad. Las palabras, sin censura ni remilgos, brotan afiladas de boca de los personajes, y hieren –casi como otros tantos silencios- a un espectador que se convierte por momentos en confesor de esos personajes pecadores y corrompidos. Miradas a cámara que apelan directamente al público y le hacen partícipe de la inmunda apariencia, causando dolor con un plano fijo y un monólogo, sin necesidad de filmar recursos de imagen que hagan aún más evidente la evidencia. Larraín mete el dedo en la llaga de la Iglesia, de esa política de barrer para casa y meter la mierda bajo la alfombra que durante tantos siglos ha seguido. Y lo hace de una forma la mar de inteligente.
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