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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

En manos del enemigo, de Alonso de Santos: una mirada propia sobre la inmigración

domingo 15 de noviembre de 2015, 16:50h
En manos del enemigo, de Alonso de Santos: una mirada propia sobre la inmigración
Esta joya teatral nos revela un rostro menos conocido del autor de “Bajarse al moro”. La carcajada deja paso aquí a un aura poética, permaneciendo intactas sus preocupaciones y mostrándonos a unos protagonistas, dos inmigrantes, de la estirpe de sus personajes más genuinos: los marginados. Un tema crucial de nuestra época abordado desde la visión personal y sin estereotipos de uno de nuestros mayores dramaturgos.

En manos del enemigo, de José Luis Alonso de Santos

Director de escena: Fernando Soto

Intérpretes: Ahmed Younoussi, Paco Manzanedo, Dani Gallardo y Miguel Barderas

Lugar de representación: Teatro Galileo (Madrid). Gira

Al fin sube al escenario una de las escasísimas piezas teatrales de José Luis Alonso de Santos que se habían quedado atrapadas en las páginas de los libros. Y no por falta de actualidad. En manos del enemigo está protagonizada por un expatriado y un inmigrante ilegal que se encuentran por casualidad en una playa indeterminada de la costa del sur de España. Inmigrantes, desplazados, refugiados, ya sea los que son acogidos, o bien a los que se detiene mientras saltan las vallas, o quienes llegan ya cadáveres a tierra, son desdichadamente una noticia persistente desde hace décadas que golpea nuestra conciencia y que envuelve con una actualidad digamos permanente -valga la paradoja- a una obra como la escrita por José Luis Alonso de Santos.

A lo que resulta necesario añadir una precisión más: el brillante autor de La estanquera de Vallecas no la ha elaborado precipitadamente al hilo de las preocupantes informaciones que saltan a las pantallas de nuestros televisores, y acaparan los titulares de los periódicos, sino que se trata de una obra realizada durante mucho tiempo, reescribiéndola a partir del impulso inicial recibido de un relato de Máximo Gorki, devanando y deshilvanando su tejido hasta dejar satisfecho a su autor con un texto que llevaba ya demasiados años publicado y sin representarse en nuestro país.

Por un lado no resulta extraña la presencia de los dos protagonistas, el marroquí ilegal Mustafá y el expatriado ruso Checa, al margen de la ley en un rincón de la costa mediterránea española, porque ambos pertenecen a la estirpe más genuina de los personajes que caracterizan su dramaturgia. En una “Nota de autor”, aparecida al frente de Yonquis y yanquis, muy anterior a En manos del enemigo, Alonso de Santos consignó estas esclarecedoras palabras: “Me han preguntado muchas veces por qué la mayoría de mis obras hablan de marginados y de víctimas que no se resignan a serlo. Ellos son el manantial de donde surgen mis historias porque gritan frente al muro que se ha construido para dejarles fuera.” ¿Qué personajes más representativos de quienes se quedan fuera del muro, al otro lado de la frontera, que este musulmán llegado en patera y explotado en los campos de recogida de la fresa, y su antagonista ruso que vive en un limbo sin patria, casa ni hogar, y cuyas únicas raíces son una pequeña barca usada para un menudo trapicheo de droga?

Al mismo tiempo, la lentitud y la continua reelaboración que durante años ocupó al dramaturgo vallisoletano hasta concluir En manos del enemigo, quizá se deba a la autoexigencia del autor por no caer en el estereotipo ni en los lugares comunes de los discursos predecibles a favor o en contra de la inmigración. Las crónicas periodísticas, los debates televisivos y radiofónicos, los discursos políticos prefabricados nos han saturado de engañosos tópicos. Frente a ellos, En manos del enemigo nos ofrece una historia singular, un relato con desarrollo imprevisible, dotado de una perspectiva peculiar y diferente que rompe cualquier molde trillado.

Por ello, lo primero que se agradece es que el autor no discursee sobre la inmigración. Los personajes revelan sus creencias y expectativas mediante la acción, una acción que siempre es apremiante, necesaria, perentoria. Checa descubre a Mustafá durmiendo en su barca y lo expulsa con golpes e insultos. Después pensará que puede utilizarlo a bajo coste en una pequeña pero peligrosa operación de contrabando. Así pues, la relación que se establece entre ambos expatriados no es de colaboración sino de puro y simple dominio del más fuerte hacia el más débil, dentro de la imperiosa lógica de la supervivencia. La explotación se reproduce con la máxima crueldad entre los propios excluidos en la frontera: José Luis Alonso de Santos no se hace grandes ilusiones sobre la altura de miras de los que sufren, y mucho menos cae en el error de beatificarlos.




En cierto modo, la relación de ambos personajes recuerda la contraposición entre amos graves y criados graciosos de nuestro teatro barroco. No deja de existir cierto hilo de comunicación del Mustafá de esta obra con el Alcuzcuz de Amar después de la muerte, de Calderón de la Barca, un berberisco parlanchín, ingenioso y bebedor frente al código del honor de su amo el caballero Don Álvaro Tuzaní. Checa, por el contrario -equiparable al amo serio con un sólido modelo de conducta-, está más curtido y es más lacónico, habla con imperativos y entierra dentro de sí mismo sus pasiones y sentimientos hasta neutralizarlos de una forma casi absoluta. Por eso admira tan profundamente el mar del que vive, sobre el que dice: “A mí me gusta mirar el mar, sobre todo de noche, como ahora… Es oscuro, misterioso, y parece que está vivo, se mueve siempre… y no se queja. Sólo está ahí y ya está. No quiere nada ni espera nada… ¡Pero no se queja! Le da igual nuestras vidas. Sólo es eso: mar.”

En buena medida ese mar insensible simboliza la indiferencia social que rodea a estos apátridas. Pero también encarna el ideal que Checa quiere para sí mismo: el desdén hacia el sufrimiento propio, la impasibilidad, la dureza necesaria para no compadecerse ni quejarse. Planteada en estos términos, la pieza se convertirá en el drama de una sutil y sorprendente transformación. En la lucha entre ambos protagonistas, Checa tendrá un furioso gesto de desprecio altanero hacia Mustafá, que, por obra de las circunstancias, se trastoca en una imprevista expresión de altruismo que le salva la vida. Una intervención mafiosa que irrumpe por sorpresa hace que las perspectivas de ambos giren drásticamente. La transfiguración es profunda y surge, como un milagro, un vínculo de empatía, que les obliga a ambos a ver todo de otra manera. Es el punto de esperanza al que se aferran los personajes -y el autor- frente a una realidad despiadada. Será una empatía imprevisible pero efectiva, que anula entre ellos los prejuicios culturales, el choque de culturas, la diferencia de temperamentos, las jerarquías, los egoísmos. Checa vuelve entonces a contemplar al mar indiferente, pero ya no se identifica con él: “El mar no se entera de nada…, va y viene y todo le da igual… pero nosotros estamos vivos, ¡vivos! Es como si todo se colocara y encajara en su sitio de una vez.”

No nos hallamos ante el José Luis Alonso de Santos cómico, menos aún ante el asombroso maestro de la concisión que hila carcajada tras carcajada en cada réplica. Se trata de una joya donde se dan cita todas sus grandes preocupaciones de forma morosa y pausada, sin precipitaciones. Una oportunidad de acercarnos al rostro menos conocido de Alonso de Santos, en el que la implacable acción se ve envuelta aquí en un aura dramática y poética, en una ejemplar mirada propia sobre uno de los grandes retos de nuestro tiempo.

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