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TRIBUNA

¿No a la guerra contra nazis?

lunes 23 de noviembre de 2015, 18:50h

En estos tiempos de zozobra y agitación, la beatería progresista exhibe con petulancia ideológica su santo y seña, el buenismo, reclamando diálogo con los terroristas y comprensión hacia sus atentados. Aunque fue derribado el totalitarismo soviético, la izquierda radical es hoy fervorosamente devota de esa trágica y bárbara superchería que se escondía tras el telón de acero. Y sus sacristanes, como fidelísimos imitadores de aquellos métodos insidiosos, se empeñan en buscar siempre las aguas turbias. Adolecen de un sinfín de rémoras, pero sobresalen aparatosamente por poner siempre sus propios intereses por encima de los generales y, por supuesto, por su sectarismo fanfarrón y su contradicción sistemática.

De haber vivido en la Europa de 1938 estos corifeos del progresismo a buen seguro que habrían dialogado confiadamente con Hitler en Munich. Como hicieron Chamberlain y Daladier con nefasto resultado para la paz y la Humanidad. Incluso, podemos imaginar como en pleno fragor de la II Guerra Mundial, Carmena, Iglesias, Zapata y la alcaldesa de Córdoba hubieran acudido en comisión rogatoria ante la mismísima Cancillería del Reich para allí requerir razonada y mansamente a la despiadada jerarquía nazi al completo que dejaran de gasear judíos en los campos de exterminio y pusieran fin a la guerra de aniquilamiento activada contra media Europa. Todo en aras del petulante pacifismo y la hipocresía del No a la guerra.

Conocedores de la abierta vulnerabilidad de las democracias para que se les haga toda suerte de fraudes, estos frentepopulistas están habituados a utilizar a su conveniencia las formas democráticas para subvertir el orden social con políticas disolventes y convulsas bajo vocabularios técnicos sugestivos. Como tipos achulados proclives a las vulgaridades demagógicas propias de cualquier agitador encaramado en una tribuna, piden libertades pero preconizan un totalitarismo tiránico que es el final de toda libertad. Da miedo pensar que lacayos de esta dimensión puedan llegar a las cimas del poder público. Individuos de esta catadura moral infunden mucho más pavor que los programas destructivos de sus predicaciones. Desvirtúan con su incoherente actitud y su abyecta sumisión hasta esa lucecita de justicia que suele encenderse en los movimientos revolucionarios y, en ocasiones, da razón del éxito de sus propagandas. Dicen predicar el bien y preferiríamos tenerlos lejos de nosotros.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    1156 | Espectador - 23/11/2015 @ 21:37:26 (GMT+1)
    Lo que usted sugiere en la Segunda Guerra Mundial es justo lo que ocurrió. Cuando Francia e Inglaterra declararon la guerra a la Alemania nazi por la invasión de Polonia, los miembros del poderoso Partido Comunista Francés no es que se manifestaran en contra; es que directamente sabotearon los esfuerzos bélicos de su propio país. El comunismo staliniano y la Alemania hitleriana no solo se habían repartido Polonia; a ojos de los comunistas franceses compartían su odio a las democracias occidentales, y por eso los nazis no eran el verdadero enemigo, aunque estuviesen invadiendo Francia. Hubo que esperar a que Hitler atacara a la Unión Soviética para que los comunistas franceses empezaran a luchar en la resistencia.
    Pues ahora ocurre lo mismo; los islamistas radicales comparten con la izquierda el odio a Occidente, y por eso sus crímenes son vistos con tanta comprensión y empatía. Solo que esta vez, ni siquiera el ataque de los terroristas a la Rusia de Putin parece ser suficiente para hacerles cambiar de opinión. Quizás porque Putin, aunque antiguo dirigente del KGB, se deja fotografiar junto a Popes Ortodoxos, y habla de defender los valores tradicionales de Europa, esos que los izquierdistas odian.

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