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TRIBUNA

Y se llamaban Mahmud y Ayaz

miércoles 03 de febrero de 2016, 21:55h
El 19 de julio de 2005, dos jóvenes de unos 17 años fueron colgados de una grúa en la ciudad iraní de Mashad. El delito de ambos fue ser homosexuales. La noticia se propagó a gran velocidad por muchos periódicos occidentales y no faltaron reacciones en contra como la del propio José Manuel Lucía Megías, quien tiempo después escribió un poemario titulado “Y se llamaban Mahmud y Ayaz”, en señal de su deseo de no mantenerse al margen y vencer a ese silencio que con su pasividad permite que sucesos de este tipo se sigan repitiendo por muchos lugares del planeta en pleno siglo XXI.

Con dramaturgia y dirección de Carlos Jiménez, la obra teatral “Y se llamaban Mahmud y Ayaz” se puede ver en Biribó Teatro, siendo protagonizada por un estupendo trío de actores: Elisa Marinas, Daniel Miguelañez y Alfonso Gómez. En realidad, el verdadero protagonista del espectáculo teatral es el silencio, nuestro silencio (Elisa Marinas), porque, al final, éste termina convirtiéndose en el mayor cómplice de este tipo de atrocidades. El mensaje queda claro: solo desde una moral crítica e individual que denuncia las violaciones de derechos humanos cabe plantarle cara a este tipo de actos de barbarie; sin embargo, la obra teatral nos recuerda que esa voz de denuncia calla la mayoría de las veces. Por eso me parece que está más que justificado el papel que encarna Elisa Marinas, quien magistralmente interpreta la voz de la conciencia en el sentido más íntimo y personal pero, al mismo tiempo, el de la denuncia abierta y descarada, invitando a pensar y a reflexionar sobre la inacción cuando se atropellan derechos humanos.

Todo ello me hace recordar al gran filósofo del derecho inglés contemporáneo, Herbert L. A. Hart, cuando afirmaba que si no distinguimos el derecho de la moral corremos el riesgo de que la ley positiva pueda terminar suplantando a la moralidad; idea ya resaltada mucho antes, pero no por ello menos olvidada, por el relevante filósofo utilitarista Stuart Mill quien enfatizaba en su obra On liberty que el principio de evitar un daño a otros es la única justificación para la imposición coactiva. La teoría de Mill defendía con agudeza el postulado de que si ciertas conductas reputadas inmorales no hacen daño a otros (pensemos, por ejemplo, en la homosexualidad) entonces no deben ser reforzadas por las normas jurídicas. Con otras palabras: hay que poner límites al ámbito del Derecho Penal en la regulación de las conductas privadas que, al fin y al cabo, no hacen daño a nadie.

Personalmente, me ha parecido un acierto el haberse servido para el montaje teatral de un bello y delicado poemario para presentar ante el espectador el cuadro desolador y duro de dos varones enamorados a los que se les castiga con la muerte en la horca. Ello precisamente creo que posibilita que el espectador no se sienta incómodo dentro de ese escenario tan brutal y triste del que queramos o no todos somos corresponsables.

Los actores nos transmiten el dolor de esas almas desgarradas por la incomprensión de la sociedad que los excluye por su condición sexual que es irrenunciable, convirtiéndose en víctimas inocentes. El amor que se sienten se transmite no sólo con el texto emotivo y evocador sino al recordarnos con la trama que la condición sexuada es sólo una parte del amor interpersonal. Es decir, no hace falta erotismo ni sexualidad para entender que esos dos seres se amaban y querían.

Esta manera de hacer teatro posibilita, a mi juicio, que este arte se ponga al servicio de la reivindicación para motivar comportamientos, capaces de transformar la moral de la sociedad. No olvidemos que las sociedades son colectivos muy plurales que evolucionan al ritmo de cambios de mentalidad que por suerte nacen de minorías críticas valientes que no se alían con el silencio y la contemplación pasiva de la violación de derechos.

Si me ha gustado este espectáculo es porque trata de invitar a pensar al espectador para que sea un ciudadano comprometido, reflexivo, valiente, capaz de denunciar las injusticias allí donde existan. Ello exige valor y desde luego Biribó Teatro ha demostrado que lo tiene al acoger en su aforo este poemario que nos trae a la memoria cómo la injusticia existe gracias a los que con su silencio la convierten en la protagonista principal de sus vidas.

Es, por ello, nuestra misión como ciudadanos exigir unos controles de racionalidad a la moral social que nos viene dada e impuesta para que las leyes no rebasen los límites morales que amparan la dignidad humana, por más que éstas se apoyen en la decisión de una mayoría. Por consiguiente, hay que decir sí al control moral del derecho pero siempre desde principios críticos y no desde meras reglas sociales positivas.
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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    1794 | ELENA - 05/02/2016 @ 14:55:12 (GMT+1)
    Yo estuve viendo la obra el sábado, en el teatro Biribó, y el artículo la refleja perfectamente. Mis felicitaciones a Cristina Hermida por escribir este artículo.

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