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JORNADA 24: BARCELONA 6 CELTA 1

El Barcelona enamora en una segunda parte en que lució liderato y excelencia | 6-1

domingo 14 de febrero de 2016, 22:18h
Superó el Barcelona una primera parte soberbia del Celta con una legendaria conjunción técnica liderada por Messi y Suárez -que anotó un hat-trick-. La aceleración catalana tras el descanso desbordó a los vigueses y terminó por suponer una exhibición de calidad casi artística en la que Iniesta, Neymar y Rakitic también encontraron hueco. Aterriza en la excelencia el líder del campeonato con la sensación de haber tocado techo estético y pragmático.


Parecería que los perseguidores se hubieran puesto serios en el balcón del regreso de la competición europea y la contracción del calendario. Los triunfos de Real Madrid y Atlético en duelos resbaladizos se añadían a la perspectiva que afronta el Fútbol Club Barcelona en las próximas semanas: Celta, el envite de este domingo, Sporting de Gijón -el duelo aplazado por la disputa del Mundial de Clubes que engrosaría el colchón o comprimiría la cima liguera- y el desplazamiento hacia el urgido Las Palmas. Este intervalo de exigencia anatómica y mental arribaba para el coloso en una suerte de impasse, en el que la excelencia esteticista quedaba relegada al margen estadístico. No obstante, la marca de batallas consecutivas salvadas como invicto registra un récord de 29 duelos. Y, amén de los desajustes colectivos que han trompicado el recorrido a domicilio, el curso se ha confirmado como un desafío a la regularidad de Leo Messi. El astro nuclear ha padecido una lesión de rodilla –septiembre-, repetidas molestias musculares y un cólico nefrítico –diciembre- que culminó en la litotricia aplicada esta semana. Por todo ello, tanto La Pulga como el vestuario parecen contemplar este tramo como el previo a la explosión. Es decir, el foco estaría fijado en seguir ganando. Ya arribarán citas más importantes y rendimientos más relamidos.

Luis Enrique afrontó el recibimiento al Celta, en consecuencia, entremezclando la exigencia del presentismo, el planificado rodaje y la gestión del reparto de esfuerzos. Así, Sergi Roberto sentó a Rakitic de inicio para abrigar a la pareja Busquets-Iniesta. Messi regresaba a la compañía de Suárez y Neymar y la retaguardia lucía su alineación de gala, con Mascherano y Piqué recogidos y Alves y Alba desplegados. El planteamiento, en paralelo a la elección de los nombres en liza, constituiría una reproducción de los conceptos que edifican el rendimiento coral automatizado del gigante blaugrana. Fluidez con la pelota, rigor posicional, vigilancia tras pérdida y doblez vertical según exija la tesitura. Imponer el pentagrama, como de costumbre, ante un rival que presumiblemente sollozaría con el paso de los minutos y el efecto del cansancio copero. Sin margen de error pero con una notable horquilla de crecimiento sentó las bases teóricas el líder del fútbol nacional.

Eduardo Berizzo, por el contrario, no gozó de la libertad de elección de su colega. El técnico argentino se vio obligado a elaborar una reconstrucción nominal que trataría de no repercutir en la filosofía identitaria de ritmo con pelota y vuelo. Nolito, Fontás, Bongonda, Sergi Gómez, Iago Aspas y Orellana permanecían fuera de la lista de aptos, generando un solar que también reducía las opciones de alcanzar la utopía en el Camp Nou por la resaca de la infructuosa épica. El equipo, en cuadro, buscaría evocar cierta competitividad radicado en un once de circunstancias. Sergio volvía a estar bajo palos, Mallo y Cabral cuerpearían con Suárez y Jony y Planas habrían de afanarse en el achique, amarrados más de lo habitual. Radoja, el Tucu Hernández, Wass conformarían una medular musculosa, pero no exenta de talento ni de llegada a posición de remate, y Beauvue, Señé y Guidetti completaban una punta improvisada con más movilidad que veneno. El libreto del Toto contemplaba la cohesión interlineal, inteligencia en la gestión del cuero y el frenesí a la contra como líneas de obligado cumplimiento para ir ganando minutos al reloj y desestabilizar la frugalidad local.

Salió el Celta a presionar arriba, con cuatro piezas en la primera línea, pretendiendo efectuar un prematuro salto de página y ahondando en la valentía característica de la propuesta celtiña. Respondió el Barça alzando su presión para ahogar las combinaciones puntiagudas visitantes y obtener, con celeridad, el dominio de la pelota con el fin de alimentar el pretendido soliloquio. En respuesta, el club gallego colapsó los pasillos centrales de avance blaugrana y asumir el riesgo que conllevaba el desborde por los costados, con Alba y Alves apoyando a Neymar y Messi. La eficaz red de ayudas y atisbo de amenaza al contragolpe gallegos consiguió amortiguar la presumible fulgurante salida barcelonesa, que durante los primeros 10 minutos padeció cierta precipitación por la horizontalidad forzada. De hecho, el bagaje de aproximaciones culés en el epílogo se limitó al balón parado. El soberbio control propiedad de Suárez tras un envío frontal provocó el derribo, en la frontal, de Planas. El descontextualizado episodio confluyó en la centrada falta lanzada por Messi cerca de la madera.

Antes y después del único disparo catalán estiró el Celta a sus obreros hasta chutar desde la frontal una pelota que lamió el poste de Bravo -minuto 6, en las botas de Sené- y cabecear a las manos del meta chileno –minuto 12, en un saque de esquina rematado por Beauveau-. Había recalcado el conjunto vigués a su ilustre oponente el cariz alejado del presunto trámite de la empresa que afrontaba. La continuidad cosechada por el Celta en el control de la pelota, más contemporizadora que con atisbo de la portería local, discutió la ideada operación de rutilante dominio trabajada por Lucho. Wass y Hernández en la distribución, Radoja en el rol de volante tapón, los laterales Jony y Hugo Mallo incorporados a la circulación y la labor entre líneas de Señé y Guidetti congelaron el ritmo elevado asociativo que acostumbra a implementar el campeón de todo. De esta manera, sólo Neymar estrenó los guantes de Sergio al captar un rechace desde dentro del área -minuto 15- atravesado ya el primer cuarto de partido.

La sorprendente comodidad de la trama viguesa se aliaba con la distancia entre líneas del esquema de Luis Enrique, hecho que complicada la elaboración catalana hasta el punto de abrasar la salida coherente desde la cueva y generar ardores a la pureza local. Así, una pérdida del arrinconado Sergi Roberto entregó a Señé un esférico que terminó por significar el primer acercamiento serio del envite. Planas, que acompañó la inesperada transición, acogió la pelota dentro del área, recortó a Piqué y chutó, con timidez, para el despeje de Bravo -minuto 24-. Sin duda, el sparring había negado tal caracterización en un arranque de partido sobresaliente, dictando el tempo a través de un considerable ejercicio de concentración y solidaridad que constriñó al Barça a modificar su hoja de ruta hacia el repliegue y salida. La línea defensiva gallega yacía en la medular y los espacios tras robo no hacían sino afilar los dientes de la inédita tripleta azulgrana. Un riesgo asumido por Berizzo que, hasta el momento, era conjugado como elemento accesorio a la línea argumental.

Pero, a pesar de haber cultivado un triunfo parcial rotundo, que incluida el robo de la escena al candidato a revalidar el triplete, arrinconándole al papel de sujeto pasivo, el fútbol se empeña en recordar, con tozudez, la trascendencia de la calidad. El mejor desempeño colectivo visitante, palmario durante casi 30 minutos, se deshilachó con otra escapada solitaria de Suárez, que no sólo sacó a los suyos del encierro, sino que clavó otra falta en la frontal del área contrincante. Era la segunda ocasión en la que Messi tomaba el cuero y dibujaba en su mente un lanzamiento a la escuadra. Esta vez lo hizo realizad con un golpeo de terciopelo –minuto 28-. El paisaje desatado no concebía otra argucia para la apertura del marcador del lado culé. El balón parado y la calidad, esa circunstancia que no entiende de táctica ni marcajes, sobrevino para la sonrisa de un Barcelona que respiraba para soltar el desasosiego previo.

Como experimentara en la vuelta de su cruce ante el Sevilla en tantos otros reveses, el bloque del Toto no mutó el rictus y el Celta mantuvo la idea de juego y el ambicioso despliegue posicional que le había llevado hasta ese complaciente punto. En consecuencia, los roles repensados mantenían vigencia: el Barcelona replegaba para encontrar el espacio y marcar diferencias en base a la calidad de sus piezas en transición o a balón parado, y el equipo vigués asumía el mando del tempo y se gustaba en el cortejo de la pelota. Bajo este paraguas se abrió una oquedad para la reducida relación de llegadas. Beauvue cazó una volea sensacional, casi sin ángulo, que obligó a Bravo a lucir reflejos para sellar el primer poste -minuto 33- y Jordi Alba mandó a las proximidades del larguero un disparo posterior al despeje vigués tras un centro lateral de Neymar –minuto 38-.


No comprendía cómo recuperar la continuidad en la posesión y la batuta del duelo un Barcelona que, en ningún momento, se había manejado sobre sus presupuestos. Y el imponente esfuerzo de los obreros vigueses y el clinic táctico de su banquillo concluyeron por arrancar un merecido empate -consiguiente a la lógica en la que se desarrollaba el enfrentamiento- en el 40 de juego. La contra acelerada, con tres atacantes para cinco zagueros, culminó en un pase infructuoso que Jordi Alba no supo proteger. Guidetti, destacado hasta entonces por la sabiduría de sus movimientos, recuperó al balón y fue derribado, de manera inocente, por el lateral campeón de Europa. El delantero sueco asumió la responsabilidad del penalti y ajustició el fallo en la vigilancia perfilando su cruzado disparo a la cepa del poste. La estirada de Bravo tocó futilidad y el 1-1 confirmó el carácter competitivo del recién eliminado en las semifinales de Copa. Había delegado la intensidad el Barça al tiempo que sus líneas se rompían y su creación no conseguía prolongar el control en el minutaje ni incomodar a Sergio. La entrega del protagonismo y desatención de un equipo que asemejaba dejarse llevar y esperar que la victoria arribara por el decantar de los acontecimientos aupó el fuelle visitante.

Quiso el líder realizar una aceleración que topara frontera con el descanso. Y consiguió, entonces, desestabilizar la placidez general viguesa. El cambio de ritmo combinativo y el ascenso de vatios y metros repercutió en el repiqueteo de ocasiones postrero: Suárez, el más activo de la ofensiva local, se desmarcó para rematar desviado y en escorzo -minuto 42-; Neymar, que sólo se desperezó en esta altura, sentó a Mallo en la frontal para enviar al cielo el lanzamiento de falta posterior –minuto 44-; y un chut desatinado del carioca desde la frontal clausuró el primer acto. Ganó la primera batalla de la guerra el Celta, pero la amalgama de esfuerzos y las tres amarillas que condicionaban a dos centrales y un lateral (Cabral, Planas y Mallo) jugarían a favor de un Barcelona que, en cualquier caso, guardaría en su libreto la intencionalidad de conducir la inercia hacia un partido largo. En ese escenario, el que definiría el desenlace, la plantilla dirigida por el Lucho contaba con ventaja.

Buscó el Barça metamorfosear el ritmo y la apariencia del enfrentamiento en la reanudación. Alzó las revoluciones combinativas, con y sin balón, y extendió una llamarada que arrinconó al Celta. Le tocaba mostrar capacidad de sufrimiento al conjunto gallego, que se veía por primera vez al borde de su eje por mor de la multiplicación de desmarques internos y externos. En esta vertiente explicó su relevancia en el juego Neymar, que no llegó a rematar en el balcón del área pequeña por poco y encendió al estadio a continuación, en el 47. Dribló a Mallo, pegado a la cal y en aceleración, sentó a Cabral pisando el cuero en un homenaje al espectador. Sobre la línea de fondo detectó la presencia retrasada de Suárez, que conectó su remate con el poste. Al tiempo, Iniesta emergió de su letargo distribuidor y Messi empezó a desequilibrar entre líneas. No podía reclamar oposición en bloque celtiña, que se afanaba por acumular piezas al borde de su área, colapsar el centro y achicar agua a la espera de que amainara el vendaval.

La renacida algarabía con pelota se vio acompañada por el refresco de la pulsión competitiva, reflejada en una presión verdaderamente asfixiante. Susurraba el Celta salidas y tomas de respiro con la pelota y en transición pero no vislumbraba la orilla. Un fallo en la agobiada salida de pelota entregó el cuero a Messi, que cedió para el chut de Iniesta desde el centro del área. Sergio reaccionó para salvar a los suyos, de momento, en una exhibición de reflejos –minuto 57-. Y este aviso se tornó en realidad tangible de inmediato. Dos minutos después del primer acercamiento ponderable, Suárez cedió a Messi en la frontal. La Pulga contemporizó con hielo en las venas y trazó un pase aéreo con terciopelo. El charrúa, desmarcado a la espalda de la zaga, dejó correr la bella asistencia y continuó la pintura con un golpeo a la escuadra del palo largo. El renacimiento de la actitud local, patrocinada por la charla del preparador asturiano en vestuarios, volvió a adelantar a un Barça que se descubrió en plena elaboración de la exquisitez.

Aprovechó el momentum Luis Enrique para sacar de escena a un decrépito Alves y al vaciado Sergi Roberto, y dio la alternativa a los pulmones y clase de Rakitic y a la efectividad de Aleix Vidal. Berizzo leyó la inercia y sentó a un agotado Tucu Hernández para incluir la experiencia en el sostén de un centro del campo del chileno Marcelo Díaz. Aspiró el erosionado equipo gallego a relativizar la marejada y sacar a su defensa de la cueva. Y alcanzo dicho objetivo en el ecuador del segundo tiempo. El paréntesis tomado por un Barça que tendía a la horizontalidad lanzó el ascenso de metros de la estructura visitante. El resultado de tal movimiento cultivado desde la banda ofreció tres sustos voluminosos a la dominante versión blaugrana: Guidetti lanzó a las nubes una volea propicia desde el extremo izquierdo del área –tras una contra rápida, en el 66 de juego-; Wass remató otra transición frenética, desde el punto de penalti, en soledad y con todo a favor, fuera de palos; y volvió a encontrar al meta chileno tras el enésimo contragolpe celtiña que lanzaba a tres piezas al área contrincante -minuto 73-. La apnea de concentración e intensidad azulgranas recuperó el florecimiento competitivo visitante, que penaba la vigilancia de una medular local rebosada. Pero perdonó y la falta de pericia rematadora le costaría los tres puntos y la segunda derrota precedida de un heróico desempeño de manera consecutiva.




Una imprecisión en la salida de pelota gallega cayó en los cordones de Messi. El argentino aglutinó la atención de buena parte del repliegue rival para leer el desmarque de ruptura de Neymar, que acomodó su figura a la trayectoria del envío con premura y sentó a Sergio. Sin ángulo ni segundos para pensar, chutó y Suárez remató a la red otra delicada obra del tridente barcelonés para engordar su candidatura a la Bota de Oro. El decisivo 3-1 apareció en el minuto 75 y el sudor derrochado por el club de Vigo bajó los brazos de la energética mentalidad expuesta.

El último cuarto de hora aconteció otorgando espacio para Arda Turán, que sentó a un ovacionado Iniesta –iluminado en el segundo tiempo-, para Drazic –que sustituyó a un buen Gudietti- y para Cheikh –que tomó el relevo de un desfondado Wass-. Pero, sobre todo, sirvió de marco para el repunte espectacular del Fútbol Club Barcelona, con Messi y Suárez como maestros de ceremonias. Destapó le ensoñación el argentino con un número técnico salpicado de fintas en espacios reducidos que terminó en penalti. En el lanzamiento, guinda a la guinda, emuló a la invención de Cruyff -en 1982 y ante el Helmond Sport-, lanzó con suavidad la pelota hacia adelante en lo que significó una asistencia para el tercer tanto del charrúa y el alboroto del respetable. En el homenaje a este deporte en que se convirtió la recta final, con el 10 evidenciando lo alejado de su estirpe para con el resto de futbolistas, encajó también el pase aéreo de Suárez al centro del área para la suave vaselina con que Rakitic alcanzó el quinto para su equipo y el toque fantasioso de Neymar para superar la salida de Sergio y bajar el telón en el descuento.


Se decretó el minuto 90 con la lectura de bipolaridad del duelo. El Celta, valiente y autoritario, maniató al gigante catalán en el primer acto, en base a una eficaz soga táctica y la clarividencia para robar la pelota y llegar a los palos de Bravo. Y el Barcelona, cuando quiso, es decir, desde la reanudación, aceleró la intensidad y ritmo, con y sin pelota, en una directriz que en principio buscaba resolver el partido y terminó por alinearse con una actuación legendaria. Para el recuerdo queda inscrito el penalti lanzado por Messi y anotado por Suárez y el envoltorio, finalmente, esteticista que recupera para el Barça el carácter referencial del balompié internacional. Después de la pomposa ostentación desplegada, evidente por encima del trabajo colectivo tras pérdida, pocos argumentos rebaten la superioridad coral del equipo culé sobre cualquier variable ofensiva que se plantee. El chispazo de este domingo excede la frialdad estadística y nutre la relación entre estos jugadores y la trascendencia histórica de la etapa post-Guardiola.


Ficha técnica:
Barcelona: Bravo; Alves (Aleix Vidal, min.61), Piqué, Mascherano, Alba; Busquets, Sergi Roberto (Rakitic, min.61), Iniesta (Arda, min.77); Messi, Suárez y Neymar.
Celta:
Sergio; Jonny, Cabral, Planas, Mallo; Radoja, Wass (Pape, min.84); Pablo Hernández (Marcelo Díaz, m.65), Beauvue, Señé; y Guidetti (Drazic, min.77).
Goles:
1-0, min.28: Messi. 1-1, min.39: Guidetti, de penalti. 2-1, min.58: Luis Suárez. 3-1, min.75: Luis Suárez. 4-1, min. 83: Luis Suárez. 5-1, min. 85: Rakitic. 6-1, min.90: Neymar.
Árbitro:
Hernández Hernández. Amonestó a Cabral (min.11), Planas (min.26), Hugo Mallo (min.42) y Señé (min.74).
Incidencias:
72.580 espectadores asistieron al partido correspondiente a la vigésimo cuarta jornada de Liga, disputado en estadio Camp Nou.



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