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TRIBUNA

Los olvidados de los olvidados

sábado 20 de febrero de 2016, 19:35h

Algunos nos preguntamos cómo sería Simón Pedro, el humilde pescador que faenaba en el mar de Galilea. No era un hombre letrado, sino un trabajador sencillo, pobre de espíritu, manso, misericordioso, limpio de corazón y pacífico. Es indudable que en su corazón latían el hambre y la sed de justicia, pues cuando Jesús le invitó a seguirle con su hermano Andrés, dejó las redes sin titubear. Creo que Grégoire Ahongbonon, fundador de la Asociación Saint Camille de Lellis en Costa de Marfil, se parece bastante al “pescador de hombres” que Jesús escogió como roca fundacional de su iglesia. Originario de Benín, Grégoire era el propietario de un próspero negocio de neumáticos que le había permitido comprar una flota de cuatro taxis, pero una racha de mala suerte le llevó a la ruina. Desesperado, decidió suicidarse con una dosis letal de pastillas. Incomprensiblemente, su brazo se paralizó y sintió que alguien le decía: “No tienes derecho a destruir tu vida”. Su fe en Dios, que había caído en un relativo olvido, volvió con la fuerza de un fruto tardío, pero rebosante de vida. Animado por un misionero que le acogió en su parroquia con afecto y ternura, viajó a Tierra Santa. Durante la peregrinación, el sacerdote recordó que todos los cristianos deberían colaborar en la construcción de la iglesia, poniendo cada uno una piedra. La frase sacudió a Grégoire, que empezó a preguntarse cuál podría ser su aportación.

La respuesta no tardó en llegar. Al poco de regresar a Costa de Marfil, comenzó a reparar en los enfermos mentales que deambulaban por las calles. En África, se les considera endemoniados, seres malignos, y, en el mejor de los casos, se les abandona a su suerte. Grégoire se acercó a ellos, proporcionándoles agua, alimentos y, en la medida de sus posibilidades, medicamentos. Al principio, chocó con su rechazo, pero poco a poco se ganó su confianza. Su negocio remontó milagrosamente y empleó los ingresos en habilitar una vivienda para ofrecerles techo y tratamiento médico. “Los olvidados de los olvidados”, un extraordinario documental de Carles Caparrós, narra su labor, mostrando que los enfermos se transforman apenas reciben cuidados. Grégoire no se limita a realizar una actividad humanitaria. Actúa como un padre. De hecho, todos le llaman “papá”, pues les lava, les corta el pelo y les viste con ropa limpia. No pretende convertirles en niños, sino devolverles su dignidad y su autonomía. Su objetivo es que adquieran una formación profesional y vuelvan con sus familias, integrándose en la comunidad como ciudadanos libres y responsables. Desgraciadamente, se enfrenta a muchos obstáculos. Confinados en chozas o recluidos en lúgubres manicomios que se autodenominan “centros de plegaria”, los enfermos pasan años encadenados, soportando palizas y vejaciones. Grégoire ha rescatado a muchos, pero a veces sólo ha logrado acompañarles en los últimos momentos, ayudándoles a morir dignamente.

Grégoire ha viajado a Italia, Francia, España, Canadá, buscando fondos, pero casi nadie quiere donar dinero para su causa. En Occidente, la enfermedad mental continúa inspirando rechazo. A pesar de que la ansiedad y la depresión causan estragos en Europa y Estados Unidos, el tabú persiste. Por suerte, Grégoire cuenta con algunas donaciones, el compromiso de un equipo de psiquiatras y la colaboración de antiguos enfermos, que ahora trabajan como voluntarios. De momento, ha conseguido construir tres centros en Costa de Marfil y uno en Benín. Su intención es inaugurar otro en Burkina Faso y extenderse por toda la región. Grégoire, que también acude a las cárceles para mejorar las condiciones de vida de los presos, piensa que la medicación no es suficiente. Los enfermos necesitan que confíen en ellos y se les acepte plenamente. Abusar de los psicofármacos puede ser tan dañino como encadenarlos a un árbol. Aunque África no ha asimilado por completo el modo de vida occidental, las antenas parabólicas propagan nuestros fetiches culturales: el individualismo, el hastío, la inmadurez afectiva. Grégoire entiende que esos valores propician los trastornos mentales. La respuesta a ese conflicto no es dar un paso atrás, sino cambiar de mentalidad. Dignificar a los enfermos mentales es una manera de humanizar la sociedad, de recordar que lo esencial es tender la mano al otro y mitigar su desamparo. Grégoire repite: “Primero el ser humano, luego el dinero”.

Nunca podré olvidar los minutos finales del documental de Caparrós. Grégoire acude a una aldea para liberar a Luic, un joven enfermo que ha sido inmovilizado con un tronco. No sabemos cuánto tiempo lleva en esa situación, pero sus piernas raquíticas insinúan que su cautiverio no es reciente. Grégoire le acaricia el rostro, rompe con un martillo el hierro que le impide moverse y le ayuda a incorporarse, pues no pude caminar. Mientras los dos avanzan penosamente, es imposible no pensar en Cristo, cargando el peso de la Cruz. Luic sonríe, con una mirada alegre e infantil. No parece un joven, sino un niño que se ha reencontrado con el aire, la luz, los árboles. Grégoire asegura que en el rostro de cada enfermo encadenado, resplandece el rostro de la humanidad. Dice que no puede pasar de largo, pues sería como ignorar el sufrimiento de un hijo, una madre o un hermano. Piensa que su forma de obrar no es un gesto individual, sino un signo de Dios: “Si un hombre como yo, que no sabe de nada, que es un inútil, que es un miserable, ha vuelto su mirada a estos enfermos, olvidados de todos, es porque Dios quiere que el mundo abra los ojos”. Para Grégoire, ser cristiano no consiste tan sólo en cumplir con unos sacramentos, sino que exige –además- dar de comer al hambriento, ofrecer cobijo y vestido al extranjero, atender a los enfermos y visitar a los presos. Es difícil contemplar a ese hombre humilde y sencillo como un pescador de Galilea, y no recordar las palabras de San Pablo: “Si tengo la fe necesaria para mover montañas, pero no tengo amor, no soy nada”.

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