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TRIBUNA

La casa de Irazoki

La memoria de las víctimas nunca debería extinguirse, pues significaría condenarlas a una segunda muerte, quizás más injusta que la primera. Mantener vivo su recuerdo no significa abonar el rencor, sino apostar por la paz y la convivencia. Los frutos de la violencia a veces son tardíos y particularmente nocivos. Suelen manifestarse como una obscena manipulación de la verdad, que urde un falso relato de heroísmo y resistencia. En sus discursos, Hitler invocaba sin descanso el heroísmo del soldado alemán, pero el verdadero heroísmo no se hallaba en los ejércitos que devastaron Europa, sino en el coraje de Sophie Scholl. Sophia Magdalena Scholl fue una joven estudiante de biología y filosofía que participó con su hermano Hans en la escasa resistencia organizada contra los nazis desde el interior de Alemania. Hans, Sophie y su amigo Christhop Probst fueron ejecutados el 22 de febrero de 1943, el mismo día en que se dictó la sentencia. Se utilizó la guillotina en los tres casos. Willie Graf corrió la misma suerte, aunque unos meses más tarde. Torturado durante semanas, no delató a nadie. La historia de Alexander Schmorell es similar. Todos eran jóvenes que se oponían a Hilter. Muchos habían combatido en el frente ruso y habían contemplado con horror las matanzas de judíos, gitanos y prisioneros de guerra. Al regresar a sus hogares, intercambiaron experiencias y decidieron crear el movimiento clandestino de carácter pacifista “La Rosa Blanca” (Die weisse Rose).

Los activistas de “La Rosa Blanca” realizaron pintadas y redactaron varios manifiestos contra el régimen, llamando al pueblo alemán a no participar en los crímenes de los nazis. Les ayudó Kurt Huber, profesor de musicología y psicología, que se había negado a componer himnos para el Tercer Reich. Huber también fue condenado a muerte. Cuando su esposa solicitó la mediación de Carl Orff, el famoso compositor se negó por miedo a las represalias. Años después, le pediría perdón. Hans Conrad Leipelt y otros activistas de “La Rosa Blanca” recaudaron dinero para la viuda de Huber. Su gesto les costó la vida. Leipelt fue decapitado el 29 de enero de 1945. La crueldad del régimen nazi parece inagotable. Sophie sólo tenía 21 años cuando fue asesinada. Con talento para el dibujo y la pintura, admiraba a los llamados “artistas degenerados”. Durante un tiempo trabajó como profesora de un jardín de infancia. Fue detenida el 18 de febrero de 1943, cuando lanzaba octavillas desde el atrio de la Universidad de Múnich. En los panfletos se leía “¡Fuera Hitler!”. Se ha dicho que “La Rosa Blanca” se movilizó exclusivamente por los jóvenes alemanes inmolados en el Este, pero no es cierto. En sus manifiestos se menciona a los judíos y a otras víctimas: “¡Alemanes!, ¿queréis para vosotros o vuestros hijos el mismo trato que están recibiendo los judíos? ¿Queréis que os juzguen con la misma medida que a vuestros líderes? ¿Queréis que seamos para siempre el pueblo más odiado y execrado?”. Poco antes de que bajara la cuchilla, Sophie, que se había mantenido entera y tranquila durante todo el juicio, exclamó: “Sus cabezas rodarán también”. Quizás son más esperanzadoras las palabras de Probst: “No ha sido en vano”. “La Rosa Blanca” no se disolvió. Durante el resto de la guerra, siguieron apareciendo pintadas que proclamaban: “El espíritu sigue vivo”. Hubo nuevos juicios y nuevas ejecuciones. Tal vez resulte ingenuo el pacifismo como estrategia de lucha contra la dictadura nazi, pero conviene recordar que Hans Scholl y Willie Graf habían combatido en el frente ruso, sin mostrar signos de cobardía, pero sí de repugnancia y desolación moral. Asqueados de la violencia, no quisieron imitar a los asesinos y mostraron un valor descomunal al organizar “La Rosa Blanca”. Nada les hizo retroceder o amilanarse. Ni la tortura ni un juicio solemne ante la Corte del Pueblo, presidida por el fanático y corrupto juez Roland Freisler, antiguo militante comunista. A pesar de los gritos y las amenazas, Hans se atrevió a increpar a Freisler: “Si Hitler y usted no tuvieran miedo, nosotros no estaríamos aquí”.

He recordado la historia de Sophie Scholl mientras leía “La casa de mi padre”, un extraordinario poema compuesto por Francisco Javier Irazoki para expresar su compromiso con las víctimas de ETA, evocando una época marcada por el terror: “Desde la vivienda primero se veía el miedo y después el color verde del paisaje”. Hace unos días, Maite Pagazaurtundua, hermana de Joseba, ha leído el poema en un acto público en Andoáin, gobernada por EH Bildu. “El silencio ha desnudado a los que callaron ochocientas veintinueve veces”, sentencia el poeta, un hombre bueno y sin miedo. Joseba Pagazaurtundua, oriundo de Hernani, hijo de una familia nacionalista, efímero militante de ETA político-militar, socialista, ex jefe de la Policía Local de Andoáin y amigo del periodista López de Lacalle, asesinado por ETA en 2000, murió a consecuencia de tres disparos efectuados por un pistolero de la banda terrorista. Corría el año 2003 y Euskal Herritarrok, que gobernaba el Ayuntamiento de Andoáin, se negó a condenar el crimen. Su miseria moral contrasta con la generosidad y valentía de Irazoki, un vasco ejemplar: “Defenderé la casa de mi padre contra la pureza y sus banderas ensangrentadas. Para defenderla, regalaré cada una de sus piedras, ventanas y puertas. Las recibirán quienes no piensan como yo”. Maite y Consuelo Ordoñez han distribuido el poema por Andoáin. Frente a las balas y las consignas de odio, palabras que apuntan a la conciencia.

ETA ya no mata. Por impotencia, porque ha sido derrotada, porque ha cambiado de estrategia. La batalla que ahora se plantea es preservar la memoria de las víctimas, no permitir que los crímenes se conviertan en el “capital épico” de la izquierda abertzale. En ese terreno, las palabras son determinantes, esenciales. Irazoki ha lanzado su poema al viento, repitiendo el gesto de Sophie Scholl. Ahora sólo falta que fructifique en las conciencias, frustrando las mentiras que absuelven o justifican a los asesinos: “Ofrecida la casa, impediremos que en el espacio de su ausencia y memorias los hombres sean extranjeros”. No comprendo a los que menosprecian la poesía. La poesía es el testigo insobornable de la verdad. “La casa de mi padre” pertenece a Orquesta de desaparecidos, un hermoso libro por el que circulan la libertad, la esperanza, la ternura, la nostalgia y la profundidad de un poeta enemistado con el odio y el fanatismo.

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