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Los cambalaches de Dilma Rousseff

sábado 02 de abril de 2016, 00:32h
La situación de la presidenta de Brasil es cada día más precaria. Desde hace tiempo, Dilma Rousseff tiene varios frentes abiertos. En medio de una crisis generalizada en el país, los brasileños están hartos de los gravísimos casos de corrupción que cercan a su gobierno, como el gran escándalo de Petrobras, en el que también se ha visto implicado el expresidente brasileño Lula da Silva, verdadero tótem del populismo, y mentor de Rousseff. Ahora, el portazo del opositor Partido del Movimiento Democrático de Brasil (PMDB) a la alianza que mantenía con el gobernante Partido de los Trabajadores (PT) -la formación de Da Silva y Rousseff-, desde hace más de diez años deja a la presidenta a los pies de los caballos, en ese proceso de destitución que se le avecina prácticamente sin remedio.

Pero si escandalosa es la corrupción que corroe al Partido de los Trabajadores no lo es menos, si cabe, la reacción de Dilma Rousseff ante ella y ante el impeachment. La presidenta brasileña maniobra para aferrarse al poder como sea, arrumbando esa supuesta “ética” que la izquierda enarbola como bandera y que no pocas veces queda hecha trizas a la hora de la verdad. Como es moneda corriente en el populismo, lo primero que ha hecho Dilma Rousseff es recurrir a las teorías conspirativas, señalando ni corta ni perezosa que en Brasil hay un intento de golpe de Estado, y que el impeachment rompe el orden democrático. Ese orden democrático que ella respeta tanto con decisiones como la de nombrar a Lula da Silva ministro de la Casa Civil, un cargo de gran trascendencia y prácticamente equivalente al de primer ministro. Un nombramiento que perseguía tanto blindar a su mentor con el aforamiento ante las acusaciones que pesan sobre él por presuntos delitos de corrupción como que Da Silva le pagara el favor intentando detener el impeachment, empleando su “carisma”.

Pero los favores mutuos han naufragado. Un juez anuló de manera cautelar el nombramiento de Da Silva, que sigue con en el aire, y a quienes tenía que convencer de no sumarse a la destitución de Rousseff le han dado la espalda a uno y a otra. Y, ahora, ya a la desesperada, Dilma Rousseff está ofreciendo, en un cambalache inaceptable, cargos, puestos y prebendas a los diputados de los partidos que podrían obstaculizar la destitución. La ciudadanía está cansada de las promesas y los “paraísos” que les venden los líderes populistas. No corren vientos favorables en Hispanoamérica para éstos, pero se atrincheran en el poder a cualquier precio..

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