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FINAL DE LA LIGA DE CAMPEONES 2016: REAL MADRID - ATLÉTICO

Radiografía de la final de Champions. El Madrid de la Undécima

sábado 28 de mayo de 2016, 06:29h
El club radicado en Chamartín se presenta en Milán con su mejor versión del curso y tras disimular una esencia bipolar que le costó el puesto a Benítez y la paciencia a Florentino Pérez. Zinedine Zidane ha sabido encontrar el equilibrio entre orden y talento para apaciguar los ánimos, sanar la debacle y aspirar a tocar gloria de nuevo. EL IMPARCIAL repasa el recorrido volcánico dibujado por el equipo merengue hasta competir por su undécimo entorchado continental.



Localizar una clasificación en alguna categoría o parámetro prototípico resultaría un ejercicio de futilidad si el objeto en cuestión es la travesía que ha transportado al Real Madrid a su segunda final de la Liga de Campeones en tres años. No cabe un trazo en la gráfica de su recorrido que escape al aspecto camaleónico apátrida, connivente, cultivador y facturador del caos y, finalmente, extraño compareciente regular a las batallas por la gloria continental. Porque la distancia entre los valores que su discurso oficialista pregona y el modus operandi en la ejecución de desahucios de cualesquiera cargos coquetea con lo absoluto; porque afirma con vehemencia una identidad estilística que teje y descose como si de un cuerpo bipolar se tratara; porque se yergue como bandera de un deporte que le observa con recelo y se proclama perseguido a perpetuidad por buena parte de los lobbys y gargantas que le han edificado tal prestigio. Porque, en definitiva, transgrede las líneas argumentales y fundamentos del breviario futbolístico en su acepción planificadora y se uniforma, con asiduidad periódica, como el favorito del baile. El magnetismo que desprende su estela erosiona y desata escaramuzas intestinas con una frugalidad similar al amaine de la autoestima a la que induce al púgil a enfrentar. Desde hace lustros mantiene un pulso consigo mismo, en el que cada estrato de la estructura de Concha Espina invierte su fianza, haciendo partícipe y parte a la tribuna y las entidades extrañas que le disputan la candidatura a todo, pero sobrevive. Se fagocita sin acabar de salir de eje. No gana sin acabar de perder. En su jerga fracaso o gloria penden de 90 minutos, ya que su piel espiritual es tan fina como críptica su fórmula ancestral del éxito. En este caso, la fiscalización abismal se despliega sobre la hora y media en la que enfrentan este sábado (20:45/BeinSports y Antena3) al Atlético en San Siro, con la Undécima Copa de Europa como inesperada guinda y salvavidas de un ejercicio tan singular e insólito como definitorio y característico.

Para rebuscar en la suerte de cúmulo de logaritmos anudados que ha arrancado cuatro Champions League en color y una plaza en semifinales del campeonato más elitista en sus seis últimas ediciones se manifiesta necesario eludir la lupa presentista, esa que habla del récord liguero de victorias encadenadas en las últimas jornadas (36 puntos de 36 posibles, para amarrarse a la quimérica hecatombe blaugrana hasta el último estertor), y abrir el plano hacia un paisaje en perspectiva. De este modo se descubren dos tramas concomitantes y tendentes a la retroalimentación: el gobierno presidencialista, de nítida frontera con el absolutismo gerencial que se granjea soviets subversivos en cada callejón, y la sobreexposición que le convierte en asunto de estudio y debate como cobijo experimental de toda teorización futbolística. Con el fin de excavar en la primera hipótesis, el relato viaja a julio de 2009. En aquel hirviente trasiego estival, Florentino Pérez regresó a la regencia del trasatlántico debido a que, según aseguró entonces, “se corría el riesgo de que el equipo dejara de ser de los socios para ser de sus acreedores, y para evitarlo me presenté a las elecciones, convencido de que lo que faltaba en ese momento era un modelo empresarial”. Esta asunción conceptual es la que ha generado una dialéctica hiperbólica en lo referente a la auto-ideación, propulsando las tradicionales y continuadas luces deslumbrantes de presentación pomposa y arreciando lo intermitente de las cosechas en términos de regularidad, para conquistar el centro nuclear de los planos financiero, balompédico y sentimental del gigante de Chamartín. “Hay que invertir en activos y en el fútbol son los grandes jugadores como lo fue Alfredo di Stéfano, capaces de producir una gran solución mediática para ingresar más en todos los conceptos”, sintetizó el dirigente en aquella reflexión para, a continuación, incidir en el diagnóstico interpuesto y aplicado para el equipo que ha terminado por constituirse como antítesis de la coherencia filosófica interdepartamental que resplandece en Can Barça o en la ribera del Manzanares: “Nosotros siempre hemos tenido y tenemos un modelo económico, deportivo y social capaz de ser el mejor club del siglo XX, que universalizó al Real Madrid, y no es responsable abandonar esa línea que hemos heredado”.

Pues bien, ese decálogo que viene descrito como herencia (sesgada y descontextualizada) de la institución que gobernó el fútbol internacional en los años cincuenta y sesenta transita descoyuntado, con la cartera financiera y el rendimiento en el verde evidenciando guarismos tan asimétricos (es la institución futbolística más valiosa conocida al tiempo que sólo ha degustado tres Ligas de 13 en disputa y sólo siete entorchados de relumbrón de los 37 competidos en los 13 ejercicios con Pérez al dictado) que la desafección de la hinchada para con la lógica del devenir vira hacia lo explícito, con cada vez más ardor. Lo hace, entre sollozos y un paisaje plomizo salpicado de deflagraciones de paroxismo fugaz, porque su ecuación se aflige ante el advenimiento de los presupuestos elementales del fútbol moderno. La acumulación de talento individual y la convulsión sistemática y anual no compite en igualdad de condiciones frente a planteamientos que regatean el cortoplacismo y estudian más y mejor la optimización del capital humano (examinando las flaquezas tácticas del vestuario) que la plusvalía y amortización del cuerpo laboral. La decapitación y demolición de la estructura de dirección deportiva -no se activó con Valdano, se estrujó con Mourinho y se desbarató tras el entente cordiale de salida del luso- entremezcla su inherente improvisación con una participación inter pares sui géneris en la configuración de los proyectos, que, aliñado con la frenética e impía urgencia resultadista confluye en la especie de malentendido constante que llena de pólvora a los tótems de un vestuario señalado, de forma rigurosa, siempre que la diana haya perforado la espalda del entrenador de paso. Pareciera que, a pesar de los años de bagaje temporal, el Madrid y este Madrid hubieran aceptado como propia, con orgullo identitario socarrón, una lectura deficiente de la tempística que reclama este, y cualquier deporte, para que germine la semilla escogida, abocándose a la sistémica huída hacia adelante que alza iconos y siega mártires en el trasiego de las fechas.

La última danza de marionetas que se ejecuta sobre el paraguas de la pugna intestina que se descerrajan entre presidencia y vestidor alzó el telón en la resaca de la era Mourinho, tan energética como enfermiza. Toda vez que la competitividad sobre el verde quedó restaurada y que los caudillos del camarín -y acólitos con rotativas y micrófono- se apuntaran el tanto de la refriega embolsada -con la retina madridista relativa a la memoria del técnico portugués colgada, cual trofeo disecado, al lado del jacuzzi-, amaneció el mandato de Carlo Ancelotti y el afamado péndulo estilístico (exótico en toda latitud salvo en el Paseo de la Castellana) volvió a girar, volantazo mediante, con paladar y metodología antagónicas al gestor precedente. Es en esta altura de la descripción cuando se desbroza, y abandona su categorización latente, el segundo epígrafe primario, el que califica al Bernabéu como simiente experimental de la radicalización teórica de las concepciones de este juego. Si el transcurso de su estadía de marcado y ortodoxo regusto tacticista (cacareado con ráfagas panfletarias como defensivo a pesar de batir registros goleadores y de puntuación liguera) transformó a The Special One en The Happy One, la página venidera arrojó al mesurado y analítico Carletto (acaparador de justificado reconocimiento y medallas en el seductor Milan de principios de siglo, en el que envolvió la simpar creatividad de Pirlo con la oscura y denostada brega de obreros como ‘Rino’ Gattuso o el ‘Lione’ Ambrosini y la laboriosidad del virtuoso todoterreno Clarence Seedorf) hacia una vorágine de integrismo atacante que le acabaría por cortar la cabeza. Y, como colofón al intervalo de caótico (des)gobierno, Rafael Benítez y Zinedine Zidane han galopado en la compresión de ambos extremos septentrionales conceptuales que han dibujado los nueves meses comunicantes con la particular relación de equilibrios ideológica que ha adquirido un escaño en la final más trascendente para el madridismo.

A pesar de los pesares, sólo la continuidad puede exceder a su tiempo y ofrecer un legado a herederos, y el único guión respetado durante tres temporadas seguidas en los cinco años precedentes resultó ser el libreto de orden y sumisión de la calidad a la atención colectiva de Mourinho. De su disposición de los roles, aprehensión de los fundamentos tácticos en el automatismo coral sin pelota -léase el partido de ida de las semifinales de la Liga de Campeones 2013-14- y astuto vértigo y vuelo tras robo (de dirección estudiada) bebió la exuberancia contragolpeadora que alzó el técnico transalpino, tan protagonista del camino de rearme -que no reconstrucción- hacia la Décima como del refresco de la vigencia de la intensidad como condición sine qua non y de la resolutiva transmutación del extremo especialista Ángel Di María en el ejecutor de coberturas y cierre de pasillos oponentes con desborde y llegada al área rival -que entrañaba Seedorf para su pirámide estructurada-. Aunque la ganancia de títulos se adelantó a la legitimidad del viraje ultraofensivo del arquitecto de Reggio Emilia, la goteras se tornaron explícitas cuando la batuta, azuzada por las decisiones presidencialistas que despoblaron de trabajo equilibrador a la medular (Xabi Alonso y Di María se esfumaron de la rotación sin la adquisición de un destructor como contrapeso, pues Toni Kroos no era, es ni será un mediocentro capaz de sostener una línea central más allá de la gestión del cuero), cuestionó y recluyó su centro aristotélico para abrazar el alborozo colorido de la clase técnica superpuesta (James e Isco impostaban el uniforme de peones de ida y vuelta, con más compromiso entonces y mayor desgana hoy). Y, escorzo de la ventura, hubo de acontecer tal punto de inflexión en pleno jolgorio. Lindando con el Mundial de Clubes (masaje marroquí si se atiende al cariz que ha adquirido esta versión decretada por la FIFA de la Copa Intercontinental) y un registro atronador de 31 partidos de inercia invicta (con un desglose soberbio de 26 triunfos, cinco empates, 87 goles a favor y 20 en contra). El atrevido desafío al axioma que defiende la obligatoriedad de disponer de, al menos, un recuperador de balones en la medular agotaría su crédito.

La relajación en la solidaridad de esfuerzos convirtió el ascenso del ratio de posesión en circulaciones horizontales, que enfangaban de densidad el ritmo en su conjunto, y desnudaban una herida a la espalda del centro del campo que ya no sanaría. La sangría de puntos y la maltrecha visión espectacular recibiría el alias de “vicio heredado”, pues la total sintonía entre los futbolistas y el cuerpo técnico y entre la crítica y el pelaje combinativo y preciosista desarrollado en la cancha no revertiría más en sonrisas, sino, más bien, en la constatación del eterno retorno. Una década antes, Makelele viajó a Londres, casi esputado por la dirigencia del club merengue, y desembarcó el reluciente David Beckham, entronizando el arquetipo mercantil entendido como “herencia” por Florentino y agujereando la consistencia de lo más sentimental de su modelo, el equipo de fútbol. De este modo, con el coloso penando ante la escurridiza Juventus de Allegri, Tévez y Morata y autografiando la apertura, irresoluta, de las costuras tácticas, la credulidad institucional en el pliegue atacante -como se aclara con anterioridad, patrocinado desde el palco y deglutido en la pizarra- se desvaneció, con Ancelotti como sujeto pasivo y único culpable avocado a asumir responsabilidades por el suicidio organizativo de concepción compartida.


“Comparezco ante ustedes para informarles de la reunión que la Junta Directiva acaba de celebrar. Hemos analizado detenidamente la situación deportiva y quiero comunicarles que el entrenador tiene todo nuestro apoyo y confianza. Fue el elegido por su profesionalidad, trayectoria y experiencia, y tiene capacidad demostrada para sacar el máximo rendimiento a esta plantilla, que, como todos sabemos, sufrió un desgaste paulatino desde enero de este año (2015)”. Así rezaba el texto leído por el presidente de la entidad capitalina tras el 0-4 asestado por el Barcelona campeón de todo en la víspera. La argumentación se refería a Rafael Benítez, pero bien pudiera aludir a Ancelotti, pues, un puñado de meses antes, Pérez efectuó el mismo protocolo de despido en diferido. La confirmación pública, obligada por el despiece del sistema directivo deportivo y la actual querencia del mandatario por apagar los incendios artificiales ideados y alimentados desde la trinchera mediática opositora (y, también, enfrentada a todo aquello que no se adhiera al puro talento, despojado de sinrazones y ataduras como, por ejemplo, el equilibrio que recoge campeonatos), se hizo tangible en la segunda derrota del equipo, que ya se encontraba en el epílogo de noviembre, con el liderato a tiro de tres puntos y la clasificación para los octavos de Champions a falta de dos duelos en la fase de grupos. El pecado estribaba, por consiguiente, en el estilo de juego (“Hay que buscar el bien colectivo y me gusta buscar el equilibrio”, se atrevió a confesar en su emocionada presentación). Y en ejercer el patroneo unidireccional y promulgar otra vuelta de tuerca al péndulo. Tocaba repliegue, sudor y transición. De nuevo. Pero, como toda decisión revestida de aroma a edicto, se topó con subordinados descontentos y sensibilizados ante la total falta de consideración a sus ilustres opiniones. Ordenó Florentino un traje que le quedaba estrecho al grueso del vestuario, displicente ante la renovada hoja de ruta e indispuesto para suturar los reclamados vaivenes de intensidad tan característicos como dañinos. En el ínterin, el campeón de Europa con el Liverpool desperezó a Bale, Jesé, Benzema, Keylor Navas y Modric, desempolvando, además, el registro más granítico de un Madrid en el que Lucas Vázquez se confirmaba como alternativa y Casemiro susurraba su dorsal de ancla insustituible. Las bajas y la “introspección” de Cristiano Ronaldo y Sergio Ramos no sumaban, pero, aún así, el recuerdo del orden y mordisco al contraataque desgajó un pedazo de buqué y respeto en París y Vigo. Sin embargo, el renacimiento de la guerra entre las esferas ejecutivas del Bernabéu iba a adquirir temperatura y el primer chispazo lo desencadenaría el propio, ya dolorido, entrenador.

Conocedor de su estatus de perseguido por no compartir filias futbolísticas con el ‘entorno’ y, sobre todo, con el alma referencial de sus pupilos, se traicionó en el escenario mayor: despobló la medular del escaso músculo que la directiva le proporcionó para rescatar de la presunta injusticia a Isco y James. Eligió desequilibrar su sistema y sonrojar los retazos de los “vicios heredados” ante el Barcelona. El resultado, rotundo y esclarecedor, supo amargo a un batallón de futbolistas señalados, otra vez, y contrarió al cuerpo generador de opinión fanatizado como antagonista de los principios futbolísticos del Mourinhismo. La lógica de a bordo, con ecos que cuestionaban también el salto de página directivo constante, expulsó al entregado técnico, víctima de culpabilidad ideológica y presa de la autoimpuesta voracidad y apremio de un club secuestrado por su propia personalidad. La oportunidad y sueño de su vida, indiferentes para el monstruo presentista. La cota de posesión debía acelerar vatios y la de sudor, decrecer. Nuevamente. Bajo esa exasperante tormenta de electricidad afilada infringida con cierta firmeza masoquista, y con otro busto indigesto en el zurrón de los patrones del camarín, surgió Zinedine Zidane. Lo hizo, en una estrambótica puesta en escena, como otra muesca autoritaria del presidente -cada vez más acuciado por el socio y con sus trabajadores bramando por la metamorfosis en el equipo médico-, que se abandonó al simbolismo como el clavo ardiendo de su supervivencia. El héroe de la Novena, de sombra icónica con una potencia en el quórum madridista inalcanzable para gran parte de los futbolistas que vistieron esa camiseta, deshizo las maletas en la zona noble de Vadebebas, tras sus pinitos infructuosos en el Castilla, como entrenador novel pero voz escuchada. Vendiendo la ilusión anhelada por su jefe.

No vamos a improvisar nada porque este grupo hay que gestionarlo con cierto equilibrio, pero el mensaje para los jugadores es el mismo de cuando jugaba: trabajo, ilusión e intensidad en cada partido y entrenamiento”, esbozó la economía discursiva del Zizou en su saludo inicial. Una comparecencia, la del traumático traspaso de poderes con el curso en carrera, síntoma inequívoco de estropicio, en la que también lanzaría dos axiomas que repetiría con asiduidad a lo largo de su tratativa por sanar la deriva. El primero, “cuando juegas con esta camiseta todo es real y posible y vamos a luchar por ganarlo todo hasta el último día”, actuó como el aglutinador de voluntades que apaciguó los ánimos para contemporizar y ganar espacio para las probaturas; el segundo, “Isco y James (cuyas suplencias en pos de la consistencia perdida ejerció como caballo de Troya para Benítez) son formidables y van a ser muy importantes, pero, con el día a día vamos a ver cómo lo hacemos”, subrayó una declaración de intenciones arriesgada -reminiscencia de la meritocracia repudiada desde todas las instancias- y permitida sólo para el respeto hacia un ídolo viviente. En efecto, el otrora mediapunta excepcional se debatió semanas -de aflicción liguera a domicilio- entre el virtuosismo reclamado tras la presunta etapa de oscurantismo anterior o la recuperación de la variable híbrida que encumbró el primer capítulo de Ancelotti, su mentor. El último 10 digno de la autoestima francesa se decantó por esta última variante, entregando al poco agraciado Casemiro el sostén del centro del campo. Y la reacción no se hizo esperar: catarsis en el Camp Nou, con exhibición del carioca y constatación de una premisa teórica básica, la que señala que los futbolistas funcionan mejor si se potencian sus aptitudes y no se pretende modificar su sino. Con el stopper aposentado, Modric y Kroos dispararon su rendimiento, liberados del peso equilibrador, ahora compartido con sentido táctico, y dispuestos a organizar con balón, batir líneas, generar juego en el espacio central y la mediapunta, o, incluso, llegar a zonas de remate. El repunte de forma de Marcelo, Benzema, Bale (ambos en su luz más anotadora), Ronaldo (34 goles en Liga y 16 en Champions), Carvajal y Ramos arribó a tiempo para que el propicio periplo por el Viejo Continente superara imprevistos sólo comprensibles por las costras de desatención no cerradas (con el Wolfsburgo como enseña), y el colectivo se solidificara por la vía de la olvidadiza multiplicidad de ayudas. Isco y Jesé asumieron su rol en beneficio propio y ajeno y todavía se espera a James y Danilo. Con la convicción de la orquesta rozando una afinación impensable desde el totum revolutum experimentado.

Es por ello que no deja de antojarse sorprendente la presencia en esta final del Real Madrid. Su participación en tal distinguida cita y el tipo de subcampeonato firmado. Pero, interpretando lo acontecido, lo ha alcanzado aludiendo al espíritu de fusión anatómico-técnica predefinida por Mourinho y pulida por Ancelotti. La esencia de la actual aureola ganadora madridista pasa por el respeto a su caracterización como ejemplar descriptivo del balompié moderno, en términos tácticos y morfológicos, en los que las plantillas están pobladas de superdotados físicos y piezas obligadas a rendir en un paisaje multidisciplinar. Pinchar en fase ofensiva y enfoscar en fase defensiva. Todo lo que salga del medio equilibrado descarrila en la capital. Por tanto, daría la impresión de que el éxito merengue reluce cuando se busca el meollo de su tipología y no la radicalización periférica, sea ésta conservadora o propositiva. Zidane, que llegó como tirita y se maneja como respaldado primer espada, entendió esta particularidad y ha potenciado sus recursos. Con el único jornalero de la medular que le malquiso ofrecer Florentino y la repesca del 4-4-2 comprometido en repliegue. El pentagrama aparenta ser compartido como pegamento y sentimiento de pertenencia entre las partes contratantes. Ahora que los fantasmas de la irregularidad y la desatención colectiva parecen constreñidos al rincón se atraviesa el escrutinio primordial, el del rival que mejor cuestiona, con ardor, cada pulgada de la recién adquirida cohesión. Aquel que enseñó sus armas y las debilidades ajenas al diez veces campeón de Europa cuando amaestró, por el camino, al Barça y Bayern de Munich. A su llegada a este imprevisto peldaño, con las grietas pretéritas prohibidas, recobra este depredador único su dualidad, verbalizada en la previa por Ramos y Ronaldo. El sevillano y el luso se contradicen sobre la semántica del fracaso, a cuenta del desenlace del curso, y, en paralelo, su técnico aguarda el resultado para saborear su nominación como referente histórico en el risorgimento deportivo. Quizá sea esta la primera ocasión en mucho tiempo en la que el favoritismo no pertenece a la “universalidad” madridista (por motivos de fuelle y mecanicismo), pero, a estas alturas, quién sabe qué desencadena lo imprevisible en este espécimen.

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