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TRIBUNA

La tentación de aguante político

Antonio Domínguez Rey
lunes 20 de junio de 2016, 20:24h

Si algo evidencia el debate a cuatro columnas, estáticas, que nos ofrecieron los principales líderes políticos de la España actual, es el nivel de nuestra realidad inmediata. Uno encorvado sobre el atril. Otro aupándose. De los dos restantes, erguidos y sueltos, solicitando uno pantalla y confiado en su mandíbula de semblante americano. Cada toma, zoom, un puñado de votos entre los adictos al impacto de imagen. Y el cuarto, presidente, risueño más de ojos, tras las gafas, que de boca, pues contenía la comisura apretada al soltar algún aspaviento irónico o dato contundente, como réplica al acoso de cifras sociales, económicas, con brillo de retina. Le daban en bandeja la respuesta. El presidente actual se contentaba con mirar a los candidatos emergentes —¡todos contra Rajoy!, consigna habitual desde vísperas electorales de diciembre 2015— con cierta sorna, como alevines. Sabe que gana las elecciones y esto parece bastarle. Es suficiente situarse un grado por encima de la media. El resto ya no depende de él. Y el resto suma mucho.

Lo que se ventilaba el 13 de junio era la toma de posiciones postelectorales en el Parlamento. Si hay acuerdo y monto suficiente de diputados, la izquierda propondrá candidato a presidente de Gobierno y puede introducir las condiciones efectivas para un trámite de urgencia que proclame la ansiada III República. Un golpe de mano maestro. Y esto es lo que se pretende desde hace años con el apoyo de las dos zonas más claramente soberanistas, el País Vasco y Cataluña, más el refuerzo de la formación neocomunista. De ahí la insistencia, machacona, de Podemos para que el candidato socialista se avenga a su parte. La ingeniería política puede conseguir lo que no logra, de momento, directamente con el voto ciudadano.

El pueblo español asiste, una vez más, con voz cordera a la representación de una farsa que excede su celo incauto. Se culpa al sistema democrático actual de todos los problemas y abusos evidentes en el ejercicio del poder político. Los acusadores proponen como solución un cambio a cualquier precio con tal de tener luego las manos libres para reconducir el poder a gusto. Y como la República no llegará vertiginosa, el nuevo Gobierno dispondrá de un as de oro para litigar con Bruselas desde una orientación comunista. A Grecia se une entonces España y el Mediterráneo consigue introducir una brisa que ondee banderas otrora plegadas.

Será importante la decisión previa de Inglaterra sobre su continuidad en la Unión Europea. Imprevisibles las consecuencias, pero favorable en cualquier caso el hecho de la consulta realizada para insistir, desde aquí, en el derecho a lo mismo en las comunidades soberanistas respecto de la otra España. Y como cuña indirecta a Europa. De esto, ni palabra en el debate. Tampoco de la deuda pendiente y del pago de intereses que genera. Y Europa insiste: hay que pagar lo suscrito, sea X, Y o Z el presidente y la forma de Gobierno. Ésta y otras ausencias forman parte de la farsa a que asistimos.

Se equivocan, por otra parte, las facciones que apoyan esta estrategia favoreciendo a los candidatos de la involución pretendida. Creen que, así como los empujan, podrán doblarlos. Y tal esperanza es incierta. Les queda más bien el recurso de la deslocación: irse con micrófonos y cámaras a otro país, porque serán víctimas doradas del nuevo sistema político. En el fondo, no confían en que se llegue a tal situación. Buscan más bien crear redes de paradigmas con que atrapar a los nuevos candidatos e imponerles luego nombres en los principales cargos y funciones políticas. Y aquí entra la pugna de las encuestas-flash, los titulares relámpago, la apropiación hermenéutica de los discursos, debates, posturas, las subvenciones bancarias, el aporte financiero de grandes empresas y otros países interesados en el rumbo de la política española, etc. ¿Y con estos mimbres se pretende una República que solucione lo que la democracia actual malogra, o mejorando —es un hecho—, se oculta y tergiversa? ¿Dónde están esos líderes tan capaces que ahora no vemos?

Vivimos de nuevo una lucha ideológica que gran parte de la población pretende ignorar. Y esto genera una hipocresía inmensa. Quienes ganaron y ganan de verdad el debate fueron y son los mandarines de la imagen. Pretenden un poder que solo se basa en el manejo de las nuevas tecnologías. El imperio de la máquina. Acertar con el clic en el momento oportuno. E idiotizar al público. El nuevo opio, la imagen seca. Y aquí hallan el soberanismo independentista y el neocomunismo su caldo bullente. Las burbujas de la nanotecnología favorecen el intento de cambiar el sistema y el asalto al poder sin debatir previamente formas e ignorando revisiones del pasado y del presente. El republicanismo español y el eurocomunismo fueron, de una y otra parte, veleidades de casino y de comunistas aburguesados. Los prohombres mediáticos sirven ahora en bandeja los hechos como argumentos.

Hay, no obstante, otro peligro larvado también emergente. Se nota, en momentos, una actitud de espera preocupante. Veamos dónde está el límite, parecen decir algunos con su silencio. Y cruzan miradas inciertas. La tentación del aguante. Mal caldo de cultivo democrático.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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